Quiero. Del verbo querer. Una palabra que alberga tantos deseos. Propios y ajenos. Puedo. Del verbo poder. El que tú tienes sobre mi.
Porque hoy me gustaría decirte algo. Quiero decirte que… Me gustaría que tu piel y la mía bailarán juntas una vuelta de reloj. En una danza tan íntima como la noche, tan ardiente como el fuego.
Quiero decirte que… Ah no. Mejor no te lo digo. Porque si me atrevo a expresar todo lo que deseo, te puedo asegurar que tus mejillas se encenderian, tú corazón se desbocaria y tu sangre buscaría rincones donde colarse para apasionar tu alma.
Por eso prefiero hacer como que dudo. Como que no sé lo que quiero. Como que soy inocente. Fingir que mi cuerpo no tiembla al verte, que tu sonrisa no despierta mis bajos instintos. Que tú mirada no me ciega hasta el punto de cometer los siete pecados capitales 1000 veces.
Pero tú mejor mira para otro lado. Haz como que no recuerdas nada. Haz como que no hemos estado a una noche de desatarnos como bestias y devorarnos. Hazte el tonto y corre lejos.
Porque te juro que como vuelvas a mirarme así, con esa media sonrisa voy a ir a buscarte donde estés y te llevaré conmigo al fuego ardiente de nuestros cuerpos.


Deja un comentario