Capítulo 2 – Despegue… y caída
Junio del 2025
Manu estaba trabajando. Junto a él, en la mesa, el móvil descansaba boca abajo. El ventilador, a tope, refrescaba a duras penas la estancia. Era un caluroso día de principios de verano. Él estaba adelantando un proyecto que tenía que presentar a mediados de julio.
No paraba de rascarse la cabeza y jugar con su pelo mientras observaba la pantalla. Parecía no tener inspiración. Su cabeza, que solía bullir de ideas, hacía tiempo que estaba desierta. Suspiró y se recostó en la silla. No iba a conseguir nada si seguía ahí delante.
Se levantó y se desperezó. Salió a la terraza y, desde allí, pudo observar a una pareja sentada en un banco. Se estaban besando. Manu se preguntó hacía cuanto tiempo de la última vez que había besado a una chica. O la última con la que había tenido sexo. Mucho tiempo. Demasiado.
No era el sexo rápido lo que le interesaba. Sabía que no era especialmente guapo, pero tampoco le había ido mal con las mujeres. Con su barba recortada, su pelo castaño y sus ojos, ligeramente achinados, tenía su éxito. Además, era muy extrovertido y sociable. No era eso lo que añoraba.
La idea de conocer a alguien se quedó en su cabeza un instante. ¿Algo serio? No sabría decirlo. Creía que no era el momento. Aunque tampoco estaba buscando exactamente algo casual. Tal vez tener a alguien con quien poder conectar, hablar, hacer planes… y se atraían y surgía el sexo, pues tanto mejor.
Volvió a la sala y cogió el móvil. Le quedaba menos del 35% de batería. Se instaló una aplicación para conocer gente. Rellenó su perfil en 10 minutos y subió varias fotos. Las imágenes que eligió le definían completamente: en la primera salía sentado en una piedra, en el monte. La segunda y la tercera eran de su cara poniendo expresiones graciosas y en la cuarta aparecía pegando un salto al aire, en plena fiesta nocturna.
Cuando tocó el turno de especificar qué estaba buscando, él puso «hacer amigos». Era la verdad. Estaba abierto a conocer chicas. Si todo quedaba en una amistad genial, si surgía algo más, también estaría bien.
Una vez terminó de crear su perfil, empezó a pasar los perfiles de mujeres que estaban cerca de su ubicación. Se fijó en varias chicas que le llamaron la atención y deslizó a la derecha.
De repente, una imagen apareció en la pantalla.
Elena, 33 años.
La primera fotografía le llamó poderosamente la atención. En ella se veía a una chica de pelo castaño, casi pelirroja, con una melena por los hombros. Tenía un vestido veraniego de color rojo y una coleta alta. Llevaba unas gafas finas y una sonrisa tímida.
La descripción del perfil fue la que le terminó de conquistar.
Hola! Soy una chica normal que busca conocer a alguien verdadero para conectar y pasar unos buenos ratos. No se muy bien como va esto, me acabo de hacer el perfil. Te dejo, voy a ver si hago unas cocretas (es bromaaa, ya se que se dice croquetas, era para picarte)
Leyó el texto un par de veces y volvió a mirar las fotos. Las amplió una a una. Había algo en aquella sonrisa que le hizo morderse el labio y sonreír. Sin dudarlo, deslizó a la derecha.
Elena se despertó en aquella mañana calurosa. Miró el reloj. Eran las 10 de la mañana. Estaba de vacaciones y podía dormir cuanto quisiera. Se desperezó en la cama, estirándose y emitiendo un pequeño gemido.
Se levantó despacio, como si no quisiera hacer demasiados esfuerzos. Se lavó las manos y se miró al espejo. La noche anterior se había dormido tarde y le dolía ligeramente la cabeza. Se había descargado hacía poco una aplicación de citas y estuvo pasando perfiles hasta tarde. Hacía unos meses que se había divorciado y sentía curiosidad por conocer a alguien. Pero la primera sensación que había tenido de la aplicación no le había convencido demasiado.
Desde siempre, a la hora de que un chico le gustara, siempre se había fijado en el rostro y, más concretamente, en los ojos. No sabía explicarlo bien, pero necesitaba ver cierta expresión en la cara del chico para que le gustara. Era como si pudiera ver las intenciones de cada persona mirándola fijamente.
Por eso, le había costado tanto encontrar a algún chico que le llamara la atención en aquella aplicación. La mayoría, no le habían gustado. No porque fueran feos, sino porque ninguno tenía aquella chispa que la movía por dentro.
Solo recordaba los perfiles de dos hombres a los que había deslizado hacia la derecha. Y ninguno de ellos coincidió con ella. Uno de los dos, le había gustado especialmente. En su primera fotografía, sentado en una piedra en el monte, tenía una sonrisa sincera y una expresión de tranquilidad y despreocupación en el rostro. Las otras dos, le habían hecho sonreír.
Estaba haciendo el tonto y poniendo caras graciosas ante la cámara. Había mirado aquellas imágenes un par de veces, fijándose en aquellos ojos achinados y la barba recortada. En aquel momento, había sentido una pequeña sensación de ilusión que le hizo mover el dedo hacia la derecha.
