Veo un bebé. Estamos en una iglesia y el pequeño va a ser bautizado. Yo estoy viendo todo como una espectadora. Pero no podéis verme. Eres tú, el padre de la criatura. A tu lado una mujer sin rostro y con un vestido dorado. Elegante pero sobrio. Tú vas vestido con una camiseta blanca. Elegante pero informal. Unos pantalones negros de pinzas completan tu aspecto.
El cura levanta al bebé en el aire. Como bendiciendolo. Esa mujer y tú miráis arriba. A los mismos brazos del clérigo. Y yo ahora os observo desde arriba. Estoy flotando en medio de la iglesia. Como si fuera el mismo dios. La luz entra por uno de los ventanales del templo. Todo se ilumina hasta hacerse irreconocible. Se deslumbra y yo me elevo aun más. Con tu pequeño. Con el fruto de vuestro amor. La mujer levanta los brazos y me pide desesperada que le devuelva al bebé. Tú me miras, serio pero tranquilo. Saber qué no le voy a hacer nada. Incluso pareciera que me das el permiso de sostenerlo entre mis brazos. Yo lo acunó, lo calmo y lo duermo. Bajo despacio de mi levitación y se lo dejo a su madre en los brazos. Ella sigue sin tener un rostro definido pero está enfadada a la vez que asustada.
Empieza a gritarte y a maldecirte pero tú no puedes apartar tus ojos de mi. Yo te miro fijamente y pasamos así lo que parecen horas.
Después, me doy la vuelta y me dispongo a irme de la iglesia. Tú me gritas que no te abandone y que no me vaya. Me ofreces tus brazos abiertos. Tú mujer te tira de la camiseta pero tú estás arrodillado a mis pies. Tirando de mi vestido blanco. Parecemos el novio y la novia y tú mujer una invitada.
En el altar te obligo a soltar mi vestido. Quedas con un trozo de él en tu mano y yo me rajo otro trozo con el que te tapo la cara.
Me giro corriendo. Un hombre sin rostro me espera en la puerta. Podría ser cualquiera. Está vestido como tú y me espera bloqueando la salida.
Yo corro con todas mis fuerzas y lo golpeo saliendo de allí a todo correr. Está lloviendo a mares y mi vestido se moja. Tomo aliento un instante y te vuelvo a ver. Está vez delante de mi. Tienes un rosario en tus manos y rezas por mi. Tus labios ahora están sellados y tu ropa está ahora sucia y raida. Yo tengo mi vestido tan deteriorado como tú vestimenta.
Nos quitamos la ropa en medio de la lluvia y nos fusionamos en un beso eterno. Un abrazo helado que hace que mi piel se erice. Los gritos de tu mujer invaden la plaza. Tú bebe no para de llorar y yo te doy un tortazo y te obligo a mirarlos de frente. Te arrodilló ante ellos y me voy en un coche hacia un destino incierto.
Voy mirando por el retrovisor y te veo cada vez más pequeño. Pero sigues mirándome y arrodillado.


Deja un comentario