Déjame que hoy te hable de ella. Pequeña y desprotegida. Inocente y risueña. A ella que tantos sueños le rompieron.
Incapaz de poner un limite con firmeza. De decir «no» «hasta aquí hemos llegado» o un simple «vete a la mierda» que tan agusto te deja.
Se sentía siempre en manos del otro. De que viera su bondad, de que viera lo tierna y dulce que era y así tuviera compasión y no traspasara sus límites.
¿Cómo iban a saber cuales eran tus límites, pequeña? Si jamás te atreviste a alzar la voz y a manifestarlos. Pensabas que dando lo mejor de ti, cuidándolos y haciendo todo por ellos tu iba a ir mejor. Te iban a ver, te iban a amar, te iban a escoger.
Hoy te pongo mi mano firme en tu hombro y tu giras tú mirada infantil. Tienes 6 años. La edad de mi hija mayor. Donde tus primeros recuerdos emergen. Nuestros recuerdos. . Me miras con esos ojos asustados, esa mirada limpia y esa sonrisa triste que veo en las fotos.
Yo te sonrió y te prometo que vamos a intentar que nadie que traspase tus límites quede sin respuesta. No hacen falta venganzas. No hace falta rabia descontrolada. Solo una frase elegante, educada y un señalamiento: no por aquí. No quiero esto. No así.
Tienes miedo. Miedo a que te abandonen. Miedo a ser rechazada, a qué no entiendan tus necesidades, tu límite, tu demanda. Pero creeme mi niña, si le importas lo suficiente, entenderá tus ritmos. Lo hablaréis, podrás explicarte y dar espacio a lo que sientes. Y esa persona no se irá corriendo.
¿Y si se va? Me preguntas aterrada. Si se va, mi amor, es que no tenía que estar en tu vida. Porque si alguien no acepta tus noes, no merece estar ni un minuto más a tu lado.
Entonces lo veo y sonrió. Tus hombros se relajan y lloras. Lloras a mares, con sollozos y dolor contenido. Yo te abrazo y siento que, con cada lágrima, se desvanece un poco más ese miedo.
Te contengo dulcemente y, mientras te acunó, susurro en tu oído: No puedes dejar de brillar por no deslumbrar a un ciego…


Deja un comentario