Empiezo a estar en paz. Tranquila, serena. Esa escritora compulsiva se está relajando.

Ahí la tengo, tomándose una tila y algún que otro Orfidal. Un chupito de tequila también ha caído. A ver si se cae redonda y me deja en paz.

Qué intensidad por Dios. Cuanto dolor, cuánta exageración. Cuanto drama. Aficionada a las novelas turcas de bajo coste donde cada beso es enfocado por la cámara para que lo sientas dentro. Casi como si te estuvieran besando a tí también.

La cuestión es que me ha chivado al oído que tenía en su pecho no sé qué de una luz. Espera… 

– ¿Qué dices, corason? ¿Qué te vas a ir a la playa? ¿¿¿Pero quieres dejar de decir tonterías???

Perdona, está borracha perdida. Oxitocina, dopamina y no sé qué más mierdas químicas que tiene en el cuerpo. Más drogada que un yonki en los años 80. 

En fin, ya se le pasará. Ahora está delirando diciendo algo de que aquello fue bonito y de verdad. Pero bueno, ya está. La vida pasa y no hay que volver a hablar de nuevo sobre el tema. Qué ya eres cansina. 

Bueno, pues eso. Qué estoy tranquila y haciendo las paces con esta intensa de las narices que me arrastra a veces por su dolor. Se regodea la tía. Como le mola. Pero cuando se le pasa el calentón y se relaja, pues bien. Todo guay. Se va viendo la luz y eso. 

Me voy a ir a dormir que no estoy diciendo más que chorradas ya… Y no son horas. Uy, me voy que viene la dramas a contarme no sé qué de su mirada…

¡Ayudadme, por favor!


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