Recaída («Te refugiarás en mi tormenta» capítulo 4)

21–31 minutos

Viernes, 28 de noviembre del 2025

El estruendo de aquella calle céntrica se silenció al momento cuando Elena vio aquel mensaje.

Había estado comprando ropa toda la tarde e iba cargada de bolsas.

Las manos le temblaban y el corazón retumbaba en su pecho. No podía quitar sus ojos de la pantalla. La mandíbula se tensó cuando volvió a leerlo.

  • Hola Elena. ¿Cómo estás? Solo te mandaba el mensaje para decirte que… te he echado de menos.

Sus extremidades se contrajeron al momento y empezó a sentir un calor que le subía por las piernas y se le quedaba en el pecho.

Aquellas semanas en las que no había hablado con Manu había pasado por diferentes estadios emocionales. Había hablado con su psicóloga sobre ello: el duelo.

Los primeros días, había sentido un gran vacío espeso en la boca del estómago. Se despertaba de madrugada y lloraba desconsoladamente. Pataleaba en la cama y el cuerpo le dolía por el insomnio y la falta de alimento.

A partir del quinto día, su sistema empezó a regularse ligeramente. Recuperó los dos kilos perdidos a medida que iba ingiriendo alimentos poco a poco.

Al llegar al vigésimo día, la tristeza había empezado a disiparse poco a poco. Su amiga Paula la había acompañado durante sus momentos más duros.

Cuando volvió a mirar la pantalla, el mensaje seguía ahí, sin responder. El cursor parpadeaba en la pantalla, como si la retara a responder.

Cerró la aplicación. Miró al frente y empezó a caminar, despacio. La gente que la rodeaba seguía con su vida. Algunas sonreían, otras hablaban y otras simplemente caminaban. Cada una absorta en sus pensamientos. Se preguntó si alguna de aquellas personas sabría qué responder ante un mensaje como aquel.

Elena sintió como su mandíbula se apretaba. Negó con la cabeza y un recuerdo le vino a la cabeza: Manu abrazándola en la cama, diciéndole al oído que quería vivir aquello con ella para después, traicionarla a través de un mensaje de texto.

Traición. Aquella palabra definía perfectamente lo que Manu había hecho con ella.

Y, aun así, algo dentro de ella se encogió.

Como si no tuviera del todo derecho a enfadarse tanto.

Como si, en algún punto, ella también hubiera elegido estar ahí.

¿Por qué no podía, simplemente, dejarla en paz? Si no quería estar con ella, si no la amaba lo suficiente, no entendía qué hacía su mensaje en el móvil.

Se puso a andar. Su casa estaba a apenas diez minutos a pie de allí. Llegó tan solo en cinco. Cuando dejó las llaves en la cesta de la entrada, con más fuerza de lo normal, empezó a dar vueltas en círculos por el pasillo.

Se puso las manos sobre la cabeza y resopló varias veces. Empezó a respirar hondo con el objetivo de relajarse, pero no lo consiguió. Se sentó entonces en el sofá y abrió rápidamente la aplicación. La frase de Manu continuaba ahí.

Suspiró con fuerza. Con un ligero temblor en los dedos, escribió.

  • Hola. Yo estoy bien. ¿y tú?

La respuesta de Manu no se hizo esperar.

  • Yo, bueno. La verdad es que me ha costado no escribirte durante estas semanas. Me he sentido un poco mal y me he acordado mucho de ti.

Una mueca de desprecio apareció en la cara de Elena. ¿De verdad? ¿Se había acordado de ella? Ella pensó que aquello le parecía un pretexto para volver a retomar el contacto. Una vía fácil para poder seguir teniendo acceso a ella.

Elena apretó el móvil con las manos antes de contestar.

  • Entiendo. Bueno, estate tranquilo.

Cuando se disponía a dejar el teléfono en la mesa, llegaron otros dos mensajes de él. Los leyó y sus ojos se abrieron de par en par. Una risa socarrona le salió del alma.

  • Me gustaría que fuéramos amigos. Me gusta tenerte en mi vida y saber cómo estas.

