Corro torpe tras de ti. Por el camino que normalmente suelo andar a diario. Tú andas, tranquilo. Sin prisas. Te giras y me ves corriendo pero sin avanzas. Te ríes altivo y yo grito. Te maldigo e intento arañarte con mis garras.
Sin embargo no puedo alcanzarte. Estás cada vez más lejos. Llevas una sudadera granate y tu barba es espesa. Te giras de nuevo y te montas en tu coche. Pasas cerca de mi mientras amenazas con atropellarme.
La rueda de tu coche golpea levemente mi pierna. Tú frenas y miras preocupado por la ventana. Yo estoy en el suelo sujetándome la rodilla y con dolor. Es un dolor que se extiende por todo mi cuerpo y te grito que te vayas. Te lo exijo desesperadamente. No te quiero a mí lado.
Tú no te mueves del sitio. Estás en el coche. No te bajas pero tampoco te apartas. Yo me pongo en pie. Salto sobre el capó y tú te bajas enfadado.
Yo solo acierto a reírme en tu cara. Y en ese momento un dolor sordo recorre mi vientre. Me bajo de allí y te miro con lágrimas en los ojos.
Entonces sabes que eso no es un juego para mí. No es broma. No es algo que pueda fingir. Me estoy muriendo por dentro y tú lo sabes. Solo puedes quedarte parado ahí, mirándome y sintiendo como me voy haciendo cada vez más pequeña mientras mi dolor se hace cada vez más grande.
Te pido de nuevo que te marches pero no lo haces. Yo ya no sé cómo alejarte de allí. Cojo una piedra y te amenazó con tirar tela. Tú te mantienes impasible.
Hasta que veo un rio a lo lejos y corro desesperada, mirando atrás mientras avanzo hacia el agua. Tú sigues ahí con los brazos cruzados y mirándome.
Entro en el río y el frío me conecta con el cuerpo. Sigo la corriente y me alejo de ti. Aunque tú mirada sigue persiguiéndome.


Deja un comentario