Camino tranquila por un sendero. Ya no hay rastro de ningún ser humano que hubiera podido pasar por allí. Tan solo estoy yo, mis pensamientos y mi quietud.
Ya no busco, no encuentro. Solo paseo. Ando por esos paisajes y escucho mis pies pisando las ojas secas.
Respiro aire puro y miro hacia el cielo. Las nubes dibujan formas que no puedo descifrar. Todo está tranquilo. ¿Todo está tranquilo? Si. Demasiado.
No siento nada en este pecho que hace tiempo vibraba de alegría. Estos textos que antes me dejaban sin aliento ahora me parecen anodinos y son pasto para las llamas. Qué ni arden con estas letras. Qué se apagan lento con el aburrimiento que destila este texto.
Mis manos, diestras y acertadas, rápidas y hábiles, no son capaces ahora de articular una frase más larga que la otra. Solo escribir sin tino y con paso lento. Sigo caminando y recuerdo. Recuerdo y vuelvo a recordar. A recordarme. Pasajes de mi vida, de mi infancia, de los veranos, de los inviernos, de el mar y la montaña.
No quiero que la persona que lea este texto sea capaz de adivinar en tanto aburrimiento el hastío de tener siempre la misma puta sonrisa clavada en mi mente. No quiero que entienda ni sobreentienda en estas palabras la inquietud de saber qué soy yo la mala. No deseo que se pueda percibir que él rubor de mis mejillas y los suspiros entre mis sábanas te siguen perteneciendo.
Prefiero que se me odie, que se me tenga indiferencia, que no aciertes a leer estos párrafos y que pases de mi y de mi cara.
Igual que yo paso de la tuya. Igual que yo no pienso nada de nada en ti. Igual que yo estoy perfectamente y no te necesito ni te echo de menos.
Odiame un poquito hoy, despreciame o directamente no me hagas ni caso. ¿Quién me he creído que soy?


Deja un comentario