¿Te puedo dar un abrazo? Basto tan solo esa frase para desencadenar una tarde entera de desenfreno. Algo que ambos habían pactado ya que no ocurría jamás. Por el bien de los dos. Por todos los problemas, preocupaciones y preguntas que quedaban flotando en el aire cuando follaban. ¿Follaban? ¿O hacían el amor? Ninguno de los dos lo sabía bien. Solo sabían que no querían parar. Y que se sentía demasiado bien.
Aquella tarde había comenzado como cualquier otra. Carla había comido, terminado de trabajar y había salido a dar su paseo diario. Seis kilómetros que no perdonaba. Lloviera, nevara, hiciera calor o frío. Ella siempre estaba ahí dando un paso tras otro. En medio de la caminata llego un mensaje de Jaime. Su amigo. O su…. ¿Conocido, ex, amante ocasional? No sabía bien cómo llamarlo y por eso prefirió llamarlo simplemente Jaime.
Un chico que había conocido meses atrás. Extrovertido, simpático y muy atractivo. La forma que tenía de mirarla a los ojos, de hacer chistes y hacerla reír le ponía mucho más que cualquier cuerpo escultural. Ese chico le había enviado un mensaje. Su corazón se aceleró al leer lo que le había escrito.
- ¿Está tarde como andas para quedar? Estoy por tu pueblo por recados y si quieres podemos tomar un café.
Carla sonrió al móvil. Tenía ganas de verle pero debían ir con cuidado. Ambos sentían cosas el uno por el otro pero ninguno de los dos podía ni quería dar un paso hacia algo más serio. Tanto él como ella estaban en fase de cambios y no tenían espacio para nada tan bonito, tan intenso pero tan demandante a su vez.
Lo único con lo que podían conformarse era con ser buenos amigos, hablar de vez en cuando y tomar algo junto con un breve paseo antes de despedirse. Ese día Carla se sentía pletórica. Contenta y ligera. Y por eso le mando un «vale, nos vemos a las 5 donde siempre» que sonaba muy amistoso. Cuando ambos se encontraron, él le dio un fuerte abrazo y la levantó ligeramente. Ella se reía y le dio un dulce beso en la mejilla.
Mientras tomaban el café, jugaron a un juego online y ambos se pusieron en sillas contiguas. Sus rodillas y brazos se tocaban. Pronto, ambos sintieron esa tensión creciendo y ella, sin pensárselo dos veces le dijo a Jaime:
- Igual te parece un poco atrevido pero ¿Podrías acompañarme a casa? Es que se me ha olvidado la cartera y la necesito.
- Si, claro. Vamos – el rostro de él estaba ruborizado aunque no entendía porqué. Una vez estuvieron en casa de Carla, ella le ofreció un refresco.
Él lo rechazó y se sentaron en el sofá un momento a descansar. Se quedaron un instante en silencio y la tensión pareció crecer por momentos. La voz de Jaime rompió el silencio:
- Carla… ¿Te puedo dar un abrazo?
Ella respondió dándole ese abrazo que duró varios segundos más de lo normal. Ella le besó el cuello ligeramente y a él se le empezó a erizar el vello. Estaban perdidos y ambos lo sabían. Carla giró la cara cerca de la de Jaime y se quedaron frente a frente unos segundos. Sin moverse.
Sin atreverse a avanzar pero sin querer retroceder. Y entonces él la beso. Aquél beso soltó la cuerda de todas las ganas que se tenían. Primero empezaron besándose lento, con un baile de lenguas seductor. Pero poco a poco aquella lentitud dio paso a una pasión desbordada y casi animal.
Jaime tumbó a Carla en el sofá y empezó a besarle el cuello. Lo lamía como queriendo probar su sabor. Ella se quitó torpemente la camiseta que llevaba y dejó ver tras ella su sujetador color beis. Jaime se quitó rápidamente su jersey y quedó con el torso desnudo. Ella empezó a lamerlo de arriba a abajo con su lengua afilada. Pasaba por sus hombros, sus pectorales, bajando por su vientre… Hasta llegar al botón de su pantalón.
