En la habitación de Elena («Te refugiarás en mi tormenta» capítulo 3)

5–8 minutos

Miércoles, 4 de marzo de 2026

Tras aquel beso, Manu se sintió de nuevo enganchado. Algo que no podía evitar, que lo arrastraba. Que costaba volver a dormir.

  • Se que no debería hacerlo, pero no puedo no besarte.

Estuvo de acuerdo con todas y cada una de las letras de aquella frase. La misma que él pensaba siempre que se veían.

Por un instante volvió la ligereza.

La libertad.

Cuando todo tenía un sentido sencillo y no había nada que sostener.

Cuando podía caminar a su lado sin pensar en salir corriendo después.

Aquel pasado tan luminoso, pronto se había llenado de algo denso.

Una intensidad desconocida.

Un volcán que calentaba su interior, pero que también amenazaba con destruirlo todo.

Para poder respirar había tenido que recurrir a otros labios.

A otros besos.

A unas manos frías que no pudieran derretirlo por dentro.

Christine.

Pensó en ella mientras seguía besando a Elena.

La había conocido hacia un mes. Tras aquel silencio que lo dejó con la duda en los labios y mil preguntas en su interior.

Esta chica le dejaba ser ligero. Era alegre, sencilla, guapa. Le atraía. Pero solo eso.  

Era cómodo.

Eso era.

Disfrutaba del tiempo con ella, de las charlas en una terraza y el sexo ocasional.

Con Christine no había después.

Ni abrazos.

Ni miradas que se enredaban en la piel.

Solo cuerpo.

No como con Elena.

Con esta última todo tenía esa sensación de altura. Bastaba un gesto suyo para que todo dentro de él se inclinara demasiado. Y precisamente por eso, era tan adictivo.

Manu sintió una incomodidad que le subía por la garganta.

La deseaba, pero aquella sensación de regreso, de recaída, era demasiado familiar.

Sin embargo, no podía parar. Tampoco quería hacerlo.

Los metros que los separaban de la casa de Elena se les hicieron eternos. El ardor ya se había instalado en sus cuerpos y amenazaba con desbordarlos en cualquier instante.

Sus manos se buscaban. Se exploraban uno al otro.

El ascensor fue testigo de aquella urgencia.

Salieron, con la prisa en sus miradas y llegaron hasta la puerta. Elena cogió las llaves y se le cayeron al suelo.

En ese momento, Manu sintió una fuerte opresión en el pecho.

Una excitación que lo dejaba sin aliento.

Un par de dedos le temblaron ligeramente al abrir la puerta.

En cuanto entraron a la vivienda, un olor familiar a lavanda los envolvió.

Demasiado familiar.

Cada pequeño detalle de la habitación parecía amplificar lo que sentía: seguridad y vértigo.

Todo al mismo tiempo.

Se quitaron la ropa casi sin hablar, como si sus cuerpos recordaran un guion antiguo.

Manu sintió una punzada incómoda.

Sabía cómo terminaba aquello.

Y aun así, no hizo nada por detenerlo.

Recordó, sin querer, la risa de Cristine.

Ligera. Fácil.

Sin preguntas.

Sin peso.

Sintió un pequeño tirón en el pecho.

No por echarla de menos.

Sino por lo que estaba haciendo ahora.

Conocían perfectamente el cuerpo del otro, las caricias, los besos y las palabras que los encendían mutuamente.

Manu empezó a sentir todo aquello de nuevo. Un rio que amenazaba con desbordarse. Otra vez.

Durante un segundo todo tuvo sentido.

Después llegó el golpe.

Seco.

Contundente.

  • Espera…

Se separaron apenas unos centímetros.

Se miraron.

  • No podemos…

Lo dijo sin convicción.

Como si esperara que fuera ella quien lo detuviera.

Elena lo miró.

Un segundo.

Demasiado tiempo.

Luego volvió a besarlo.

Con más intensidad.

Como si quisiera borrar lo que acababa de decir.

Como si quisiera ganarle algo.

Lo habían intentado.

A medida que sus cuerpos tomaban el control, los besos se iban desbordando.

