Marta llegó a casa. Era un caluroso día de julio y había sido un día agotador en la oficina. Además, hacia calor y venía sudando.

Nada más entrar por la puerta, sus pequeños Alex y Maia de 5 y 2 añitos respectivamente corrieron a su encuentro.
Abrazarlos y sentir sus cuerpitos calientes entre sus brazos le daba la vida. Le llenaba el corazón. Se los comió a besos en el pasillo y el pequeño Alex, que no paraba de hablar y contar todo, le explicó lo que habian hecho aquella mañana de verano con sus abuelos.

  • Hemos ido al parque y he conocido a dos amigas nuevas. Se llamaba Enara y Julia. Luego hemos inflado globos de agua y nos los hemos tirado por encima. Además, el abuelo me ha comprado un helado y hemos paseado junto al río. Luego hemos comido en su casa macarrones y Maia ha hechado la siesta y después…
  • Tranquilo cariño. Ya he llegado del trabajo. Vas a tener toooda la tarde para explicarme bien bien todo lo que habéis hecho está mañana con los abuelos.
    Esto último lo dijo mirando con agradecimiento a sus padres que estaban ya con la merienda preparada y listos para que su hija se los llevará al parque.
  • Hija, ¿has comido en el curro? – dijo su madre preocupada.
  • Si, bueno… Un sándwich rápido que me lleve – añadió Marta con un largo suspiro – estos días están siendo un caos en la ofi. Todos los comerciales quieren cerrar bien el mes antes de irse de vacaciones y no hacen más que mandar ventas y gestiones pendientes. Pero bueno, algo me he podido llevar a la boca.
  • Mira, los niños están entretenidos ahora. Come un plato de garbanzos que he hecho para tu padre y para mí. Ya verás que bien te sienta.

Su madre le empezó a poner con un cazo los garbanzos en el plato al tiempo que a Marta le sonaba las tripas. Lo cierto es que doña Carmen (así llamaban a su madre los conocidos) no se andaba con remilgos en lo que a la alimentación de su familia se refería. Cuando ella proponía comer, no era una opción. Antes de terminar la frase ya tenías el plato sobre la mesa.

Marta probó la primera cucharada de aquellos maravillosos garbanzos que le supieron a gloria. El sabor hizo que retrocediera de repente a su infancia y a aquel plato que tantas veces había compartido con su familia en el hogar.
Sus padres fueron entonces a la sala para estar con los niños y ella quedó sola en la cocina. Apagó el televisor y el silencio le rodeo. Sintió un tremendo placer de saborear, aparte de aquel delicioso plato, unos minutos de silencio antes de enfrentarse a todos los quehaceres de la tarde.

Se limitó a mirar el móvil vagamente. Unos cuantos storys de Instagram: las influencers de moda con sus preciosos bebés (dudaba mucho que aquellas mujeres tuvieran una vida que se asemejara en algo a la suya), varias cuentas de maternidad donde daban consejos para acompañar una rabieta y varios post, algo inquisitivos, donde te recomendaban no dar azúcar, poner pantallas o gritar a tus hijos. Por curiosidad, leyó algunos comentarios de esos post. Se dio cuenta de que siempre estaba presente la misma pelea: «buenas madres» (que todo lo hacían bien y juzgaban a las que ponían pantallas, soltaban un grito o daban azúcar) y las «malas madres» que si hacían todo lo anterior y no se escondían. La batalla estaba, no solo en quien lo hacía mejor y quien era «mejor madre», sino en quien era la madre real.

Se cabreo… ¿Es que acaso hay un solo modelo de madre real? ¿Es que son más o menos reales aquellas que dan azúcar de vez en cuando, gritan alguna vez o ponen pantallas? No – se dijo- cada madre es diferente.

Decidió dejar el móvil boca abajo y solo saborear en silencio aquel rico plato. Cuando lo terminó, se permitió tomarse unos segundos más para saborear aquello tan escaso que tenía desde que fue madre: tiempo para sí misma.
Aún recordaba con añoranza cuando Alberto y ella estaban «solos» (sin hijos) e improvisaban planes, cenas, paseos y encuentros divertidos cuando les apetecía. Lo espontáneo, lo casual, el factor sorpresa. Todo aquello era cosa del pasado. Ahora, para hacer un mísero plan solos había que movilizar a la familia, organizar horarios, comidas, siestas y demás.

