Un frío helador me invade hasta las entrañas. Me siento sola en medio del camino. Voy dando pasos torpes. Conociendo gente a mí paso, saludando a rostros que no sé si volveré a ver. Hablando y riendo. Pero por dentro sigue la tristeza, el miedo, la inquietud.

Se que el proceso es sano. Es humano. Pero cuánto se necesita un abrazo, unas palabras de cariño, de aliento. Sonidos con sentido que se transformen en un pequeño balsamo para el alma asustada. Que te aporten algo de seguridad, de serenidad entre tanto caos.

Lágrimas amargas recorren mi rostro. Son el vivo reflejo del dolor huyendo a través de la piel. De la herida sanando del dolor, la añoranza, la melancolía y el miedo.

Algún día me levantaré firme, fuerte, valiente. Miraré al frente, serena y en calma. Sabiendo que ese océano revuelto que ahora me invade se ha transformado por fin en un mar tranquilo, cristalino y con mucha vida en su interior.


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