Un café. Qué hay más mundano, más cotidiano y más normal que un café.
Granos molidos y metidos en la cafetera italiana que tengo. Agua que se filtra y genera este liquido al que tanto soy adicta. Ya me meto mis tres o cuatro tazas diarias. Y los que me conoces saben que no son pequeñas.
Así me siento yo hoy. Recién llegada del cielo de la inspiración. Aterrazada en la tierra, otra vez. Mis manos no escriben ya tan bien. Ideal idealización del mundo se rompió. Se ha vuelto todo un poco gris, como ya te advertí en post anteriores. Algo anodino pero predecible. Sin tristeza pero normal. Tranquilidad del alma al ver una cama recién hecha, impoluta y sin arrugas.
Puedes preguntarle al chatgpt a ver qué estoy queriendo decir con estas palabras. Aunque igual te suelta una barbaridad, quién sabe.
La emoción que quiero transmitir y que no me está saliendo es la de la calma. Serena y santa calma. Porque ya tengo certezas, porque ya se interpretar las palabras que salen de mi boca y que mi mente piensa. Porque esas imágenes borrosas y ciertamente ridículas de mi mente se emborronan. Con dolor primero, con alivio después.
Cerrar una puerta no siempre hace ruido. Abrir una ventana para que haya un guiño y unas risas de vez en vez, mola mucho. Aportas calidez y cariño a la otra persona y ella a tí. Pero sin cruzar el umbral, saludando al aire y dándose dos besos. Como buenos amigos a los que tenemos aprecio. Pero habiendo renunciado ya a tirar esa pared y salir a caminar por los jardines.


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