Elena recordaba este momento mientras desayunaba una tostada con aceite y un café. Estaba mirando al vacío pensando en aquel perfil. Volvió a revisar la aplicación por curiosidad. Deslizó algunas veces hacia la izquierda y confirmó sus sospechas: iba a ser difícil que alguien le gustara.
Se encogió de hombros y dejó el móvil sobre la mesa. Se levantó para recoger la mesa y el dispositivo vibró. Desbloqueó la pantalla y vio que la notificación procedía de la aplicación de citas. Había coincidido con el chico de los ojos achinados. Abrió entonces su perfil y aquella sonrisa serena volvió a aparecer frente a sus ojos.
Manu. 34 años.
El mensaje la hizo sonreír
«Hola! Yo también digo cocretas. ¿Las hacemos juntos?»
Elena se apoyó en la pared, sonrió y se llevó los dedos a los labios. Contestó rápido.
En cuanto Manu deslizó a la derecha, la notificación de la coincidencia apareció en su pantalla.
Elena.
Aquella chica que le había llamado la atención y que hacía «cocretas». Se rió para sí y tecleó sin dudar el mensaje.
M: «Hola! Yo también digo cocretas. ¿Las hacemos juntos?»
La respuesta no se hizo esperar.
E: Jajaja cuidado, que luego no hay quien nos saque del club de las cocretas.
Manu se mordió el labio y volvió a sentarse frente al escritorio. La pantalla seguía mostrando una hoja en blanco. Se frotó la barbilla con los dedos mientras pensaba la respuesta.
Tecleó despacio, mirando la pantalla como si aquella respuesta fuera importante.
M: Prometo defenderlas con orgullo. Aunque debo admitir que nunca he hecho croquetas en mi vida.
Al otro lado Elena se mordía el dedo índice mientras volvía a leer la respuesta. Cerró los ojos por un instante y se puso el móvil sobre el pecho. Quería responder con humor pero sin parecer una «payasa».
Recordó entonces las palabras de su amiga Paula. Ella también estaba soltera y había probado esta aplicación en bastantes ocasiones. Siempre le decía que tenía que ser lo más natural posible.
Elena respiró y se relajó. Era su primer match y quería hacerlo bien.
Un pequeño vértigo subió por su vientre.
Tomó aire y se dejó llevar.
E: Pues vas mal. Si vamos a cocinar juntos necesito saber si al menos sabes freír un huevo.
M: Freír huevos sí. Pero lo mío son más las tortillas improvisadas de domingo.
E: Eso suena sospechosamente a “abro la nevera y veo qué sobrevive”.
Una hora después, Manu tuvo que ir a buscar corriendo el cargador mientras seguía hablando con Elena.
Al volver, Elena le había respondido a su mensaje:
M: Por cierto, ¿siempre haces cocretas o también te aventuras con cosas peligrosas?
E: Depende. Si sobrevives a las croquetas quizá te invite a comprobarlo.
Dos días después de aquel match, Elena y Manu quedaron por primera vez. Las conversaciones durante aquellas dos jornadas se alargaron hasta la madrugada. Ella le mencionó su reciente divorcio y le habló por encima de los motivos que la llevaron a tomar aquella decisión.
Manu le había dicho que había sido «muy valiente».
Aquello la hizo sonreír.
Él, por su parte, le había contado que echaba de menos a su familia. Vivía a unos 300 kilómetros de ellos y se había mudado por trabajo. Llevaba lejos de ellos unos tres años. Su padre, con 77 años, era el que más le preocupaba. Desde hacía un par de años su salud había empeorado, y Manu vivía pendiente del teléfono.
También charlaron sobre sus aficiones, gustos y preferencias. Durante una de aquellas conversaciones eternas, Elena pensó que no sabía muy bien cómo definir lo que estaba empezando a sentir. Creía que no estaba del todo bien tener aquella ilusión tan física dentro de ella. Sin embargo, era tan luminoso lo que se estaba despertando en ella que retiró abruptamente aquel pensamiento de su mente.
Descubrieron que a ambos les encantaba crear: él era diseñador gráfico y ella, aunque no vivía de ello, era escritora amateur. Publicaba sus textos en Instagram para descargar emociones.
Aquel día habían quedado a las 17:00 en el barrio de Elena. Ella le mandó la ubicación.
M: ¿Cómo te conoceré?
E: ¡Pues muy fácil! Soy la que lleva las cocretas en la cabeza
Ambos se rieron a la vez, cada uno a un lado de la pantalla.
M: Una cosa, que sepas que soy extremadamente puntual. ¡A las cinco te quiero ahí! En punto, ¡eh! jejeje
E: ¿Qué dices? ¡Yo también soy super puntual! De hecho, te cuento un secreto: a la última persona que llegó tarde, le pasaron cosas…
Manu leyó aquel mensaje. Puso una cara de miedo fingido y se sacó una foto. Se la mandó a Elena.
