Amor solitario

1–2 minutos

Y tú llegas a casa. Finalmente te sientas. Después de un largo día. Una larga jornada. Tus amigos mandan WhatsApp y memes. Te ríes un rato y luego apagas esa sonrisa tan linda. Dejas el móvil en la cama y te tumbas.
Ahora por fin vuelves a estar solo. Sin agobios, sin intensidad. Sin ella. Tranquilo al fin. Solo con tu mente. Tu independencia y tu libertad. ¿Y ahora qué?
Has tenido una anécdota graciosa en el gym. Un pensamiento curioso y un plan de sábado por la tarde divertido. Y has querido contárselo. Por decimosexta vez. Por decimosexta incapacidad.
No puedes admitir que la echas de menos. Aunque sea un poco. Aunque sea como persona. Aunque sea como ese café rápido que tomabais para pasar pronto a la parte divertida de la intimidad.
Pero eso no era lo verdaderamente entretenido. Lo bueno venía después. Cuando podías mirarla a la sombra de la noche, con la luz que entraba por las ventanillas de tu coche y observabas su sonrisa y sus ojos de enamorada. Y no sabías que hacer con ello. No sabías que decirle, como tocarla o como besarla. Solo podías seguir mirando.
Porque en el fondo de sud ojos veías tus miedos más hondos reflejados. Y tenías que apartar la vista para no caer por el abismo. Por su abismo. 


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