Otra vez. Y otra vez más. Está caminando en linea recta guiada por la pequeña luz que lleva en su mano.

Se convence a si misma que está vez no va a escribir nada intenso. Nada fuera del márgen. Fuera de las líneas que se han trazado. Pero siente un palpitar dentro de ella que le impulsa a escribir sin freno.

Aunque sean doce de la noche, las dos de la mañana o la hora que sea. Solo por imaginar de nuevo lo prohibido, lo que no debe ser nombrado… Por materializarlo en carne, en sangre, en pecado, en acto.

Una y otra vez. Sin poder parar. Sin querer parar. Sus manos son las enviadas de sus deseos. Son las que van a saber calmar y provocar. Promesas que están por llegar, suspiros por generar, besos por morder, cuerpos por desnudar. 

En bucle, como una rueda que no para. Vuelve a su mente ese recuerdo. Ese coche empañado y esa mirada al cielo con los ojos vueltos. 

Y su luz ilumina el camino una vez más. Camina recto pero sabe a donde se dirige. A su sonrisa. Decide desviarse del camino y sumergirse en la oscuridad. Ahí todo es invisible. Hasta ella misma.


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