Sangre, sudor y lágrimas

1–2 minutos

El dolor. Tiene una función clara en nuestro cuerpo y nuestra mente. Nos advierte de que hay algo que no va bien. Nos señala todo lo que no queremos ver y que tenemos que cambiar algo.

Nos obliga a cambiar de posición, nos quita el sueño por la noche y nos hace llorar si ignoramos su afilado golpe. No te deja respirar, no puedes continuar ignorante ni cerrar los ojos cuando lo tienes susurrante en tu cuello. Cuando se cuelga en tu espalda y te pesa tanto como una vida. Sientes que el corazón se te ha vuelto de cemento y no aciertas a saber qué ha pasado.

Ya no valen los analgésicos, pastillas para el dolor ni calor local. ¿De dónde puedo sacar una medicación para el dolor del alma? De dónde se puede obtener calor cuando el frío es lo que te invade. Cuando ya no conoces ni tus manos. Solo las caricias de aquel que añoras pueden reconfortarte. Pero en el fondo sabes que esas caricias son en realidad cuchillos que pasan suavemente por tu piel, tan afilados que, aunque se haga con toda la delicadeza del mundo, llegan a quemar, a cortar, a destrozar las entrañas.

Y lo peor es que tu, bendita inocente, tras acabar llena de sangre, sudor y lágrimas, te vuelves a levantar y a suplicar por un pequeño corte más. Porque es mejor sentir eso, a no sentir nada…


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