Elena bloqueó el dispositivo y le dio la vuelta. Lo dejó sobre la mesa de la cocina y se fue a probarse la ropa nueva que se había comprado aquel día. Todas las prendas, resaltaban su figura.

Viernes, 5 de diciembre del 2025

Manu estaba jugando con el bolígrafo entre sus manos. Frente a él la pantalla con un proyecto del trabajo a medio terminar. Giraba la silla sin parar, como si en algún momento fuera a salir una idea de ahí.

Se levantó para calentarse la comida y puso la mesa. Volvió al escritorio y se sentó para enviar un último correo.

Se mordió el labio y se quedó mirando al suelo, pensativo. No tenía ningún tipo de idea para poder continuar con aquello. Le faltaba la inspiración. Desbloqueó la pantalla del móvil y se puso a mirar Instagram de manera compulsiva.

De repente, vio un reels que le era familiar. Un chiste malo contado por un humorista. Le sonaba mucho. Pensó en Elena, que le mandó alguna vez un vídeo de aquel hombre.

El pulso se le aceleró al pensar en ella. Se le escapó una media sonrisa. Hacía tiempo que no se acordaba de ella así, sin tensión.

Abrió la aplicación de mensajería y le escribió a Elena. Justo antes de enviar, borró el mensaje. Lo volvió a escribir, esta vez en un tono un poco más calmado. Menos entusiasmado. Cambió el “hey” de su mensaje por un “hola” y quitó un par de emojis. Así estaba mejor.

Dudó un instante antes de mandar el mensaje. Sintió un nudo en el estómago y tragó saliva. Leyó un par de veces lo que estaba a punto de enviar. No sabía si debía hacerlo. Aun así, lo hizo. Creía que preguntarle por su día podía ser un buen comienzo.

  • Hola Elena. ¿Cómo está tu viernes hoy?

Una pequeña vibración interrumpió su concentración. Elena se encontraba mirando absorta la pantalla del ordenador del trabajo. Desvió la vista un instante y vio un mensaje de Manu.

Había pasado una semana desde la última vez.

Elena dejó el móvil unos segundos sobre la mesa antes de cogerlo.

Lo desbloqueó. Leyó el mensaje otra vez. Escribió una respuesta. La borró. Volvió a escribir, esta vez más corta.

Se le dibujó una media sonrisa y dejó escapar una risa baja, negando apenas, como si aquella idea no terminara de encajar ni siquiera en su propia cabeza.

Al momento, descartó aquel pensamiento. Puede que estar vez realmente sí lo consiguieran. O eso quiso creer.

Porque la alternativa —reconocer lo que le pasaba cada vez que aparecía su nombre en la pantalla— le resultaba demasiado incómoda.

Demasiado conocida.

Desbloqueó la pantalla del móvil y escribió rápido la respuesta. Casi como si no quisiera darle mayor importancia. Eran amigos, al fin y al cabo.

  • ¡Hola! Pues bien, aquí estoy en la oficina. Hoy parece que ha sido un día un poco más tranquilo. La gente está de viernes y creo que están todos más centrados en el puente que en otra cosa. ¿Tú vas a hacer algo estos días?

Cuando Elena envió el mensaje, sintió una presión leve en el pecho, incómoda. Lo releyó. Se detuvo en la última frase. Frunció ligeramente el ceño. Demasiado pronto. Aun así, no borró la pregunta.

Mirando la pantalla se encontraba Manu. Casi al minuto. Cuando lo vio, algo se le aflojó por dentro. Como si todo fuera, de repente, un poco más fácil. Ahí seguía ella. Y, eso quizás, era el problema.

Sabía que iba a ser difícil contenerse cuando estuvieran cerca, pero se juró a sí mismo que lo haría. Tras contestar brevemente el mensaje, Manu dejó el móvil sobre la mesa y empezó a mirar la pantalla del ordenador de nuevo. Parecía que los colores relucían un poco más brillantes en aquella ocasión.

De repente, una idea le cruzó la mente. La comida seguía intacta en la mesa. Ya fría.