En un momento, Elena rodeó con sus brazos en cuello de Manu y empezó a besarlo despacio. Como si quisiera mostrarle con cada caricia, toda aquella calidez que solo él conseguía despertar.

Enredados entre las sábanas, la palabra amigo había quedado tirada por el suelo. Junto a su ropa.

Los jadeos habían conseguido silenciar, por un instante, sus conciencias.

Manu acomodó la almohada bajo la cabeza de Elena. Su cabello se deslizaba por su brazo suavemente mientras ella se giraba.

Él se quedo mirando su espalda. Comenzó a recorrerla con un dedo. Suavemente.

Vio como la piel de Elena se erizaba.

Entonces la abrazó por detrás. Con fuerza. Como si quisiera contenerla con sus brazos.

Se quedaron un rato así. En silencio. Solo se rompió cuando Elena habló.

  • ¿Por qué siempre volvemos a esto?

Su voz no sonó triste.

Sonó cansada.

Otra vez silencio. Esta vez parecía más denso.

Nadie dijo nada. Como si no quisieran romper nada más.

  • Al menos ahora ya sé que nunca me vas a elegir.

No lo dijo llorando.

Lo dijo como quien se rinde…

o como quien se protege.

A Manu, aquella frase le dolió más que una puñalada.

Porque era verdad.

Y porque no lo era del todo.

No por las razones que ella creía.

Estaba seguro de que ella pensaba que era por falta de amor. Sabía que eso la hacía cuestionarse.

La mataba por dentro.

Él tardó unos segundos en contestar. Entonces formuló una pregunta. Lo hizo con toda la intención. Quería conocer la respuesta de Elena.

  • ¿Por qué crees eso?

Lo preguntó despacio. Midiendo cada palabra. Como si aún hubiera algo que negociar.

  • Porque si no lo has hecho ya, no lo vas a hacer jamás.

En aquel momento sintió una especie de tristeza palpable.

Un sentimiento pesado ante una verdad incómoda.

Era difícil de explicar.

Una alarma interna.

Un impulso de salir corriendo.

Siempre aparecía en el mismo punto.

Un hormigueo que le subía por las piernas.

Justo cuando todo empezaba a ser demasiado real.

Y ella lo estaba mirando así otra vez.

Como si pudiera verlo entero.

Y Elena tenía esa forma incómoda de mirarlo que hacía imposible ocultarse.

Como si pudiera saber, detrás de cada gesto suyo, todo lo que él intentaba no sentir. Observarle por dentro casi como si él fuera transparente.

Era cierto.

Por eso mismo él nunca tendría el valor de elegirla.

Era mejor olvidar aquello.

De repente, el móvil de Elena vibró.

El nombre apareció en la pantalla.

El sol se había puesto, pero parecía que ninguno de ellos hubiera reparado en eso.

Elena se quedó mirando la pantalla.

No abrió el mensaje.

Como si hacerlo fuera confirmar algo.

Después, levantó la vista.

Se miraron.

Y por un instante, pareció que los dos sabían exactamente qué estaba pasando.

Aun así, ninguno dijo nada.

Elena observó un segundo a Manu mientras éste se ponía la camiseta. Él se acercó despacio, sin atreverse casi a dirigirle la mirada.

  • No sé qué me ha pasado…

Pausa.

  • Siempre hago lo mismo.

Manu puso su dedo índice sobre los labios de Elena. Con suavidad.

  • Esto ha sido un error.

Demasiado rápido.

Demasiado fácil.

  • Entonces… ¿solo amigos?

Silencio.

Se miraron.

Demasiado tiempo.

Como si los dos supieran que estaban mintiendo.

  • Solo amigos.

Sonrieron.

Se besaron otra vez.

Elena volvió a mirar el móvil y recordó el mensaje con la ubicación.

No contestó.

Se levantó y abrazo a Manu. Algo se aflojó en su interior.

Volvieron a sonreírse.

Solo amigos. Dos palabras, una promesa.

Como si todo empezara siempre así.

El móvil vibró por última vez.


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