Ella abrió la imagen y se mordió el labio a la vez que negaba con la cabeza.
A las 16:47, Elena estaba esperando a Manu en el lugar indicado. Él llegó con su coche y le pitó en cuanto la vio. Ella le hizo un gesto con la cabeza y le saludó con la mano. Aparcó y se bajó.
Elena se quedó mirando a aquel hombre que se dirigía hacia ella. Andaba de manera ligera, casi despreocupada. Tenía las manos en los bolsillos. En su rostro, la misma sonrisa serena que en las fotos.
Cuando llegó hasta ella la miró con sorpresa.
- Pero ¿y las cocretas?
Manu pensó que hablar con ella en persona era incluso más fácil que por chat.
Durante un instante se miraron en silencio, como si ambos estuvieran comprobando que la persona del otro lado de la pantalla era real.
Elena negó con la cabeza y se rio. Levantó el brazo derecho para abrazarle y le dio dos besos en la mejilla. Se dieron un abrazo más largo de lo normal.
Cuando se separaron, Manu la miró a los ojos un instante. Tenía una expresión tranquila e incluso inocente. Le pareció muy guapa y atractiva. Llevaba una camiseta de tirantes amarilla y una falda corta de color verde.
Juntos fueron caminando a la par hasta la terraza de un bar. Manu tomó una cerveza sin alcohol y un botellín de agua. Elena un refresco.
Se sentaron cerca el uno del otro. Sus rodillas se rozaron por un instante mientras hablaban. Sus cuerpos se iban juntando cada vez más y sus cabezas estaban casi tocándose.
Los temas de conversación saltaban de los amigos, el trabajo, aficiones y hasta noticias de actualidad. Ninguno de los dos pensaba demasiado las frases, que les salían de manera natural. Apenas hubo silencios entre ellos.
Una hora y media después, Elena se desperezó en la silla de la terraza y le propuso a Manu ir a dar una vuelta. Se conocía un paseo al lado del río donde hacía fresquito y corría una brisa muy agradable.
- Además, allí suele haber bastante tranquilidad.
Ambos se quedaron en silencio. Luego, una pequeña risa nerviosa traicionó a Manu.
Cuando comenzaron a caminar, él rozó ligeramente su mano con la de ella. Elena le empujó ligeramente mientras andaban a la par. Manu le devolvió el empujón, un poco más fuerte de lo necesario. Ella trastabilló hacia el lado contrario y Manu la cogió del brazo para que no se cayera.
Se quedaron mirando un segundo y él le pidió disculpas. Ella se rio y le hizo un gesto para quitarle importancia.
De repente, Manu se detuvo.
- ¡Me he dejado la botella de agua en la terraza! Estaba a medio terminar…
Ambos se miraron y él se encogió de hombros. Siguieron caminando.
En un momento dado, Elena le preguntó en qué zona de la ciudad vivía. Él le indicó el barrio. Ella se quedó pensativa mientras miraba el río. Se apoyó en la barandilla y Manu la imitó. Sin mirarlo, le dijo:
- ¿Y sabes qué autobús tendría que coger para llegar a tu casa? Para cuando quiera hacerte una visita.
Él se quedó observándola fijamente. Ella giró la mirada y se mordió el labio. Miró hacia abajo y sonrió, tímida. Manu se acercó lentamente a ella mientras Elena levantaba la mirada. Le tocó la cara suavemente, luego rozó sus dedos por los labios de la chica.
Durante un instante ninguno dijo nada.
Manu seguía mirándola muy cerca.
Elena sostuvo su mirada y dejó escapar una pequeña sonrisa nerviosa.
Entonces él se inclinó hacia ella.
La besó. Primero ligero. Después, apasionado. Sus lenguas jugueteaban entre sí mientras ellos se abrazaban. No escucharon el sonido del grupo de niños corriendo a su lado.
Ninguno de los dos tenía previsto llegar a la cama en la primera cita. Sin embargo, ahí estaban. Desnudos y acalorados. En silencio. En la cama de Elena.
Manu la rodeaba con su brazo derecho mientras acariciaba su espalda. Ella estaba apoyada en su pecho.
- Estoy escuchando tu corazón. Estás completamente relajado.
- Ya ves. Eso me pasa porque estoy a gusto.
Aquello la hizo sonreír.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
- Me haces sentir muy tranquila… —dijo Elena, casi en susurro.
Manu no respondió de inmediato.
La miró.
Demasiado tiempo.
Por un instante pensó que Manu iba a decir algo.
Entonces, él empezó a mover las cejas de arriba a abajo como para quitar peso al momento. Su mano derecha se deslizó por la espalda de Elena y empezó a hacerle cosquillas.
Ella se quejó, divertida, en cuanto sintió aquella sensación. Mientras que le pedía que parara, él se puso sobre ella y empezó a besarla de nuevo. El silencio no volvió a la habitación hasta varias horas después.
Jueves, 7 de agosto del 2025
El hombre se giró para recoger el flotador que se había caído en el suelo. Su hijo pequeño esperaba impaciente en la puerta. Se marchaban ya de la piscina comunitaria.
