Miro de nuevo esa ventana. Veo mi reflejo de mi rostro. Sonriente, la boca ligeramente abierta y los ojos mirando al vacío.
Las olas de mi interior ya están tranquilizándose, calmándose poco a poco. Las aguas bravas que tú agistaste ya están preguntándose donde está ese terremoto que las sacudía.
Estamos dejando de añorar todo ese movimiento caótico y confuso. Ese placer que dolía ya últimamente demasiado. Cortes invisibles que ahora se están curando muy rápido.
Tranquilidad y paz que emergen y que hacían falta, mucha falta. Silencio en las notificaciones, pantalla sin tu nombre. Que dolor, que añoranza. Cada buenos días, cada qué tal o detalles tontos sobre nuestro día a día que ya no están. Tiempo que usaba en hablar contigo que ahora lleno conmigo y con mi risa, mi paz y mi camino.
Tierra y polvo se va levantando mientras me alejo a toda velocidad de aquella habitación donde te di el último beso. Donde tus manos y las mias se enredaron por última vez. Y aceleró, sin mirar atrás. Con ganas de dejar de pensar en esa cama y sin atreverme a admitir que aún me importas más de lo que me gustaría.
Acelera corazón, que la luz ya se ve. Pronto dejas de latir al son de su música y encontrarás tu propio ritmo.


Deja un comentario