Miércoles, 17 de diciembre del 2025

La negación es un recurso que la mente utiliza para protegerse de la realidad. Para no procesar una emoción peligrosa o poco útil en ese momento. El problema de este estado es que no es posible sostenerlo en el tiempo.

La mayoría de las veces, aparecen lagunas donde la persona entiende lo que está sucediendo y el cuerpo se permite sentir las emociones reprimidas.

Manu se despertaba cada mañana con una sensación extraña en el pecho. Era como una bruma espesa que no le dejaba respirar. Sabía que soñaba cosas que lo inquietaban, pero no recordaba ninguna imagen.

En los últimos días, había notado un ligero temblor de manos cuando menos lo esperaba. También dolores musculares aleatorios. Esto sucedía en periodos cortos de tiempo. Luego, se le pasaba.

No era capaz de relacionarlo con nada en concreto. Fue al médico y las pruebas salieron bien. El doctor le dijo que podía ser ansiedad. Le recetó unos ansiolíticos para dormir.

Él empezó a pensar que su situación familiar y la distancia le estaban pasando factura. Aquella semana procuró hacer más ejercicio y dormir más horas. Durante un par de días, se tomó una pastilla para dormir y consiguió descansar.

Poco a poco, los dolores fueron remitiendo y por ello, no le dio mayor importancia. Desde hacía días que se sentía mejor. Pero eso no fue lo que iba a contarle aquel día a Elena.

Iban a ir al cine, pero esa mañana Manu se despertó sin ganas de verla. No entendía por qué. Solo sentía que le faltaba el aire.

Las conversaciones habían vuelto a ser largas y las frases, profundas. Demasiado.

Aquel día, al despertar, vio que Elena había publicado un nuevo texto en Instagram.

No supo qué era lo que le inquietaba de aquel texto. Pero leyéndolo algo se le cerró ligeramente en el estómago.

“Ufff su tela de araña. No sabe qué tiene, pero es pegajosa. Lo atrae y aunque intente despegarse siempre hay algo que lo hace volver.

Sus labios, sus palabras siempre certeras. Sus silencios y miradas que saben exactamente cuándo salir y cuando quedar ocultas.

Está en su habitación dando vueltas de manera acelerada. De un lado al otro. Sin saber por qué su mano coge de nuevo el móvil. Abre su contacto y le vuelve a escribir. De nuevo, sin motivo.

Solo para contarle cualquier tontería cotidiana. Para hacerse notar. No sabe cómo va a reaccionar ella y eso lo engancha aún más. Desconoce si ese día va a estar cálida o distante. Disponible o inaccesible. Eso mismo. Esa incertidumbre pesada es la que le hace sentir una chispa en sus tripas. La que le hace no poder estar tranquilo jamás y sentirse atrapado en sus redes.”

En su preciosa, reluciente y dorada tela de araña. Ufff su tela de araña. No sabe qué tiene, pero…

Conocía como era Elena. Siempre escribía con una intención. Ella sabía que él leía todos sus textos. Y aquí había un mensaje claro. Ella entendía su mente. Cómo pensaba Manu.

Reconoció leyendo sus palabras que había acertado de lleno en todo lo que había escrito. Muchas veces, se calmaba pensando que tenía el control de la situación. Subía y bajaba la intensidad de los mensajes y Elena acompañaba su ritmo. Pero en realidad debía confesar que tenía un ligero presentimiento en el cuerpo.

Sentía que, si él no le escribía, ella dejaría de hacerlo. No era Elena de perseguir. Aunque siempre había estado ahí para él, era dulce, tierna y serena, siempre observó en ella cierta rebeldía contenida.

Aquel día iba a enviarle un mensaje para cancelar su cita del cine. Pero cuando lo pensó sintió como si sus brazos y sus piernas pesaran una tonelada.

Un pinchazo en su espalda le indicó que estaba demasiado tensó. Se tumbó en el sofá y se quedó mirando al techo.

Encendió el móvil y abrió la aplicación de mensajería.

Escribió despacio.

  • Hola, al final ¿a qué sesión vamos hoy?