Afortunadamente, Alberto era un padre corresponsable que asumía sus responsabilidades y su parte de carga mental. Sus amigas madres le decían que era «un mirlo blanco», un ejemplar único en su especie ya que ellas carecían de este tipo de maridus funcionalis y tenían a tremendos tronchos a su lado.
En fin. Aquella tarde le tocaba estar en el parque con sus hijos. Su marido y ella se repartían las tardes: una bajaría él con los niños al parque y ella descansaba (o hacia tareas de casa) y el dia siguiente a la inversa.

Lo cierto es que no le apetecía nada bajar al parque con ellos. Le encantaría estar toda la tarde viendo una película o paseando en silencio. Nada más pensar esto, una sensación conocida pero desagradable se abrió paso en su tripa. Justo debajo de la boca del estómago: era la angustia. Después, vino la culpa.
Angustia por sentir que no llegaba a todo, aunque no paraba de intentarlo y culpa por pensar en estar sin sus hijos habiendo pasado ya toda la mañana sin verlas.

Como si tuviera un resorte en la silla, Marta se levantó y decidió ir al salón de casa de sus padres para estar con sus pequeños.

En cuanto su madre asomo la cabeza, Alex fue corriendo a enseñarle el dibujo que había hecho. Una mariposa con el pelo largo y castaño y unas letras al lado donde ponía «mamá».

  • Mira mamá, está eres tú.
  • Ohh que preciosidad – y sintió una punzada de tristeza y culpa que casi hace que se le salten las lágrimas. ¿Cómo había podido sentir que quería pasar el resto del día sin aquellos pequeños?
  • Maia se ha hecho cacas mamá – le dijo su hijo mayor tapándose simpático la nariz con los deditos – tiene pastelón.

Marta soltó una carcajada sonora que hizo que sus dos bebés (como ella los llamaba) se rieran con ella.

Una vez cambiado el pañal a Maia, decidió que ya era hora de irse al parque de su barrio. Tenían que ir en coche hasta el pueblo de al lado. Antes de irse, dejó organizado el plan del día siguiente con sus padres. Benditos abuelos.
A Alberto aún le quedaba la semana que viene para cogerse vacaciones y tenían que andar turnándose con sus suegros para cuidar por las mañanas de sus hijos. Los juegos de la conciliación como los llamaba en «El Club de las Malas madres».

Aquella tarde transcurrió tranquila. Los mismos vecinos con sus hijos en el mismo parque conocido, el calor abrasador de aquella tarde de julio, los juegos de agua de los niños… Iban a caer como moscas a la hora de dormir. O eso esperaba Marta. Estaba agotada.

Al llegar a casa, Alberto les esperaba con la bañera preparada y listo para bañar a los pequeños. Ella se sentó en el sofá un rato a «vaguear» mientras su padre bañaba a los niños.

Cuando sintió que estaban saliendo de la bañera, fue casi arrastrándose hacia la cocina para preparar la cena. Algo sencillo y fresco para aquel día de verano. Pensó un poco y finalmente se decidió por unos sandwiches fríos de jamón y queso y un poco de fruta fresca.

Alex cenó todo lo que su madre le había puesto. Estaba hambriento. Maia por el contrario, estaba demasiado cansada para comer por ella misma. Se fueron turnando entre los dos para darle de comer. Finalmente, les lavaron los dientes e hicieron la rutina de noche (así le llamaban ellos a prepararse para ir a dormir) y Alberto se fue a acostar a Alex y ella a dormir a Maia.

La pequeña de la casa aún tomaba el pecho. Marta estaba cada vez más agotada y pensó en que su hija se dormiría en seguida de lo cansada que estaba.
Se sentó en la cama con ella, como tantas otras noches y la acunó en brazos. Maia buscó nerviosa el pecho de su madre, lo agarro fuertemente y empezó a mamar.

Su manita no paraba de tocar el rostro de su madre mientras ella, irritada se lo apartaba.

  • ¡Necesito que te duermas ya! – pensó nerviosa Marta. Quería tener un rato para ella antes de acostarse y seguir leyendo aquella novela que tenía por la mitad.
  • Su hija empezó a moverse nerviosa mientras jugaba con el pecho. Eran ya las 21.10. Llevaban unos 10 minutos ahí. Aun era pronto.