Antes de salir por la puerta le dio un último saludo a su vecino, Manu. Éste estaba en el agua. No estaba solo. Elena lo acompañaba.
A pesar de ser ya las 20:45, ambos permanecían sumergidos. Parecían no querer salir. Era un día caluroso de verano y llevaban toda la tarde en el recinto. Habían estado buena parte de la tarde bañándose, pero también habían pasado largos ratos en las toallas.
Elena había llevado una revista de curiosidades y juntos habían leído varias páginas mientras discutían y reían sobre ello.
Durante toda la tarde, la piscina había estado repleta de vecinos que habían bajado a refrescarse. Los niños nadaban, echaban carreras y chapoteaban. Ellos, los imitaron divertidos. En una ocasión, Elena le había enseñado a Manu su capacidad para hacer el pino con medio cuerpo fuera del agua.
La gente había empezado a marcharse pasadas las 19:30. Las familias recogieron los bártulos, los niños estaban cansados y los amigos empezaban a marcharse a sus casas. Sobre las 20:15 ya apenas quedaban cuatro personas. Entre ellos, Manu y Elena.
Cuando el último vecino se fue, los dos se quedaron solos. El atardecer de finales de verano los dejó observando el cielo un rato. Sentados en las toallas, se abrazaron y besaron, juguetones.
Manu empezó a acariciarle la pierna con la punta de los dedos. Elena dejó escapar una pequeña risa nerviosa mientras seguía recorriendo la espalda del chico con la mano.
En un momento determinado, él la tumbó suavemente sobre la toalla y empezó a besarle el cuello.
El bañador de Manu se deslizó hacia abajo ligeramente y ella miró hacia abajo, juguetona.
- Vaya… parece que he tenido un pequeño accidente con el bañador – dijo Manu con una sonrisa pícara.
- Nos van a ver…
Elena parecía pendiente de su alrededor mientras Manu la besaba. Él paró en aquel momento y la miró a los ojos. Con su expresión, la tranquilizó. Eso le bastó para dejarse llevar.
- No estoy acostumbrada a hacer estas cosas en un sitio público – mientras pronunciaba esta frase, se reía de manera nerviosa.
Manu se puso sobre ella y le acarició la cara.
- No tenemos porqué seguir. Si quieres recogemos las cosas y nos marchamos.
Ella miró la parte de abajo del cuerpo de Manu y vio el bañador medio bajado. Se mordió el labio. Lo tomó de la mano y le señaló la piscina.
Juntos caminaron hasta la esquina más escondida de la piscina. Allí volvieron a besarse.
El agua les llegaba a la cintura y las manos de los dos se buscaban bajo la superficie, como si quisieran descubrir de nuevo cada rincón del otro.
El único sonido que rompía el silencio de aquella azotea era la respiración entrecortada de Elena.
En un momento dado, su pasión fue interrumpida por el ruido de unas llaves. Los dos miraron a ambos lados y vieron, al fondo, la luz de una linterna. Era el conserje y venía a cerrar la piscina.
Ellos salieron a todo correr del agua. Fueron corriendo agachados hasta las toallas. Manu llevaba una pequeña bandolera donde había guardado los móviles y las carteras de los dos. Mientras cogían todo apresuradamente, oyeron la voz del conserje preguntando si había alguien.
Ante la expresión preocupada de Elena, él la cogió de la mano y la llevó corriendo hasta el ascensor. Mientras, la luz del vigilante amenazaba con descubrirles. Tuvieron que saltar varias zonas de césped a trompicones mientras reían nerviosos. Les parecía como un juego.
Cuando llegaron por fin al ascensor, ambos estaban sin resuello y acalorados.
Se miraron durante un instante en silencio.
Y entonces empezaron a reír.
Primero fue una risa nerviosa. Después, una carcajada imparable que los dobló sobre sí mismos mientras el ascensor empezaba a bajar.
Durante unos segundos, Elena pensó que ojalá la vida fuera siempre tan fácil.
Solo pararon de reír cuando llegaron al piso de Manu.
Se quedaron en silencio un momento donde se observaron el uno al otro.
Después, retomaron lo que habían dejado a medias.
____________________________________________________________________________________
Finales de agosto del 2025
El verano se alargó entre noches de mensajes, citas cada pocos días y planes improvisados. Elena y Manu pasaban las jornadas estivales entre sábanas y desnudez, besos furtivos en portales y risas cómplices.
Manu sentía que su creatividad parecía el reflejo de sus emociones. No había vuelto a tener un folio en blanco desde que la conoció.
Tras cada uno de los encuentros, Elena sabía que un mensaje entusiasmado de Manu le esperaba en el móvil. Aquel chico transmitía su ilusión de cada tarde con ella a través del chat.
A veces ella se quedaba pensando. Le parecía curioso que Manu pudiera expresarse tan bien y decirle esas palabras tan bonitas por mensajes, pero luego en persona, no le dijera muchas cosas de ese estilo.
