Le doy el biberón ¿y?

12–18 minutos

Siempre quise ser madre. Desde pequeña, he soñado con dar vida a un precioso niño o niña. Poder acunarlo, oler su cabecita, comérmelo a besos y disfrutar con su sonrisa. Pero nunca me vi amamantándolo.

Ese pensamiento es algo que me venía continuamente a la cabeza cuando estaba embarazada. Es mi primera bebé y se llama Vera. Recuerdo sentir sus pataditas y me imaginaba como sería: su carita, sus manos, etc. Como la mayoría de las madres primerizas también tenía muchos nervios, inquietud, cientos de preguntas y un máster (o doctorado) en todo lo que al cuidado del bebé se refiere.

Sin embargo, y a medida que se acercaba el nacimiento de mi pequeña, empecé a recibir cada vez más y más presión por el pecho: la teta era lo mejor que podía darle a mi hija, en los grupos de preparación al parto todas hablaban de la lactancia materna, mi madre y suegra me comentaban que por supuesto tenía que darle teta y hasta compañeras de trabajo me lo sugerían (¡del trabajo!). La cuestión es que yo tenía claras dos cosas: que quería a mi hija con todo mi corazón y que le daría el biberón.

No me preguntes porqué, pero desde el momento en el que vi el positivo en la prueba de embarazo lo tuve claro. No era por una cuestión estética (que no se me caiga el pecho), ni mucho menos por egoísmo (cómo me decían muchos), tampoco por practicidad ni por compartir la lactancia. Todos aquellos podían ser pros que, a la larga, iban a estar presentes en mi relación con mi hija, pero no eran los motivos determinantes. Era solo, que no lo deseaba.

Siempre fui una mujer de ideas claras. Había estudiado un FP de mecánica y ahí estaba yo, en un sector donde la mayoría eran hombres, trabajando en un taller de coches. Siendo una de las mejores. Al principio los clientes tenían sus prejuicios o pensaban que yo era la administrativa, pero cuando me veían salir con el mono de trabajo, segura de mí misma y hablando de manera profesional y viendo que tenía experiencia, se relajaban y confiaban en mí.

Así soy yo. Confiada, segura y directa. Por eso no te he dicho aún mi nombre, he ido al grano de mi historia. Discúlpame. Mi nombre es Leire y tengo 37 años.

Volvamos a la historia. Siempre tuve esta cuestión de la lactancia bastante clara. No era algo a que me planteara. Si nadie me hubiera juzgado ni comentado nada, yo simplemente le hubiera dado un biberón y listo. Pero al recibir tanta presión e insinuaciones, fui teniendo un sentimiento de culpabilidad que estaba empezando a crecer dentro de mí.

Cuando nació mi bebé, las cosas no mejoraron demasiado. Me había informado y sabía que tenía que pedir en el hospital la medicación para cortar la subida de la leche. Tenía que tomármela en las primeras 48 horas tras el parto para no desencadenar todo el proceso hormonal que provocaría que mis pechos estuvieran llenos de leche. A su vez, me llevé una lata comprada un par de días antes con leche de fórmula, agua convenientemente hervida y biberones esterilizados. También un calentador de biberones portátil. Tenía todo preparado.

Recibí a mi pequeña haciendo varias horas de piel con piel. En ese momento tan vulnerable para mí, empezaron las presiones. Que si ponla cerca del pecho para que empiece a mamar, que si dale al menos el calostro, que si tú prueba antes de tomar cualquier decisión… aún me sigo preguntando si a una madre que ha decidido darle el pecho le dicen: tu dale un biberón antes de darle la teta y luego decides.

Entendía perfectamente que, a nivel nutricional, la leche materna es lo más completo, pero no siempre es lo mejor ni para mamá ni para el bebé. Yo no me iba a sentir cómoda dándole la teta y mi hija lo iba a notar. Ante esos comentarios, la puse en el pecho y le dije a mi marido que pidiera la pastilla para tenerla lista cuando subiéramos a la habitación.

Cuando mi marido dijo aquellas palabras pareció que una bomba hubiera caído en el paritorio. De repente se hizo el silencio y todo el personal sanitario se miraron entre ellos y me trataron como si fuera la peor madre del mundo. Aquello me hizo sentir muy mal. El hospital ya disponía de mi plan de parto y conocían cual era mi decisión. No entiendo el porqué de aquellas miradas y juicios. Tendrían que respetar mi decisión. Solo le iba a dar leche de fórmula a mi bebé, no a darle veneno para ratas.

