Silvia no recuerda cómo llegó al hospital.
Solo el pitido constante de un monitor.
Una luz blanca sobre los ojos.
Y su cuerpo pesado, como si alguien lo hubiera rellenado de arena. Estaba tumbada en una cama, conectada a cables que vigilaban cada latido.
Tiene destellos fugaces de cómo empezó todo. Recuerda una pequeña mancha de humedad en el techo de la sala.
Una mesa redonda.
Papeles.
Informes.
Voces hablando todas a la vez.
Cifras. Objetivos. Procedimientos nuevos.
Demasiada información.
Carga y más carga de trabajo.
Sus compañeros sacan hojas, informes y hacen preguntas al aire.
Silvia también pregunta pero nadie la escucha. Como siempre. Lleva 9 años en esa empresa y ha pasado por todos los departamentos habidos y por haber.
Hace tan solo dos que llegó a este nuevo de facturación y desde que empezó han cambiado tantas cosas que ya nada es igual. Todo lo que ella aprendió en los primeros meses está casi obsoleto.
Lo peor eran los sistemas informáticos.
Ineficaces.
Lentos.
Un parche encima de otro.
Y ella se sentía quemada.
Cada tarea parecía más complicada de lo que realmente era.
Cada error pesaba el doble.
Y cada mañana, al abrir el ordenador, Silvia sentía la misma pregunta clavarse en el pecho:
¿Y si hoy vuelvo a equivocarme?
A veces tenía la impresión de que podría desaparecer de la empresa durante semanas y nadie lo notaría.
Había demasiados pasos.
Demasiadas cosas que recordar.
Y siempre la misma sensación:
que en algún sitio había un error esperando a aparecer.
El año anterior había sido devastador.
Su madre enfermó.
Su pareja —diez años de vida juntos— se fue de casa una tarde cualquiera.
Y con él se fueron también los planes que Silvia había imaginado durante años: una casa tranquila, un hijo, una vida más sencilla.
Debido a todos esos eventos, tuvo bastantes errores en su trabajo y le llamaron la atención. Ese fue el día en el que decidió coger una baja laboral.
Estuvo mes y medio descansando. Le vino realmente bien ese parón. Pudo salir, hacer recados, dedicarse a su pasión, la jardinería, conoció incluso a un chico con el que tuvo un breve affaire.
Cuando regresó al trabajo, Silvia estaba convencida de que todo sería diferente.
Dormía mejor.
Había recuperado el apetito.
Incluso volvió a sentir ilusión por su trabajo.
Estaba preparada para volcarse y hacerse mejor profesional a cada paso.
Duró exactamente una semana.
Se le notificaban fallos y errores tontos que le hacían quedar, de nuevo, en evidencia. Ella intentaba gestionar su miedo a fallar de la mejor manera que sabía o podía. Pero no dormía bien por las noches, le costaba probar bocado y se sentía más sola que nunca. Tampoco podía quejarse de su situación laboral porque «era una privilegiada» frente a sus amigos y familiares.
Es cierto que el ambiente laboral era muy bueno. Le permitían trabajar desde casa y tan solo tenía que acudir a la oficina dos o tres días al mes. Sus compañeras de departamento eran muy agradables y podía sentirse apoyada por todas ellas. Sin embargo, el nudo en su garganta por cada pequeño e insignificante error se le metía hasta el tuétano.
Revisaba cada factura tres veces.
Luego una cuarta.
Y aun así, al enviarla, sentía el mismo pinchazo en el estómago.
Aquel día en la oficina, en esa reunión y con todo ese jaleo de papeles, nuevos servicios, métodos de facturación y comisiones fue la gota que colmó el vaso.
Una vez finalizada la reunión, la directora, Jimena, le pidió que se quedara a solas con ella y cerrara la puerta.
En la mesa había varios papeles extendidos.
Silvia no sabía qué decían.
Pero estaba convencida de que hablaban de ella.
De sus errores.
De las facturas mal revisadas.
De todas las veces que había fallado.
Aquellas dos mujeres se conocían desde hacía muchos años atrás. Jimena había fundado la empresa junto con su socio, Carlos, hacía ya unos 20 años. Todo había comenzado siendo una pequeña oficina con cuatro trabajadores y se había convertido en una gran empresa de más de 250 empleados a su cargo.
La superior de Silvia era una persona comprensiva, empática, flexible pero muy exigente. No toleraba la ineficiencia, los errores sistemáticos ni la gente que no se esforzaba.
Recordando todo aquello y la petición que Jimena le acababa de formular, el corazón de Silvia empezó a latir de una manera acelerada.
Se miró las manos y estaban temblando. Cerró la puerta y al girarse y ver a la directora esperándola en la mesa frente a ella, no pudo seguir caminando.
El aire dejó de entrar en sus pulmones.
No era exactamente dolor.
Era algo peor.
Intentó respirar más hondo.
El aire no llegaba.
Como si el mundo entero se hubiera vuelto demasiado pesado para respirar dentro de él.
Todo a su alrededor se volvió denso.
Oscuro.
Siniestro.
Era su fin.
La iban a despedir. Lo sabía. Por cómo aquella mujer la estaba mirando. Por los papeles que tenía tendidos en la mesa. Por la sonrisa con la que la estaba mirando su superior.
Sus pasos se volvieron torpes.
- Silvia… ¿te pasa algo? ¿estás bien? – su jefa, Jimena, se levantó.
- No… no lo sé. Me duele el brazo, aquí – dijo señalándose torpemente la parte derecha de su cuerpo – me duele la… creo que… me está pasando… algo…
La voz de Silvia era un hilo ahora y ella no paraba de balbucear cosas sin sentido.
Jimena entonces salió a todo correr de la sala y pidió a gritos ayuda y que llamasen a una ambulancia. Mientras tanto, se quedó con ella y varios de sus compañeros acudieron a traerle agua y vigilar su estado hasta que llegara la ayuda profesional.
Cuando consiguió tumbarse en el suelo volvió a verla. La pequeña mancha de humedad en el techo. La misma que había estado mirando durante toda la reunión.
Y sintió, en lo más profundo del estómago, que aquella iba a ser la última imagen de su vida.
Horas después, Jimena seguía sosteniendo los papeles que habían quedado sobre la mesa de la reunión.
Los había traído consigo al hospital casi sin darse cuenta.
En el primero de ellos, el nombre de Silvia aparecía subrayado en azul.
Debajo, una frase breve.
Aumento de sueldo.


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