La atmósfera entre ellos era curiosa. Podían estar hablando absortos de un tema sin ninguna tensión sexual aparente. Saludarse como buenos amigos al encontrarse o contar alguna confidencia casi como familia. Pero después, cuando la puerta de casa se cerraba, devorarse como fieras y ser unos amantes fogosos que exploraban el cuerpo del otro con pasión y ternura.
Ambos podían regular aquella tensión a placer. Decidir con sus gestos, su proximidad y su energía qué papel iban a desempeñar en cada momento: amigos, confidentes, amantes o… enamorados.
Manu se dio cuenta de que se estaba enamorando de repente. Recordaba el momento exacto. Fue la noche en la que ella le había enviado un mensaje deseándole que durmiera bien.
E: ¡Qué duermas bien, precioso! Y que sueñes con cosas bonitas.
Se quedó mirando la pantalla. Una calidez que hacía tiempo que no sentía apareció en su interior. Escribió con una sonrisa.
M: Si, últimamente estoy soñando con algo muy bonito.
Enviar.
Después, el silencio llegó a la habitación. Manu estaba tumbado boca arriba. Sentía el corazón en la garganta. Como si el mensaje que acababa de enviar fuera una condena que acabara de firmar.
Un vértigo repentino lo recorrió por dentro. Miró de nuevo el mensaje para ver si Elena lo había leído. Afirmativo.
Manu suspiró sobre la cama. Se quedó así, tendido unos instantes. Mirando al techo. Con una sensación de peligro recorriendo sus extremidades. Como si sintiera que, en cualquier momento, Elena vería quien era de verdad.
Como si pudiera darse cuenta de lo que había en su interior y se fuera a ir corriendo. Al igual que todas las demás.
Al pensar en esto último, algo se tensó en su interior. Apretó los puños y la mandíbula.
Por eso siempre se alejaba él primero.
Después de unos instantes, Manu se levantó y puso el móvil encima de la cama.
No quería volver a mirar la pantalla.
Se fue de la habitación y apagó la luz.
Al otro de la pantalla, Elena se mordió el labio. Una gran sonrisa iluminaba su cara. Se pasó el dedo por el labio y volvió a leer aquel mensaje.
Ella ya era consciente de que se había enamorado. Desde las primeras semanas. Una ilusión creciente acompañaba a cada mensaje, cada encuentro. Cuando besaba a Manu notaba cómo su cuerpo se elevaba ligeramente del suelo. Al abrazarlo, la tranquilidad la invadía.
Sin embargo, a veces una idea incómoda cruzaba fugazmente por su cabeza. Quizá no era del todo justo sentirse tan ligera después de todo lo que había dejado atrás. Pero la sensación desaparecía tan rápido como había llegado. Aquella felicidad era demasiado intensa como para empezar a cuestionarla.
Supuso que Manu estaba esperando su respuesta. Le extrañó no verle en línea cuando fue a contestarle. Se encogió de hombros. Estaba demasiado feliz.
- Yo también sueño contigo. Y con tu sonrisa, hermosura.
El mensaje de Elena se quedó sin leer aquella noche.
Septiembre del 2025
La tarde en la que todo cambió, hacía sol. Una preciosa jornada de finales de verano, Elena y Manu quedaron para tomar algo. Era jueves.
Al día siguiente ambos tenían fiesta y decidieron celebrar el fin de semana largo. Pidieron un vino: Marqués de Riscal. Acompañando aquella bebida, dos porciones de tortilla de patatas.
Ambos se miraron y brindaron. Elena quiso poner el punto emocional.
- Que todas las tardes de jueves esté siempre tan bien acompañada.
Manu elevó la copa y bebió. Una sonrisa contenida en su rostro indicaba una pequeña incomodidad.
Aquella semana Elena no había estado descansando bien. Una pequeña inquietud le recorría por dentro. Últimamente, había percibido como las respuestas de Manu se habían vuelto más espaciadas, más contenidas, menos expresivas.
Ella se lo había señalado ligeramente en alguna ocasión. Manu se encogía de hombros y le comentaba, despreocupado, que había estado muy ocupado con el trabajo y que estaba cansado.
Sin embargo, una alarma dentro de Elena se había activado. Era como un aviso constante que le decía que algo había cambiado entre los dos. Aparentemente, no tenía motivos para pensar que las cosas eran diferentes: seguían quedando cada pocos días, Manu seguía mostrando iniciativa para verla y el sexo era muy bueno. Sus conversaciones se desarrollaban animadas y el sentido del humor entre ellos estaba intacto.
A pesar de ello, Elena no se sentía tranquila. Había algo imperceptible entre ellos. Una energía especial que se había roto. La expresión de Manu mientras brindaba le había cerrado el estómago. Ya no era una sonrisa luminosa como las que le veía en verano. Ahora se sentía pesada, gris. Triste, incluso.
Durante un instante pensó que quizá estaba exagerando. Que tal vez aquel nerviosismo tenía más que ver con su propio miedo a perderlo que con algo que él hubiera hecho realmente. Pero la idea le duró poco. Había empezado a notar sus silencios, sus respuestas más breves… y una parte de ella no estaba dispuesta a ignorarlo sin más.
