Hola, soy su ego.
Reflejada en el cristal del baño se pregunta qué hizo mal. Nada, corazón – le contesto. Nadie hizo nada mal, solo fueron las circunstancias. La vida que pasa.
Se lava la cara con agua fría. Como para despertar. Para espabilar. Su móvil no suena ya al ritmo de ese tono especial que tenía para ti.
Tú nombre no aparece más en su pantalla. Y ella echándote de menos. Deseando algo que jamás pasará. Pero bueno, yo la ánimo.
Yo le hago sentir orgullosa de sus límites, de sus sentimientos, de su señal de stop. Sus manos firmes se agarran de la barandilla de su portal. Bajan las escaleras «a todo correr».
Las mallas y la camiseta deportiva se mueven con su cuerpo. Vamos a hacer kilometraje. A cansar este montón de músculos, huesos, carne y sangre. Está humana va a fortalecer sus piernas. Y su mente también.
Y cuando el cansancio llega a sus pulmones, la música retumba en sus oídos y tú cara no para de dar vueltas en su mente, entonces y solo entonces, una lágrima se derrama por su mejilla.
Una lágrima por lo llorado, por lo disfrutado, por lo gozado, por lo vivido. Por tu barba y tus ojos achinados, por tu peculiar acento, por tu presencia… Por tu ausencia. Por entender que no siempre se puede lo que uno desea. Qué nadie gana ni pierde, que nadie es malo o bueno.
Si pudiera confrontar contigo lo haría encantado. Le haría parecer fuerte cuando es vulnerable. Le haría chulear de estar «bien». Para eso sirvo, soy el ego. Ese que no te deja flaquear cuando lo necesitas, ese que te dice «vete de aquí» cuando sientes que te estás quedando pequeña en una parcela.
Mi función es darle soporte y vitalidad, fuerza y coraje para seguir de pie cuando por dentro está arrodillada. Pero eso jamás te lo confesaremos.


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