Hoy tengo que confesar que tengo miedo. Miedo de no saber parar. No saber pararte. No querer hacerlo cuando alguna palabra desnuda se deslice en la conversación.
Cuando algún sueño se revele entre risas, algún deseo oculto o que las cuerdas de mi represión se rompan. Ir directa a tus besos, desear tus brazos rodeando mi cintura, mirar de nuevo esa pared y escucharte a mis espaldas. Te lo confieso hoy. Tengo miedo de no poder parar. Y de que tú tampoco puedas.
Aunque sabes que la llave de una próxima noche la tienes tú. Que si me dices la hora, el día y el número de habitación, me quedo sin excusas. Cojo mis piernas fuertes, mi energía roja e inflamada y mis labios mojados y no miro atrás.
Se consciente de la responsabilidad que llevas en tus pantalones y no me tientes. Porque si me pides que te desnude, no habrá cuerda que me frene. Si me cuentas que quieres que te descubra de nuevo, no tendré frenos suficientes. Si me miras con esos ojazos y me llamas a tu pasión, yo lo dejo todo. Mi ropa interior decorará la mesilla de noche.
Eso sí. Luego tocará pagar la condena. Un largo silencio y demasiado espacio para cada uno. Porque esa noche contigo tiene tantas rosas como espinas. Y nuestras heridas a la mañana siguiente serían testigos de cuando nos hemos… (Completa tú la palabra)


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