La voz del chico interrumpió sus rumiaciones.
- ¿Nos vamos? Se está haciendo un poco tarde. Se me ocurre que podríamos ir a dar una vuelta.
Ambos se levantaron de la silla. Se dirigieron hacia el coche de Manu. Cuando estaba a punto de arrancar, Elena le puso una mano sobre el brazo. Lo miró unos segundos antes de hablar.
- Dime que no te pasa nada conmigo.
Manu tensó los hombros y puso una mueca de extrañeza. Tardó unos segundos en contestar.
- ¿A qué te refieres exactamente?
- Creo que estás dejando de quererme…
Elena desvió la mirada. Se quedó observando la calle. Ninguno de los dos le había confesado al otro sus sentimientos de manera directa pero, los mensajes y el trato mutuo confirmaban lo que sentían.
- Elena, yo…
Ella giró bruscamente la cara. Con los ojos llenos de ansiedad. Después, se quedó así unos segundos. Respondió con un hilo de voz.
- Lo sabía… Sabía que esto no podía ser tan bonito.
Manu levantó sus manos enseñando las palmas.
- No es eso Elena. Yo… siento cosas por ti. Lo reconozco. Pero he estado pensando mucho sobre esto. Sobre ti y sobre mi. Ahora mismo, con mi vida así… No puedo comprometerme con nada.
Prosiguió.
- Solo… – balbuceó – solo puedo jurarte que soy feliz contigo. Tengo aquí – señaló a su corazón – una «barrita» de la felicidad. Y tu consigues que se llene hasta el tope. Pero solo puedo ofrecerte esto.
Señaló a su alrededor.
- Dejarnos llevar. Sentir lo que tengamos que sentir en cada momento. Pero no puedo avanzar más. No por el momento.
Elena seguía mirándolo fijamente. Su expresión había mutado desde la ansiedad al desconcierto. No podía entender aquellas palabras.
Tampoco era capaz de proponer la alternativa racional a aquello. Sabía perfectamente que aquello la iba a destruir. Pero no podía dejar de verlo.
Cerró los ojos y lo abrazó.
Manu recibió aquel abrazo. Durante un segundo no respondió. Su cuerpo permaneció rígido, como si no terminara de decidir si corresponder o apartarse.
Apoyó la barbilla en el hombro de Elena, pero sus labios se tensaron en una mueca apenas perceptible. No era ternura lo que le recorría en ese instante.
Era otra cosa.
Una incomodidad áspera.
Una sensación de estar siendo empujado a un lugar al que no quería ir.
Apretó los ojos con fuerza.
Se sentía atrapado.
Atrapado en una conversación que no había querido tener. En una intensidad que no había pedido. En una expectativa que le pesaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Una parte de él sabía que aquello no era justo.
Pero otra —más rápida, más visceral— solo quería salir de ahí.
Salir de la pregunta.
Salir de ella.
Salir de lo que estaba empezando a significar.
El pensamiento le cruzó como un latigazo:
¿Por qué todo tiene que volverse tan serio?
Tragó saliva.
Entonces sí, la culpa apareció. Pero llegó tarde. Como algo que se coloca encima, no como lo que nace primero.
Una expresión de desdén se registró en su labio. No era por ella. Se sentía un estafador emocional. Un cobarde que no podía dejar libre a aquella maravillosa mujer. Pero tampoco estaba preparado para dar un paso al frente.
No era que no la quisiera lo suficiente, como ella insinuaba. Es que aquello que Elena conseguía mover dentro de él era demasiado potente. Demasiado importante.
Había sufrido mucho antes por mujeres que no le despertaban ni la mitad de lo que ella lograba. No se podía imaginar el vacío que podía quedarle dentro si dejaba entrar de lleno a Elena en su corazón y, como todas hacían, se iba.
Aquella noche, ambos hicieron un pacto: jamás habrían tenido esa conversación. Elena no había escuchado las palabras que Manu había dicho. Tan solo se dejarían llevar.
Y ahí, en medio de un parking público, un jueves a las once de la noche, abrieron de nuevo un paréntesis en su dolor mientras hacían el amor.
Sábado 4 de octubre del 2025
El miedo puede ser un instinto protector. Capaz de salvarnos la vida… o de destruir lo que más queremos.
Elena sintió aquella tarde esa pulsión cuando recibió un mensaje repentino de Manu.
Habían quedado aquella misma tarde para ir a hacer una ruta de senderismo. Su móvil vibró en la mesa. Lo tenía pegado a su brazo mientras comía con pausa. En cuanto desbloqueó la pantalla y leyó la notificación, algo dentro de ella se cerró con fuerza.
M: Hola guapa. ¿Cómo estás? Yo estoy un poco mal de la espalda, la verdad.