– Cariño, ¿estás segura de tu decisión? Si te tomas la pastilla, el proceso será irreversible – una matrona se acercó, maternal y cálida, a mi lado. Pero eso, en vez de reconfortarme me inquietó e incomodó.

– Si… es lo que quiero. Tengo todo preparado para darle el biberón – me sorprendí a mí misma diciendo aquellas palabras y mirando hacia el suelo. Estaba… avergonzada.

La matrona me miró, seria. Entonces le hizo saber a su compañera que tenían “otra que no quería dar la teta. Prepara el pastillazo”. Todo esto delante de mí, sin bajar la voz y sin un atisbo de disimulo. Estaba empezando a tener ganas de vomitar, pero no sabía si era por el parto que acababa de pasar o por los nervios que se me estaban poniendo.

Intenté calmar nos nervios dando la mano a mi chico y disfrutando del calor y el olor de mi pequeña. Estuvimos así unas dos o tres horas y conseguí relajarme completamente. Cuando por fin llegó el celador y subimos a la habitación, me moví un poco en el colchón y, sin darme cuenta, me quedé dormida un rato. Eran las 4 de la tarde y estaba agotada.

Cuando me desperté, mi preciosa Vera estaba dormida a mi lado y mi marido, Iñaki, estaba sentado en una silla cercana leyendo una revista.

  • ¿Cómo estás, corazón? – se incorporó y me miró de una manera amorosa y cálida. Yo sentí una sonrisa aparecía en mi cara.
  • Bien, necesitaba descansar como el agua. Esta pequeña aún sigue dormida. Ya me había informado de que este primer día suelen estar agotados del parto y duermen mucho. Esta segunda noche puede ser algo más cañera. La llaman la noche de las vacas locas.
  • Bueno, tú no te preocupes por eso. Nos turnaremos y haremos lo que podamos
  • Si… Por cierto, ¿han traído ya la pastilla? Ya sabes que no quiero que me suba la leche porque si no será mucho más complicado que deje de salir leche.

Mi marido bajo la mirada. Le conozco como si le hubiera parido. Se que cuando eso pasa es que no me quiere contar algo que me va a hacer daño o sentir incómoda. Entonces me miró y negó con la cabeza.

  • Es que me han dicho que hasta que no te despiertes no pueden subir la medicación. Necesitan tener tu consentimiento expreso.
  • Cosa que me parece correcta. Pero siempre podían haber traído la medicación y cuando me despertara ya firmaría lo que tenga que firmar. Está en mi plan de parto. Quiero la puta pastilla. YA

Llamamos a través del timbre al personal de enfermería de manera insistente. Habían pasado cerca de 6 horas desde que Vera nació y no quería demorar aquello más de lo necesario.

Una enfermera algo mayor apareció por la habitación. Se le veía cansada.

  • Dime… Leire – dijo mirando el cartel que había junto a la cama – ¿qué necesitas?
  • Si, bueno. Es que quiero darle biberón a mi hija y quiero la pastilla para cortar la leche. Pensé que la iba a tener al despertarme de la siesta. La pedí en el paritorio y aquí no hay nada.
  • Ya bueno, es que nos han aconsejado que te hablemos de los beneficios de dar lactancia materna. Si quieres puedo ayudarte a que la niña se agarre al pecho o a intentarlo
  • ¡No! – yo ya estaba cada vez más enfadada ¿por qué estaba costando tanto que respetaran una decisión informada y consciente de una madre? – Quiero la pastilla ya.
  • Vale, pues tendré que darte un papel para que lo firmes.
  • Perfecto. Firmaré lo que haga falta.
  • De acuerdo. ¿Ya tienes leche de fórmula? Nosotros podemos proporcionártela si quieres.
  • No, tranquila. Ya tenemos todo – afirmé mientras hacía un gesto a mi marido para que sacara todo lo relativo a la lactancia de mi bebé – le he dado un biberón a Vera en el paritorio, pero pronto se despertará para comer.

