Hola. Te diría muchas cosas hoy. Te diría que estoy triste, que tengo lágrimas que recorren mis mejillas, que te echo de menos. Pero no te lo diré jamás. Porque yo no mendigo, yo no suplico, no vuelvo atrás, no abro puertas que cerré para siempre. Y tú eres una de las que cerré.
Porque lo que echo de menos de ti no es tu rostro, ni tus besos, ni tus abrazos. No echo de menos las dos horas y media de mierda que me dabas últimamente. Ni ese café rápido antes de explorar la parte de atrás de tu coche. Ni tus excusas, ni tus silencios.
Echo de menos aquello que me mostraste ese verano. Lo que me enseñaste que podía llegar a ser. Lo precioso, fácil. Y que luego me arrebataste de golpe. Y me cerraste poco a poco. Acotándome en una parcela muy concreta. Muy estanca. Sabiendo que ya estabas dejando de sentir eso tan bonito por mi. Qué me dejabas sola con el sentimiento pero sin querer soltarme.
Porque si tan seguro estabas de que no y estabas viendo que yo me iba encadenando cada vez más, tenías que haberme dejado volar. Haberme dado el permiso que yo necesité para seguir sin ti. Aunque aquella libertad hubiera venido con una herida. Pero hiciste todo lo contrario: me retuviste a tu lado, abrazada a ti y cerquita. Pero no lo suficientemente cerca como para fundirme contigo. No lo suficientemente lejos como para perderme de vista.
Y como yo no suplico, no ruego ni pido cosas que no pueden darme, con esa primera y última vez que te pedí amor, tuve suficiente. Con esa ocasión en la que me descubrí a mí misma pidiendo con voz triste y miedo en el tono, una pizca de cariño de ti. Supe, en el momento de formular mi frase que aquello debía ser el final. No me hizo falta ni escuchar tu respuesta. Porque hubiera dado igual lo que me hubieras contestado. Yo ya había rogado amor. Y eso, fue la señal roja para irme.
Algún día alguien me dejará plantar mis flores en su jardín y alegrará el mío con una primavera eterna. Y yo veré esas flores preciosas creciendo sanas y fuertes y pensaré fugazmente en ti. Y en ese jardín podado y atrofiado que me dejaste para jugar.


Deja un comentario