Estoy en un desierto. Una falda azul de seda y una camiseta blanca fina me visten. Sobre una duna intento caminar hacia la cima. Tú estás allí arriba.

Una camiseta amarilla y unos pantalones vaqueros color marrón. Miras al atardecer. A mí me cuesta subir y dar cada paso. Te grito que me ayudes, te tiendo una mano pero tu estás impasible mirando hacia el horizonte.

Solo cuando me caigo y aterrizó con mis manos heridas, te dignas a girarte. Tu barba recién recortada y tu sonrisa de suficiencia me observan. Me miras desde arriba con tus manos en los bolsillos.

Entonces ves mi sangre. Mi nariz la expulsa profusamente. Tú expresión muta al momento. Es preocupación lo que veo en tu cara. Solo un segundo. Después, vuelves a mantener la compostura aunque me tiendes una mano. La rechazo, enfadada, rabiosa. Y de repente tu te vuelves arena. Parece que mi rechazo ha revelado tu verdadero rostro. Tus intenciones. Entre tanta arena observo un puñal. Lo tenías en tu mano, escondido.
Entonces abrazo desesperada lo que queda de ti. El material que eras tu hace un momento. Lloro sobre la duna y me maldigo por haberme enfadado.

El sol se posa sobre mi y empieza a hacer demasiado calor. Veo una carpa abajo. Está vacía pero fresca. Me niego a abandonar lo que antes era tu cuerpo. Me quemó, me abraso pero no quiero dejarte ir.

Un fuerte viento arrastra lo que antes eras. Yo quiero retenerte entre mis manos. Ya no puedo hacerlo más. Me quemo, este calor es insoportable.

Alguien me grita desesperada desde el refugio. Ya no estoy sola. Soy yo misma abajo. Con unos pantalones cómodos blancos y una camiseta de tirantes llamándome desde allí. Pidiéndome que me salve de la tormenta que está apunto de romper.

No sé qué hacer. Todo es angustia dentro de mi. Repentinamente, tu cuerpo vuelve a materializarse delante de mi y me va guiando hasta el centro de la tormenta. Con una sonrisa tranquila, seductor y con una camiseta ahora roja como la pasión que siento por ti.

Mi figura me llama desde el refugio. Serena pero con firmeza. Me tranquiliza, me guía.

Decidí bajar hacia el refugio. Sin mirar atrás, escucho tu voz tras de mi llamándome también. Me giro un instante y en cuanto nuestras miradas se encuentran, una cuerda me amarra y me lleva hacia ti.

La tormenta es cada vez más fuerte y el cielo es rojo como la sangre. Los rayos caen cerca de mi. Casi me dan. Tu te acercas hacia mi cuerpo amarrado por tu magnetismo. Te tengo a unos centrimetos de mi. Tu cara no es la de un diablo. No tienes expresión malvada ni te siento peligroso.

Me doy cuenta de que vuelves a tener el puñal en la mano. Es de plástico pero parece real. Lo levantas amenzante pero ante mi mirada aterrada, lo tiras. Te miras las manos incrédulo y vuelves a mirarme. Ahora estás desarmado.

Te arrodillas frente a mí y lloras. Eres un niño ahora. Yo me acerco a consolarte y abrazarte pero la tormenta sigue. Tengo que irme te digo. Ven conmigo, pequeño – te grito.

No quieres venir. Tienes miedo. Terror de agarrar mi mano. Y yo siento que debo irme. Quisiera irme contigo y no dejarte en medio de la tormenta pero no puedo demorarme más. Si no me apuro moriré. Moriremos los dos.

Y yo me doy cuenta, cuando me miras con esos ojos llorosos pero esa firme voluntad de no abandonar el lugar, que ya no puedo hacer nada más por ti.
Ahora eres tormenta. 


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