Sábado, 20 de diciembre del 2025

El invierno se instaló de golpe, arrastrando consigo un frío seco que se colaba en las calles y acortaba los días hasta casi desaparecerlos. Sin embargo, era como si fuera verano de nuevo para Elena y Manu.

La palabra amistad era la barrera tras la que se escondían en las madrugadas de conversaciones interminables. Fue ahí donde bajaron las barreras, casi sin darse cuenta.

Y, aun así, había momentos —breves, casi imperceptibles— en los que algo se tensaba al otro lado de la pantalla.

El cariño y la ternura se volvieron un arma arrojadiza: la excusa perfecta para decirse lo que no estaban dispuestos a admitir. Confiados ambos en que el otro pulsaría el botón del pánico si los afectos se desbordaban.

Como ya había pasado otras veces.

Aunque nunca a tiempo.

Elena empezó a sentirse cómoda ahí, acogida en esa dinámica de rutinas compartidas, fotos y pequeños estados de ánimo.

Sin darse cuenta, se acostumbraron a escribirse cada sábado por la noche para preguntarse qué estaban haciendo.

A veces, sin venir a cuento, algo se encendía de nuevo. En la forma de escribirse. En las palabras que se les escapaban sin pensarlas demasiado.

Había momentos en los que se detenían justo antes de enviar un mensaje.

Dudaban.

Borraban.

Volvían a escribir.

Pero la mayoría de las veces no lo hacían. Y entonces las palabras salían solas.

Eso mismo fue lo que ocurrió en aquella ocasión. Faltaban dos días para el sorteo de lotería de Navidad y Elena pasó por un puesto de lotería. Levantó un segundo la vista y se subió el gorro de invierno que casi le tapaba los ojos. Vio un número que le llamó la atención:

30625

La fecha en la que Manu y ella habían tenido la primera cita. Quedaban aun números disponibles y, aunque la cola era muy larga, ella se puso a esperar.

Cuando tuvo el décimo en la mano, lo sostuvo un instante. Allí mismo, sentada en un banco cercano, le sacó una fotografía y se la mandó a Manu. Dudó un instante antes de enviárselo. No estaba segura de que él fuera a reconocer el número.

Aun así, envió la imagen con un pequeño vértigo en el vientre.

E: ¿Hacemos a medias? 😉

Desde siempre, en su familia tenían la costumbre de compartir décimo con las personas más allegadas. Para ella era casi como una declaración: eres parte de mi vida.

Manu contestó a su mensaje inmediatamente.

M: Uff, pues tengo ya un montón de décimos comprados.

M: Pero, si es contigo, yo comparto lo que sea

Sonrió para sí después de enviarlo. Envió el mensaje con toda la intención. Sentía un ardor dentro de sí, como una especie de urgencia primaria que necesitaba descargar.

Un mensaje de su madre le puso de nuevo los pies en la tierra. Lo abrió: era una fotografía de ella y su padre en el salón. Deseándole feliz navidad. Su padre estaba especialmente desmejorado, con ojeras y más delgado. Su sonrisa desapareció al instante y apareció un nudo en su estómago.

Contestó a su madre y le dijo que la llamaría en un rato. Iba a en unos días a pasar las navidades con ellos.

Cuando terminó de contestar a su familia, recordó el mensaje enviado a Elena minutos atrás. Lo había leído, pero no le había respondido. Se frotó las sienes despacio y pensó en cómo había sido tan estúpido de enviarle eso. Se la iba a cargar, otra vez.

Elena leyó el mensaje en silencio.

Su mirada se detuvo un segundo más de lo normal en la última frase.

Sintió algo moverse dentro. Demasiado. Aun así, sonrió.

Empezó a escribir, despacio.

Manu, mientras tanto contuvo el aliento un instante. En cuanto leyó la respuesta, expulsó el aire, aliviado.

  • Jejejeje vale. Me das 10€. Si ganamos el gordo, ya iremos a algún sitio bonito a… no sé, pasar la noche. Cada uno en su habitación, quiero decir. 😉
  • Claro, claro. Ya sabes que me encantaría recorrer el mundo contigo, preciosa. Madre mía, que poético me ha quedado. Ahora enserio, me gusta visitar sitios con mis amigos.

