Un dolor sordo en el centro de mi vientre me advierte de que el miedo viene a visitarme…
De nuevo.
Esa herida que se me activa salvaje, sin piedad, solitaria en la mitad de mi habitación. En el murmullo estruendoso de la oscuridad.
Sé que no soy yo. Que no es lo que soy. Que no le debo nada a nadie.
Pero ese dolor despierta con un mensaje estúpido, con un recuerdo, con la ilusión de haber sido elegida… y luego desechada.
O no.
Eso mi corazón no lo entiende.
Se pregunta por qué. Por qué no.
Si aquello fue real. Si sentí esa elección arder en mis entrañas.
Y sí. Estuvo ahí.
Luego desapareció.
Mientras tanto, mi mente trata de entender por qué tras aquellos sentimientos tan bonitos solo quedó la desilusión.
Sé que solo se trata de un cóctel químico.
Que me hace desearlo, recordarlo, añorarlo.
Y que el dolor no es más que el eco de una herida activada, sensible ante cualquier atisbo de indiferencia, de cambio, de inseguridad.
Como si dejar mi cariño en tus manos fuera peligroso.
Como si no pudiera confiar en que no vas a volver a pulsar el botón del pánico
y todas mis emociones saltaran por los aires.
No es amor.
Es miedo.
Miedo a ser abandonada otra vez.
A no saber sostener todo esto:
tus besos,
tus caricias.


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