Elena desconocía si aquella molestia lumbar era genuina o tan solo una excusa para cancelar la cita. Imaginó en su mente la progresión de mensajes que seguirían a aquel. Visualizó la excusa que Manu le daría para no verse. Sintió en su vientre una profunda sensación de abandono y rechazo.
Entonces, se levantó de un salto de la silla. Llevaba algunos días pensando de manera casi obsesiva en aquella ansiedad que la recorría cada mañana al despertar.
En un momento de lucidez, se dio cuenta de que no le iba a servir de nada evitar aquella posible cancelación. Respiró hondo y aceptó lo inevitable. Prefería ser ella la que rechazara el plan antes que esperar a que él fuera quien lo descartara. Abrió la aplicación de mensajería y escribió:
E: No te preocupes, Manu. Si no estás en condiciones, lo dejamos para otro día.
Bloqueó la pantalla y dejó el móvil sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
Durante un instante pensó que quizá estaba reaccionando demasiado rápido. Pero la sensación de rechazo que había sentido unos segundos antes era demasiado intensa como para ignorarla.
Manu se quedó mirando la respuesta de Elena. Frunció el ceño y sintió una punzada de culpabilidad dentro de sí. Su espalda estaba intacta pero últimamente se sentía abrumado por toda la intensidad y la intimidad que había entre ellos. Sentía que necesitaba descansar por unos días.
Sin embargo, la contestación que le dio Elena, lo dejó desconcertado. No esperaba que ella se fuera a retirar tan rápido. Una sensación de vértigo le subió hasta la garganta. Tenían que verse. Aquel día.
Sin pensar, escribió su respuesta.
M: No te preocupes, mujer. Creo que podré con esa rutita. Hace falta mucho más para poder tumbarme.
Elena dejó aquel mensaje como leído y siguió comiendo, ahora ya con hambre.
____________________________________________________________________________________
Octubre del 2025
Las siguientes semanas tras la conversación que tuvieron en el coche, aquel pacto tácito entre los dos pareció funcionar. Ambos seguían quedando, conversando, riendo y teniendo sexo. Pero algo se había ido.
Aquella inocencia espontánea, esa ilusión ciega, ese entusiasmo infantil habían muerto el día que Manu pronunció aquellas palabras.
No puedo comprometerme con nada. Solo puedo ofrecerte esto.
Elena caminaba como de costumbre, con su música a todo volumen mientras intentaba recordar aquellos evocadores recuerdos del verano pasado. Quería volver a sentir aquella calidez.
El otoño había traído el frío a sus huesos.
Durante el trayecto de la caminata pensaba en cómo gestionar aquella ansiedad constante que tenía en su estómago. No comía bien, le costaba dormir.
Apego ansioso. Ese pensamiento le recorría una y otra vez por su mente. Miraba compulsivamente videos de YouTube en los que hablaban de este tipo de apego. También buscaba soluciones para no ser «tan intensa».
Encontró una solución intermedia. Una diferencia con respecto al resto de relaciones que había tenido antes. No perseguir. Se dijo a sí misma que no podría soportar el peso de la humillación. Perseguir a un hombre que la había mirado de aquella manera unas semanas atrás.
Fue el único pacto que hizo consigo.
Cuando se veía con Manu, intentaba no mirarle de aquella manera. No quedarse absorta en sus ojos achinados y en su risa despreocupada. Quería, por todos los medios, parecer una amiga «especial» que no suspiraba por una promesa suya cada noche.
En algunas ocasiones conseguía mantener una fachada de mujer independiente. Tardaba en contestar a sus mensajes, se mostraba ocupada, constaba breve a los halagos que él le hacía. Tenía la necesidad de conservar su dignidad.
Sentía que estaba haciéndose cada vez más pequeña. Adaptándose al tamaño del miedo a amar de Manu. Las citas que antes eran extensas, apasionadas, variadas y entretenidas, ahora se habían visto reducidas a un café, una charla y un rato de sexo.
A pesar de todo, Elena veía que no se había ido del todo. Había pequeños oasis en todo aquel desierto. Momentos donde él la volvía a mirar como antes. Citas que se alargaban en la parte de atrás de su coche. Confesiones entre gemidos y besos.
Por eso aquello la mantenía tan encadenada. No era simplmente que el amor de Manu se hubiera terminado. Es que ese amor aparecía justo cuando ella estaba dispuesta a marcharse.
Mientras caminaba rumiando aquellos pensamientos, una vibración y un sonido interrumpieron su caminata. Era aquel hombre que tenía retenido su corazón.
- ¡Hola preciosa! ¿Cómo de libre estás esta semana?
Elena se llevó instintivamente la mano al corazón. El malestar que había estado sintiendo hacía un rato se había evaporado completamente. Contestó rápido.
Durante un segundo pensó que todo aquel esfuerzo por parecer distante había durado exactamente lo que tardó en leer su nombre en la pantalla.
- Tengo toda la semana libre.
Mentira.
El martes tenía cita en la peluquería. Pero sabía perfectamente que si Manu quería verla el martes, la siguiente llamada que realizaría sería para cancelar su tinte y corte.