Elena y Manu se quedaron un instante mirando la pantalla al mismo tiempo. ´

Hubo algo ahí.

Breve.

Incómodo.

Como si hubiera empezado una cuenta atrás.

Ninguno se detuvo ahí el tiempo suficiente como para pensarlo.

Lunes, 22 de diciembre del 2025

El frío se colaba en la tarde de diciembre, seco, constante. Elena y Manu habían quedado a las 17:00 para ir a tomar algo y darse los regalos de navidad. Ambos habían comprado un detallito para el otro.

Elena llevaba una falda de invierno negra y una camiseta amarilla. Una coleta alta y un abrigo blanco.

Manu pasó a buscarla por su barrio cinco minutos antes de la hora fijada. Elena ya estaba esperándole en el aparcamiento.

En cuanto ella se subió al coche, se quedó mirándolo unos segundos. Después, con voz tímida, le dijo:

  • ¿Puedo… darte un abrazo?

Él asintió despacio. El acercamiento duró varios segundos más de lo normal.

Los suficientes.

Durante ese instante, ambos enterraron el rostro en el cuello del otro.

Elena carraspeó y fingió una tos para poder separarse rápidamente de Manu. Algo le subía desde el vientre, cálido, peligroso.

Se apartó en el último momento.

Manu se movió incómodo en el asiento del conductor mientras se ponía el cinturón. Sonrió apenas. Se pasó la lengua inconscientemente por el labio inferior.

Cuando el coche se puso en marcha, Elena pasó instintivamente su mano por detrás del cuello de Manu y le acarició la nuca mientras miraba por la ventana.

Se detuvo.

La retiró.

Giró la cabeza despacio para mirarlo.

Se quedó un instante así, con los hombros ligeramente tensados y conteniendo el aliento. Con los labios muy apretados.

  • No pasa nada. Puedes darme un masaje. No me voy a asustar.

Manu le tocó ligeramente la rodilla.

La mantuvo ahí un momento.

Luego, ambos se miraron un segundo mientras él seguía conduciendo.

Elena sonrió tímida y se mordió el labio. Negó con la cabeza. El calor ya le recorría todo el cuerpo.

La conversación continuó mientras Elena volvió a tocar su nuca. Esta vez un poco más suave. Ninguno de los dos podía concentrarse demasiado en las palabras.

Cuando llegaron al lugar, ambos salieron rápidamente del coche. Necesitaban que la temperatura del exterior templara sus ganas.

El aire frío les ayudó a respirar de nuevo.

O eso intentaron.

Elena se ajustó el abrigo sin mirarlo.

Manu cerró el coche y dio un par de pasos antes de darse cuenta de que ella no le seguía.

Caminaron juntos, en silencio.

Como si nada hubiera pasado.

Como si no estuviera pasando todavía.

El café caliente y los churros con chocolate hicieron la cita más acogedora. Mientras hablaban, Elena tuvo la sensación de que aquello se parecía demasiado a algo que no podían permitirse.

Una realidad que ninguno de los dos quería aun mencionar. Sus cabezas más cerca, los pies tocándose y sus dedos rozándose ligeramente al coger la merienda dejaban poco espacio para seguir llamándolo amistad.

De vuelta hacia el coche, una noche cerrada les recibió. Elena se agarró del brazo de Manu para no tropezar. Apenas se veía nada en aquel parking. Después de montarse en el coche, él intentó arrancar, pero hacía tanto frío fuera que no arrancaba.

Hizo un gesto de fastidio y puso la calefacción. Iba a tardar algunos minutos en poder conducir. Ambos se recostaron en los asientos y se encogieron de hombros mientras sonreían.

  • Bueno, nos toca esperar un poco – dijo Manu mientras miraba a Elena.

Una sonrisa se dibujó en su cara y la atmosfera cambió de repente. De repente, el aire dentro del coche se volvió más denso.

El corazón de Manu empezó a latir más rápido y un ligero cosquilleo le recorrió la espalda. Una sensación de pesadez le impidió moverse demasiado. Como si cualquier movimiento fuera a romper algo.