Carla miro a Jaime que estaba muy encendido a aquellas alturas. Eso no lo paraba nadie ya. Con un movimiento rápido se desabrochó la bragueta y dejó ver qué debajo de su ropa interior estaba ya totalmente erecto y preparado para ella. Con una mano diestra, Carla buscó bajo su calzoncillo y cuando tuvo en la mano el miembro de Jaime empezó a mover su mano de arriba a abajo suavemente. Él se apoyaba en el sofá mientras gemía de placer.
La boca de ella fue lo siguiente con lo que estimulo al chico. Se lo hacía suave, casi con mimo. Su lengua no dejaba ningún rincón sin explorar. Desde abajo hasta arriba, sintiendo la dureza de Jaime en su boca. Cuando hubo pasado un rato, él le arrancó los pantalones y la ropa interior. Empezó entonces a besarla por los pechos primero. Bajo suavemente por su cintura y sus caderas y llego hasta el centro mismo de su placer. Su boca no tuvo prisa en deleitarse. Su lengua jugaba con todos los pliegues que encontraba mientras iba notando como la humedad de Carla fluía cada vez más.
Los cuerpos de ambos para entonces estaban pidiendo un encuentro más profundo. Poder estar el uno dentro de la otra. El preservativo apareció de la mano de Jaime. En el bolsillo trasero de su pantalón, en la cartera, tenía uno preparado. Se lo puso rápidamente mientras miraba a Carla a los ojos con una mirada encendida. Entro dentro de ella despacio, con suavidad y calma. Ambos gimieron de puro placer.
Ella lo agarro de la espalda y lo rodeo con sus brazos. Se besaban lento pero con hambre. Las embestidas de él eran cada vez más rápidas y potentes. Carla se sentía como poseída, sin control sobre su voluntad. Tan solo queriendo a ese hombre dentro de ella una y otra vez.
Ella ahora quiso gobernarle y le hizo sentarse en una silla. Se puso encima de él y después de besarle el cuello y llamarle el pecho empezó a montarlo con determinación. Sus caderas se movían de delante hacia atrás mientras él las agarraba firme. Las oleadas de placer iban y venían y ambos estaban cada vez más acelerados. Mientras ella le miraba a los ojos mientras lo cabalgaba, él decidió agarrarle de las muñecas por detrás.
Le gustaba dominarla un poco y que ella tuviera que mover sus manos forcejeando para zafarse. Eso la aceleraba muchísimo. El cabecero de la cama fue el siguiente destino. A ella le encantaba apoyarse sobre él y que Jaime quedará a sus espaldas. Cogió las manos del chico y las guío por sus pechos, su estrecha cintura y las dejó apoyadas en las caderas. Él cogió su pene y entró dentro de ella. A esas alturas fue enérgico desde el primer momento. Mientras la iba penetrando, le iba besando la espalda y agarrando el trasero. Notaba en ella que estaba cada vez más acelerada y que sus músculos estaban empezando a realizar las pequeñas contracciones que preceden el orgasmo. También lo notó por los gemidos acelerados que Carla estaba emitiendo.
Ella por su parte, notaba aquel placer aumentando en su cuerpo. Con su mano izquierda iba estimulandose a la vez que sentía las fuertes embestidas de Jaime. Notó un calor vibrante alrededor de su pelvis y las ultimas olas que la iban a llevar sin remedio, al éxtasis. Entonces, le pidió con un beso a Jaime que acelerara y que fuera un poco más rápido. Cosa que aquel hombre hizo sin pensar. El orgasmo de Carla no tardó en llegar mientras gemía y se agarraba a las manos de su amante.
Él a su vez, la siguió a los pocos minutos mientras la besaba tumbado sobre ella.
Cuando terminaron, se abrazaron y se miraron a los ojos y supieron que aquello iba a volver a ocurrir de nuevo. Y les dio exactamente igual.
Hicieron un pacto tácito: cada uno viviria su vida y sus caminos por separado pero, de vez en cuando se encontrarían de nuevo para beber sus ganas.


Deja un comentario