Al otro lado del teléfono, Manu sonreía ilusionado. La calidez y la calma habían vuelto a su pecho. En los últimos días, Elena estaba tardando demasiado en responder a sus mensajes. Cada halago que él le hacía era contestado con un emoji o una reacción sencilla.
Nada de palabras tiernas.
Antes de enviar el mensaje, Manu tenía instalada una náusea en la boca de su estómago. Algunas noches soñaba con Elena.
Siempre era el mismo sueño. Ella caminaba de espaldas a él alejándose de allí. Él la llamaba e intentaba ir detrás pero no conseguía avanzar.
Cuando vio la amplia disponibilidad de Elena, algo se relajó dentro de sí. Su chica seguía ahí para él. Una ligera punzada de culpabilidad le recorrió la espalda. La silenció poniendo su canción favorita a todo volumen.
Noviembre del 2025
Una pregunta bastó para que Manu se alejara. Para que saliera corriendo con su miedo persiguiéndolo en el pecho.
- ¿Quieres vivir esto conmigo, Manu?
Manu no le respondió. Solo desvió la cara.
Elena lo miraba. Sentada en la cama, desnuda. Su mirada, implorante, revelaba unas ojeras que Manu no quería ver. Sabía el motivo de su insomnio. Y se odiaba por ello.
Aquella mujer que unos meses atrás tenía una expresión radiante, inocente y pura en el rostro, no era ahora más que una sombra de la Elena que él había conocido.
Al mirarla, sintió algo que le hizo sentir miserable: desprecio.
No entendía como Elena podía preguntarle aquello en ese momento. No después de que él hubiera intentado, por todos los medios, apartarla de su lado. Pero ella no se iba. No parecía que se estuviera dando cuenta de la cáscara vacía que había debajo de su piel.
No podía tratarla mal explícitamente. Aquello lo hubiera matado de culpa. Lo que Manu hacía era mucho más sutil. Pequeños desplantes. Responder tarde y mal. Cancelar citas en el último minuto.
Reconocía que aquello era su último recurso. Algo que ejecutaba cuando ya no podía más. Cuando todo aquel amor que sentía por ella conseguía desbordarlo. Salía a tomar aire. A costa de hundir un poco más a Elena. Pero ¿Qué podía hacer él?
Se sentía atrapado entre dos miedos viscerales. Perder a Elena o perderse a sí mismo. Si no mantenía bien el equilibrio podía caer en alguno de los dos. Volver a hundirse en aquel pozo de negrura emocional donde ya había estado.
Jamás lo habían hablado abiertamente. Pero ambos sabían que la solución a aquel dolor era contundente.
Dejar de verse para siempre.
Manu sentía retumbar un escozor en su piel cada vez que lo imaginaba. Aquella chica tan genial había conseguido devolverle los colores. Y él se los estaba robando a ella. La estaba volviendo en blanco y negro.
Por ello, cuando la vio ahí, sentada en la cama. Hundida bajo su propio peso e implorando con la mirada unas migajas que ya no se atrevía ni a darle, supo que no podía seguir martirizando a aquella mujer.
Solo pudo abrazarla y mecerla entre sus brazos como a una niña asustada. Volvió a recordar su pregunta:
- ¿Quieres vivir esto conmigo?
Durante un segundo se permitió imaginarlo. Vivir aquello con ella. Despertar a su lado sin miedo.
Y esa imagen le dolió de lo real que parecía.
Le dijo al oído la verdad que él mismo no se atrevía a verbalizar. En un breve susurro.
- Si.
Ella elevó la mirada. La ráfaga de besos lo pilló por sorpresa. Elena se lanzó a sus brazos como si fuera lo único que había en el mundo.
Él sintió el peso de sus actos en los hombros. Y en aquella noche de insomnio brutal, decidió enviar un mensaje al día siguiente:
- Elena. Creo que es mejor que seamos solo amigos.
La respuesta de Elena fue sorprendentemente rápida.
- Ok.
Manu se quedó observando aquella palabra. Como si pudiera leer tras ella lo que Elena estaba sintiendo al otro lado. No quería hacerle daño, aunque reconocía que ya se lo estaba haciendo, enviándole aquel mensaje.
La otra alternativa la estaba destrozando aún más. Era lo mejor. Aunque eso significara aprender a vivir sin ella.
Al otro lado, Elena tensó la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Tanto, que apenas pudo ver la palabra que acababa de enviar.
La conversación no volvió a reactivarse en las siguientes tres semanas.
Durante aquellos días de silencio, Elena fue remontando el vuelo poco a poco. Sintiendo la tranquilidad tras desprenderse de la ansiedad. De la incertidumbre. Sonriendo de nuevo despreocupada después del dolor inicial. Volviendo a elevarse torpemente tras la caída.
Un mensaje breve, la encadenó de nuevo al suelo.
- Hola Elena. ¿Cómo estás? Te he echado de menos.
Al enviar el mensaje, Manu pensó que había algo dentro de él que no podía soltarla. Algo que siempre despertaba al ver su foto de perfil.


Deja un comentario