Guardian de tu miedo

2–3 minutos

El Guardián no duerme. Camina de un lado a otro por el pasillo de su pecho, con una armadura de hielo que resuena en el silencio. Tiene la mirada fija en la puerta, esa que ella acaba de cerrar por fuera. «Es lo mejor», gruñe el centinela, ajustando los cerrojos. «Estábamos en peligro. Ella era demasiado real, demasiado luz. Nos iba a desintegrar».
Al otro lado del muro, en una habitación pequeña y cálida que el Guardián mantiene bajo llave, está él.
Él todavía conserva el calor del miércoles en las yemas de los dedos. Tiene los ojos cerrados, tratando de retener la imagen de ella: su vulnerabilidad, esa forma tan suya de ser verdad sin pedir permiso. Se siente a salvo en ese rincón, abrazado a la memoria de un afecto que no entiende de muros. Por un instante, el niño que habita en esa habitación sonríe, creyendo que el Guardián se ha equivocado, que esta vez la puerta se abrirá y ella entrará para quedarse.
Pasan los días. El Guardián, satisfecho con el silencio, empieza a bajar el arma. Se sienta en el umbral, convencido de que ella, como un satélite obediente, enviará una señal. «Volverá», se dice el protector, «siempre vuelven cuando sienten el frío».
Pero esta vez, el vacío es distinto. Es un vacío denso, definitivo.
Cuando las semanas se convierten en un desierto de ausencia, el Guardián se queda dormido por puro agotamiento de vigilar la nada. Es entonces cuando la puerta de la habitación interna se entorna.
Él sale al pasillo, descalzo, temblando. Busca el reflejo de ella en los cristales, un mensaje en la pantalla, una grieta por donde entrar a su mundo. No encuentra nada. El pánico empieza a subirle por la garganta. El niño enamorado se da cuenta de que el Guardián no los ha «salvado», sino que los ha enterrado vivos.
Desesperado, busca un papel, un viejo buzón, cualquier puente que no esté quemado. Siente una necesidad atroz de gritarle que la echa de menos, que el hombre que ella vio el miércoles es el que quiere ser siempre. Pero al levantar la pluma, ve la sombra del Guardián agitándose en sueños, listo para despertar y arrebatarle el papel en cuanto ella responda.
Él llora en silencio, mirando la puerta bloqueada, dándose cuenta de que ella se ha ido no por falta de amor, sino porque se cansó de esperar a que él tuviera el valor de despedir a su propio carcelero. 


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