Estoy sola en el bosque. Es de noche. Y un pequeño cervatillo herido y perdido está frente a mí.
Yo intento correr hacia el pero se va asustado. Entonces me encuentro realmente sola.
Un búho en un árbol me dice que no estoy completamente sola como yo pensaba. Ruidos extraños se escuchan.
Crujir de hojas, pisadas silenciosas que se dirigen hacia mi. Me rodean. No se ni si son seres humanos, animales o el simple viento.
No tengo miedo en medio de la oscuridad. Me siento en el suelo mientras escucho las pisadas cada vez más cerca. Puede que esté corriendo un grave peligro pero no me importa.
Estoy cansada. Cansada de correr del peligro, del dolor, de la oscuridad. Me sumergo completamente en ella y agachó mi cabeza. Presento mi nuca ante la muerte y me preparo para recibir el golpe.
Y de repente esos sonidos se evaporan. Una brillante luz brota de mi pecho. Potente, fuerte. Ilumina todo aquello que me rodea. Y miro al frente y las veo. Tremendas sombras y fantasmas negros asustados aunque enseñando los dientes. Como advirtiéndome que, en el momento que baje la guardia y esa luz se apague, volverán a atacar.
Pero yo ya no tengo miedo a que vengan a por mi. Es más, deseo que vengan y acuchillarlas yo misma con mis cuchillos. Esos que tengo afilados a mis espaldas.
Apagó la luz de mi pecho voluntariamente y vienen ansiosas y rápidas hacia mi. Me dejó atrapar y el dolor me atraviesa.
Un cuchillo entra en mi pecho y mi corazón se retuerce. Cojo las armas que tengo en el suelo y empiezo a matar. Desesperada y con rabia homicida. Sin tregua. De la herida de mi pecho brota luz de nuevo. Y esa herida se va sanando a la vez que la luz se va filtrando por todas mis extremidades.
Las sombras yacen muertas en el suelo y tienen todas ellas mi rostro. Pálido, ensangrentado y con una expresión de horror en el rostro. 


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