Silencio. Música, pintura y agua. Papeles mojados y colores difusos que se mezclan entre sí. Mi imaginación dispara una imagen de la palma de mi mano. Una raja profunda y sangre a borbotones.
Cae al suelo blanco y yo corro a limpiarme. Pero aquello no para. Los colores siguen ahí, en el suelo, en las paredes, en el techo. Y brotan repentinamente de la herida.
Ya no es sangre lo que expulsa mi carne. Es arcoiris diluido en una masa acuosa. Acuarelas que salen de mi.
Aquello para de repente y yo me miro al espejo. Está roto. Rajado por el medio de mi rostro y un trozo en el lavabo me revela con qué me he cortado tan profundamente.
Me giro y veo una imagen negra tras de mi. Parece la misma muerte pero tiene tus facciones, tú tamaño, tu anchura. Y está parada. La luz artificial del baño me alumbra.
Miro hacia una habitación. Escapo pero esa figura me agarra. Me gira y me pone su mano en el cuello. Me vuelvo a mirar en el espejo y veo que de mi pecho brotan de nuevo esos colores. Rápidos y sin poder pararlos.
Consigo zafarme de ti y corro hacia la cocina. Escena violenta y peligrosa. Cojo un cuchillo del cajón y me reveló ante él pasillo. Ante la misma nada. Ya no estás. No hay rastro de esa figura similar a ti.
Y mi ropa ahora está negra, no hay rastro de colores, de sangre, ni de calor. Me miró las manos. Pálidas como las de un muerto. Los labios blancos. Como si mi energía se hubiera evaporado. Ahora me dirijo hacia el balcon y me asomo desesperada a pedir ayuda. Mi boca está sellada. Y entonces te veo. Salir de mi portal con tu ropa llena de mis colores. Con tu piel más reluciente y rosada que nunca. Y yo me siento en el frío suelo a esperar a que vuelva mi alma. Pero se que no lo hará si no corro tras de ti.
Pero mis piernas me fallan. Aunque intente ponerme en pie, no puedo. Hasta que miro al cubo de basura y veo de nuevo ese trozo de cristal. Me corto en la mano y los colores vuelven a salir de mi. Vivos, relucientes y calientes.


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