Aquella mujer salió de la habitación a toda prisa y unos 10 minutos después me trajo un documento de un par de hojas donde se detallaban cuáles eran los beneficios de la lactancia materna y los estudios que avalaban que era la mejor alimentación que mi bebé podía tener. Comenzaba a estar un poco cansada de todo aquello ya. Cogí el bolígrafo que me había ofrecido aquella enfermera y me tomé la pastilla con abundante agua.

Aquellos dos días en el hospital pasaron entre llantos, cambios de pañal, biberones, mimos y sueños vividos. También entre miradas de desaprobación por parte de algunos miembros del personal sanitario. Obviamente, encontré personas que me apoyaron y que me ofrecieron su ayuda y no juzgaron mi decisión. Afortunadamente, en el mundo sanitario empezaba a haber bastantes profesionales cada vez más actualizados y con empatía.

Al salir del hospital, nos dieron la cartilla del bebé y nos citaron para dentro de 5 días para la primera revisión de la bebé. Aquellos primeros días pasaron y agradecí sinceramente que mi marido también pudiera darle de comer a nuestra pequeña. Lo cierto es que las noches eran complicadas. Vega tenía cólicos y se sentía incómoda en ocasiones. Había que acunarla con mimo y a veces dormía en brazos de Iñaki o en los míos.

Por mi parte, yo tenía momentos de subidón emocional donde me sentía completamente feliz y plena y otros en los que sentía ganas de llorar del puro agotamiento. No sabía de donde estaba sacando la energía para tirar para adelante. Mi cuerpo me dolía, sangraba, no dormía y además me estaba sintiendo rara.

Una ligera culpabilidad me había perseguido desde el día en el que la enfermera me trajo la pastilla para cortar la leche y la había dejado sobre la mesilla como si fuera una droga mortal. Su mirada, su insistencia en que le diera el pecho y mis pensamientos afilados hicieron que me planteara, una y otra vez si estaba siendo buena madre. Si había tomado la decisión correcta en darle biberón a Vera.

¿Y si me había equivocado? ¿Y si en realidad estaba siendo egoísta? ¿Y si no conseguía tener ese vínculo y ese apego del que tanto hablaban las madres que sentían mientras daban el pecho?

Ese sentimiento de culpa se iba haciendo cada vez más grande. Cada vez más negro y más potente. Le estaba absorbiendo la energía y lloraba cada vez que lo pensaba.

Para colmo, el día anterior bajé a la calle y me encontré con una vecina que tenía una bebé de 9 meses. Ella le daba el pecho. Como nos conocíamos, decidimos pasear un poco junto al río que estaba cerca de nuestra casa. Íbamos hablando de todo un poco, de nuestros bebés, de la experiencia de maternidad, quejándonos de cosas varias…

De repente Vera se despertó llorando de hambre. Le dije a esta vecina que iba a darle de comer y decidimos sentarnos en un banco al lado del paseo. Cuando saqué el calienta-biberones portátil y metí el agua para hacer la mezcla su cara fue un poema. Obviamente, no me dijo nada, pero yo sentía su juicio clavado en mi espalda mientras preparaba aquel coctel mortal (según parecía era veneno).

No sé, tal vez estaba paranoica. Iñaki me decía que la gente no está preocupada por si le das biberón o pecho a tu bebé, que cada uno va a lo suyo. Los hombres tienen la suerte de no darle tantas vueltas a la cabeza. O igual es que no los juzgan como a nosotras y por eso no están tan “en guardia”. En el mundo materno eso era aún un campo de batalla muy enquistado: teta vs biberón.

Llegó por fin el día de ir a la revisión con la pediatra. Cuando entré en la consulta de mi pueblo, me encontré a una doctora alta, rubia y con el pelo corto. Tenía una sonrisa agradable y unos ojos cálidos y serenos. Me dio tranquilidad.

Mi marido y yo llegamos como media hora antes de la consulta. Le di otro biberón a mi hija rodeada de tres madres lactantes orgullosas de amamantar a sus bebés. Me miraron y me sonrieron, pero yo no paraba de pensar qué era lo que estarían pensando de mí. Otra vez la culpa volvió a aparecer.

  • ¡Qué preciosa tu bebé! – una de las madres que daban el pecho se sentó a mi lado y me sonrió – ¿Cómo estás?

