Juntos fuimos bajando por la senda de aquel celestial infierno. Tú agarrabas mi mano, entrelazados. Caminando por aquel sendero verde y enfrentándonos a una cuesta hacia abajo.
Yo notaba cómo tirabas de mi, suave pero firme. Yo intentaba frenar el ritmo con mis pies pero después de varios tirones y de esa sonrisa tuya sobre mi, simplemente aflojé el paso y caminé tras de ti. Ya no me resisti más. No quería, no podía.
En cuanto bajamos aquella cuesta, un río precioso apareció a nuestro lado. Todo emanaba calma. Era un prado verde donde poder sentarnos a contemplar el atardecer.
Aunque hacia calor. Demasiado calor. Tu ibas quitándote la ropa y yo seguí tu ejemplo. Nos tumbamos desnudos en el césped y disfrutamos durante semanas de aquella sensación.
De repente tu te levantas y empiezas a vestirte. Me dices que no pasa nada, que todo está en mi imaginación. Y yo te creo. Sigues desnudo. Pero yo te veo con ropa.
Me engaño a mí misma pensando que tal vez sea mi percepción. Sea una sombra de aquello que temo.
No, no son imaginaciones. Es real y tienes cada vez más ropa. Me besas aprisa y me dices que tienes que abandonar aquel prado un momento.
Me dejas sola allá abajo y te veo subiendo la cuesta.
Miro tus espaldas, tu ropa puesta y tú paso firme. Apenas miras dos o tres veces hacia atrás para cerciorarte de que sigo ahí. Yo te saludo y me digo a mí misma que en realidad aparecerás pronto y te volverás a quitar la ropa.
Es cierto que a veces vuelves pero siempre con la ropa a medio quitar. Te la vuelves a poner en cuanto una mirada mia atraviesa tú alma. Y te vuelves a alejar corriendo en cuanto mis labios vuelven a morder tú miedo.
Así que ahí me veo. Días, semanas y meses. Y cada vez menos acompañada. Cada vez más sola.
Y cuando decides bajar de nuevo, pasas una temporada abajo conmigo y luego te vas sin decirme nada.
Tú me miras desde arriba y me echas una palada de tierra sobre el rostro. Yo me quejo y me enfado y tú te mofas de mi malestar. ¿Te mofas? No, espera. Te irritas. Sarcasmo y afilada irá es lo que sale de tu boca. O así lo percibo yo.
Y entonces, me observo a mí misma: desnuda, sucia y con quemaduras en mi piel. Y tú arriba: vestido, intacto y limpio.
Te pido que bajes y solo hacer esa petición, todo empieza a temblar. Un terremoto que me sacude y me obliga a coger mi poca ropa de verano, vestirme a todo correr y salir de ahí huyendo.
Ahora tengo frío y tú estás lejos. Abrigado. Yo con ropa de verano. Es invierno ahí fuera y no me había dado cuenta.  


Comentarios

Deja un comentario