Miel cayendo sobre mi piel. Me endulzas, me tientas, me vuelves pegajosa.
Me retiro el dulce elemento con un utensilio de cocina. Lo tiro al suelo blanco con asco. Ya no quiero tu viscosidad.
Me levanto pero ya no estás en mi cocina. Las migas del pan que comiste están esparcidas por la mesa, por el suelo, por la silla. Las siento debajo de mi ropa. Todo me pica.
Camino hacia el pasillo. Voy hasta el fondo de mi casa y llego al umbral de mi habitación. Miro la cama, deshecha. Esa cama donde… En fin.
Miro al techo y veo una mancha negra. Es algo espeso, como una grieta gigantesca. Algo por donde se cuela el frío y la desesperanza. Algo encoje mi vientre y me hace sentirme pequeña, helada, paralizada.
Me siento en el suelo. Ese suelo que pisaste y me arrastro. Patética pero digna. Porque ahora no me ves. No ves mi suplica, no puedes leer mis letras ni quedarte a mirar cómo repto por el suelo buscándote.
Me tumbo y lloro. Lloro por todo lo que te di y pude haberme quedado. Lloro por quién fui contigo y por todo lo que me perdí por quedarme en un sitio donde no podía ser yo del todo. Donde no había normas, no habia límites, no había esencia, solo emoción sin control.
Ahora me levanto con rabia. Quito las sábanas de la cama. Esas sábanas que aún huelen a ti y que me generan repugnancia. Las quemo en un bidón y el humo me hace llorar. Me intoxica.
Me dejó envenenar por el denso resto de ese incendio. Estoy destruyendo el último lugar donde te ame, donde te desee y donde te tuve cerca. Y esa destrucción me lleva a ahogarme. A desmayarme y a salir por los pelos de esa habitación donde todo es fuego y pasto de las llamas. Se quema todo y yo salgo arrastrándome, pero viva. 


Comentarios

Deja un comentario