Estoy tumbada en la playa. Tomando el sol. Las nubes describen formas que no consigo descifrar. No me importa.
Para que te acuerdes de mí lanzo un beso al aire. Para que yo me acuerde de mi devuelvo el beso a mí mejilla. Mi abrazo me rodea, cálidas mis manos que me dan el cariño que siempre me merecí.
Con un suspiro me levanto y sacudo la toalla azul y blanca que ha aguantado mi cuerpito. Veo el atardecer sobre mi y subo la cuesta que me lleva hasta la acera. Me sacudo los pies y me pongo las sandalias.
Veo pasar a varias parejas enamoradas. Las miro con algo de envidia. O tal vez no. Porque, por primera vez en mucho tiempo, ahora soy libre de mis afectos, mi cuerpo y mis deseos.
Ahora en mis pensamientos hay más sonrisas, más voces graves, más nombres en mi agenda y más mensajes ansiosos por verme. Hay que organizar ese ganado, para no coincidir varios el mismo día. Secretariado gestionando el placer.
Tanto tiempo libre de mujer soltera descubriendo nuevos lugares. Dejando que me lleven a cenar y creyéndome las promesas de amor que terminan con un gemido. Porque luego siempre me acabo yendo. Ninguna piel entrará de nuevo en mi corazón. Estoy intentando desalojar a alguien. Hasta que no quede libre el lugar nadie más podrá entrar.
Así que el pobre que pose sus ojos sobre mi y sienta un escalofrio, una ilusión y un desborde tendrá que conformarse con mis tiempos lentos y mi mirada distraída. Mis palabras algo vacías y mis sonrisas instrumentales. Solo hasta que la oscuridad nos desnude.
Luego me iré. Porque no será él tampoco el que ocupe mi corazón.


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