Se decidió por empezar a mecerla pero le empezaron a salir movimientos algo bruscos. Marta se dio cuenta de ello y continuo meciéndola más suave.
Pronto volvería a los movimientos fuerte y bruscos a medida que su hija trasteaba con sus pies y sus manos buscando jugar con ellos.


21.25. La desesperación de Marta iba en aumento. Un sentimiento de ira le recorría las tripas. Desde lo más hondo de su pecho energía una impotencia que no se sentía capaz de parar. Era algo animal. Veía como cada minuto para ella se esfumaba entre juegos y tonterías de su pequeña.


Maia aparto su boca del pecho de su madre y empezó a gatear sobre la cama. La habitación estaba a oscuras y Marta la cogía del pijama porque tenía miedo de que se cayera de la cama.


Entonces, sobrepasada ya como estaba, cogió de nuevo a su hija de manera más brusca de lo que le hubiera gustado y la puso de nuevo al pecho. La niña se resistía y chillaba que no quería «hacer lolo».


Ahí empezó un forcejeo entre madre e hija. La madre porque quería que su hija se durmiera y ésta última porque deseaba seguir jugando.


La niña no parecía tener la intención de dormirse. Estaba demasiado activa, pero Marta tenía entre ceja y ceja que aquella niña durmiera y lo hiciera ya. Volvió a consultar el reloj y comprobó con desesperación como falaban apenas 10 minutos para las diez de la noche.


Ella solía acostarse a las 10.30 de manera que le quedaría poco más de media hora para descansar antes de dormir. Eso sí Maia decidia irse a los brazos de Morfeo en este momento. No parecía eso lo que indicaba sus saltos en la cama y sus risas.
Por tercera vez cogió a su hija, la puso en sus brazos y ella se cogió de su pecho.

Pero en vez de relajarse, parecía que se activaba cada vez más.
Marta no podía con su cansancio, su desesperación y su rabia. Sentia rabia por toda la carga de trabajo que se había tenido que comer en aquel día, por el cansancio acumulado y la falta de sueño de estos días, la intensidad con la que Maia le estaba demandando en la última temporada, la relajación de su marido porque él ya había dormido a Álex y estaba en la sala solo y tranquilo. Sentia su ira subir como una olla a punto de reventar, le castañeteaban los dientes de la pura rabia y empezó a pensar de manera irracional y acelerada.


Cogió aire fuertemente y grito enfadada:

  • ¡¡QUE TE DUERMAS DE UNA VEZ!!

De repente, Alex empezó a quejarse y Marta se dio cuenta de lo que había gritado. Maia estaba asustada y poniendo pucheros. La puso de nuevo al pecho y, como si hubiera vuelto en si, quedó en silencio por si Alex volvía a hacer otro ruido. Nada. Había sido un susto.


Entonces, se empezó a relajar, como si aquel grito hubiera sacado de su pecho toda la rabia, desesperación y frustración que sentía. Se empezó a sentir fatal y más aún cuando vio aparecer sigiloso a Alberto preguntando qué había pasado y que no podía dar semejantes gritos en medio de la noche.


Ella asintió, avergonzada y decidió ponerse de pie con Maia en brazos, respirar, calmarse y mecerla suavemente tal y como una niña de 2 años se merecía.
A medida que Marta iba relajándose, iba des-tensandose y calmando todo lo que tenía en su interior, Maia se fue metiendo cada vez en un sueño más y más profundo.
Cuando la pequeña se hubo dormido del todo, ella se sentó sobre la cama con su hija en brazos y esperó los 10 minutos de rigor para dejarla en la cuna. Cuando pasaba ese tiempo se aseguraba que Maia ya tenía el sueño más profundo y le permitía dejarla sobre el colchón.


Sigilosamente la dejo durmiendo en la cuna y miró el reloj por fin: 22.35. Marta suspiró y la vieja conocida culpa le taladró la cabeza mientras se tumbaba para dormir y veía, a través de la ligera luz que había en la habitación, el rostro angelical y en calma de su hija Maia de tan solo dos añitos. Intentó pensar en los momentos bonitos que habían pasado durante el día para liberarse de aquella maldita culpa que le atenazaba las entrañas pero, simplemente, no pudo.


Un ligero llanto de no-se-muy-bien-que-me-pasa la hizo aliviarse un poco pero no fue suficiente. Aquella noche iba a ser muy larga. 


Comentarios

Deja un comentario