Virginia y Mario se llamaban amigos desde hacía meses. A veces lo eran. Ahora podían estar tomando un café, hablando sobre sus cosas o dando un tranquilo paseo mientras reían sobre tonterías.
Sin embargo, no siempre fue así su relación. Se habían conocido meses atrás a través de una app. Su conexión fue inmediata. Surgió la chispa y acabaron acostándose. Ese día, y a otro, y al otro…
Ella, acababa de terminar una relación muy larga y él estaba de paso. Era de otro lugar del país aunque llevaba trabajando en aquella zona unos cuatro años. Su maleta siempre estaba medio abierta en el coche y él le decía habitualmente a Virginia que «no sabía dónde iba a terminar». «No sabía prácticamente nada».
Cuando se conocieron, ambos estuvieron de acuerdo en que aquella relación iba a ser de «amistad con derechos». Así, podrían tener lo bueno de ser amigos pero añadiendo la parte sexual, ya que había entre ambos, una atracción bastante alta.
El día que todo quebró, nada hizo demasiado ruido. Ellos dos ya se entendían sin hablar. Sus caricias, besos y cuerpos se buscaban continuamente. Sus corazones, también. No hacían falta las palabras para entender aquellas miradas tan fijas el uno en el otro. Aquellas medias sonrisas y ese miedo a perder al otro. Sin quererlo, sin pretenderlo, sin entender.
Cuando Mario salió de la casa de ella, un vacío intenso le recorrió por dentro. No sabía ponerle nombre, pero el estómago se le encogió al verla sonreír frente a él. Tuvo la certeza absoluta de que tenía que terminar aquella relación en el momento en el que vio aquel desayuno tan bien preparado en la mesa de la cocina de Virginia. Esa sonrisa, esa ilusión, esa espera. Lo mataban por dentro. O al menos, convertirla en algo más manejable.
Él quería lanzarse a sus brazos y prometerle lo imposible. Saciar el amor que le brillaba en los ojos, cogerla de la mano y quedarse. Sin maletas medio hechas. Sin planes de huida. Pero sabía que no era posible. Su vida era tan desordenada que ni los pensamientos se quedaban estables. No podía hacerle eso a aquella chica tan genial.
Por ello, decidió algo tan drástico como cobarde. Retirarse y desaparecer unos días. Hasta que las cosas se hubieran calmado entre ellos. Luego, ya vería lo que haría.
A los dos días de ausencia, ella le mandó un mensaje de buenos días. Tan cotidiano como afilado. Tan normal como extraño.
- Hola… ¿Estás bien? Llevo dos días sin saber de ti.
Mario vio el mensaje al momento. Claro que lo vio. Lo leyó y apagó la pantalla. No tenía fuerzas para enfrentar aquella decisión. No en aquel momento.
Tras varias horas de ausencia prolongada, ella ya no pudo más. Lo llamó por teléfono y le preguntó, con voz rota, qué era lo que había hecho mal. Nada, absolutamente nada, preciosa – pensó él al momento -. Él único que la ha cagado aquí soy yo.
Finalmente, Virginia cortó aquella relación. Ella pensaba que iba a ser definitivo pero él la quería en su vida. Aunque fuera como amiga. Solo como amiga. No poder besar sus labios ni tocar su cuerpo se sentiría como una pena menor antes que perderla definitivamente.
Sus acercamientos fueron tímidos e inseguros primero. Quedaron un par de veces solo como amigos y las ganas salían de sus poros. Dejaron que pasase un poco más de tiempo. «Para calmar las aguas» – se decían.
Tras tres meses de distancia en los que hablaban casi cada día y se contaban la vida, decidieron darse una nueva oportunidad y verse.
El encuentro fue divertido, ameno, alegre. Tenían ganas de estar el uno con el otro. Sin embargo, ambos tenían miedo de acercarse mucho al otro. Por si acaso, se mantenían a cierta distancia.
Cuando la cita iba a llegar a su fin, ella lo abrazó repentinamente. Él la agarró instintivamente por la cintura y la miró a los ojos un instante más del debido.
- ¿Sabes qué, Vir?
- Dime – dijo ella tocándole la cara de manera cariñosa.
- Me parece que si te quedas aquí, tan cerca, no voy a poder evitar besarte. Y entonces, si que vamos a tener un problema. Porque no voy a poder parar. Y creo que tu tampoco.
Virginia se apartó ligeramente de él. Estaba desconcertada aunque reconocía la verdad en las palabras de su amigo. Lo miró, un instante de más. De arriba a abajo y dejó posados sus ojos en los de él. Le cogió suavemente de las manos y se acercó despacio. Una punzada de rabia le recorrió las tripas. No contra él, sino contra ella misma. Casi como si su cuerpo estuviera gritando que se alejara de allí.
Ella sintió todo aquello pero decidió morderse los labios y seguir mirándole. No podía decirle que no. O no quería.
- Si queremos seguir en la vida del otro…
Virginia sujetó cariñosa la cara de Mario entre sus manos y la atracción hizo el resto. En la parte de atrás del coche de él recordaron viejos tiempos al ritmo de sus besos y sus caderas.
Y al día siguiente se volvieron a intercambiar mensajes de buenos días como si nada hubiera ocurrido. Como si aquello no hubiera dejado marcas invisibles en la piel de ambos.


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