Era la primera vez que alguien me preguntaba sinceramente qué tal estaba. Mi marido estaba demasiado ocupado en gestionar la logística del hogar, el papeleo, el cuidado de Vera y todo lo que había cambiado en nuestra vida de golpe. No le culpaba, pero así mismo me cabreaba que no pudiera ver cómo me sentía y lo que estaba pasando.

  • Ay, muchas gracias. El tuyo también es muy bonito. ¿Cuánto tiempo tiene?
  • Un mes. Esta es la revisión del mes y lo van a volver a pesar, medir y revisar. Come mucho, está todo el día en la teta.

Cuando dijo la palabra teta, noté como yo bajaba la mirada. De nuevo, avergonzada. Estaba tan enfadada conmigo misma. ¿Por qué me sentía tan avergonzada, tan culpable, tan triste? No estaba haciendo nada malo con mi hija, solo le estaba dando leche de fórmula.

  • Si, yo le doy biberón. Es que estoy tomando una medicación y ya sabes – me inventé descaradamente. Había llegado a la nueva fase de negar mi decisión y mentir para justificar lo que estaba haciendo. ¡Eh cuidado! Que no está dando el pecho, pero PORQUE NO PUEDE, no porque sea una desalmada y egoísta. Era de locos aquello. Delirante.
  • Ya, bueno, mientras estes tu contenta ¿qué más da? – aquella mujer me miraba de una manera limpia, sincera. Realmente lo estaba pensando. No me juzgaba. Me sentí ligeramente aliviada.

De repente, me eche a llorar en medio de la sala de espera del médico de mi hija. Joder, ¿qué iban a pensar aquellas mujeres?

  • ¿Estás bien?
  • No… la verdad es que no sé qué me pasa.
  • A ver, aun me queda un cuarto de hora para entrar, ¿salimos un momento a la puerta para que te airees?

Mi marido se giró, preocupado. Me preguntó si estaba bien y si quería que fuéramos a la calle un momento. Exactamente la misma propuesta que aquella mujer desconocida. Pero, por cuestiones que no entendí, prefería irme a tomar el aire con aquella madre. Se lo comenté a mi marido. Me miró comprensivo. Creo que lo entendió al momento. En aquellos momentos, necesitaba a otras madres, a otras mujeres.

Salimos con paso lento, sin decir nada, pero con miradas cómplices.

  • Bueno, aquí seguro que estaremos mejor – me dijo la mujer desconocida – por cierto, me llamo Miriam.
  • Encantada. Yo soy Leire – un largo silencio se creó entre nosotras. Pero no era un silencio incómodo – no sé qué me ha pasado ahí dentro. Supongo que es el cansancio.
  • Ya… es normal ¿sabes? Cuando la maternidad llega, te lleva por delante. Por unos días, semanas o meses no sabes ni quién eres. No te reconoces en el espejo y te olvidas de la mujer que eras durante un tiempo.
  • Si. Es que ahí dentro me has mirado de una manera, tan tranquila cuando te he dicho que le doy el biberón. Desde que nació mi pequeña solo he recibido malas miradas, juicios y presiones para que diera el pecho. Estoy harta, joder.
  • Es que todo esto no va de si das el pecho o el biberón. Todo esto va de coger estar con tu bebé mientras le das de comer, de cogerle en brazos y olerle, de cuidarle y quererle todo lo que puedas y más. El biberón sirve tanto como la teta. Es la manera que tú has elegido para alimentar a Vera y nadie puede juzgarte ni hacerte sentir mal por esa decisión. Es tuya y solo tuya.
  • Es verdad. Antes te he mentido. Ya lo siento. En realidad, no tomo ninguna medicación. Solamente que no quería dar el pecho y por eso pedí la pastilla. Por eso doy biberón.

Aquella mujer me tocó ligeramente el brazo y me sonrió. Me dijo que lo entendía y que no tenía que avergonzarme de nada ni tener miedo a nada.

Decidimos darnos los números de teléfono ya que vivíamos en el mismo pueblo y salir a pasea juntas a menudo. Me sentí tan agusto a su lado que, sin pensarlo, le di un abrazo.

  • Gracias, Miriam. No nos conocemos, pero me has ayudado mucho. Si alguien me pregunta a partir de ahora le diré… Doy el biberón y estoy contenta así.

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