Elena estaba frente a él. Respiraba entrecortadamente. Fijó sus ojos en los de él.

No hacía falta decir nada más.

Ella se acercó a él y le quitó una pestaña que tenía en la nariz. El tacto de su dedo sobre su piel lo hizo suspirar.

Manu levantó la mirada y la miró a los ojos. Luego bajó la vista hacia sus labios. Una electricidad los recorrió a los dos.

Mientras Elena se acercaba a su rostro, él retrocedió ligeramente. Una pequeña punzada dentro de él lo hizo alejarse.

Ella quedó paralizada un instante. Justo a unos centímetros de su rostro. Sin poder respirar apenas.

Unos segundos que parecieron horas.

Hasta que algo hizo click.

Manu se acercó.

Un poco más.

Sus labios se unieron.

Y aquella noche, entre las sábanas de la cama de Manu, no hubo ni un instante en el que hiciera frío.

Domingo, 28 de diciembre

Aquel domingo llovía a mares. Elena estaba sentada en su escritorio, trabajando. Tenían tanta carga de trabajo últimamente que su empresa les había propuesto hacer horas extras.

De repente, su móvil vibró. Era Manu.

  • Hola guapísima. ¿Qué tal? ¿Qué haces?

Ella sonrió a la pantalla y escribió la respuesta, rápido.

  • Pues aquí estoy, metiendo horas.
  • ¿Has cenado? Mira que ya es muy tarde, eh. Deberías ir a dormir.

En aquel momento, Elena sintió una sensación de calma en su cuerpo. Como si saber que Manu se preocupaba por ella de aquella manera le aflojara algo por dentro.

  • No, aún no he cenado nada. Todavía me queda una hora por meter.
  • ¡De eso nada! Ya puedes ir a cenar ahora mismo. Que no me entere yo que no cenas. Que te castigo 😉

Se mordió el labio leyendo la última línea. Levantó las cejas y se quedó quieta un momento. Aún así, tenía razón. Debía comer algo. Su estómago rugió en aquel momento reclamando alimento.

Ella apagó el ordenador y se fue a la cocina a cenar. Ya había trabajado lo suficiente.

Mientras comía, se sacó una foto poniendo una cara burlona y se la envió a Manu.

Mira, ya estoy cenando. A ver si al final me quedo sin castigo…

Martes, 14 de enero del 2026

El año nuevo les había traído las mismas sensaciones. Las tardes de aquel invierno se habían vuelto más cálidas desde que se habían reencontrado.

Tras la vuelta de Manu de visitar a su familia, se habían visto casi cada día. Pasaban las tardes paseando, refugiándose del frío en sus besos. El sexo había vuelto a tener esa lentitud y esas miradas que hacía tiempo que no aparecían.

Ninguno de los dos quería que aquello terminara. Por eso, ignoraban aquella sensación desagradable que aparecía en sus cuerpos cuando se miraban de aquella manera. Cuando se acariciaban el rostro y apoyaban la cabeza en el pecho del otro.

Aquella mañana, Elena tenía el día libre. Invitó a Manu a su casa, para comer. Quería sorprenderlo con unas lentejas. En alguna ocasión habían hablado sobre este plato. Elena presumía de que ella hacia “las mejores lentejas de la cuidad”. Lo hacía en tono de broma, fingiendo altivez.

Siempre se reían después.

Manu llegó, como de costumbre, diez minutos antes. Al entrar en su casa, Elena le gritó que estaba en la cocina. Cuando él se asomó, la vio bailando mientras fregaba. Llevaba unos cascos.

Se quedó apoyado en el marco de la puerta unos segundos, mirándola.

Ella se giró y sonrió. Se quitó los cascos y lo rodeó con sus brazos para besarlo. Y le mostró la cazuela con las lentejas. Estaban listas.

  • Mmm huele riquisimo. Y las lentejas también.

Elena soltó una carcajada ligera mientras ambos se reían. Se besaron de nuevo.

Esta vez más despacio.

Manu la sostuvo por la cintura.

Sus manos empezaron a buscarse mutuamente y ya no hubo mucho más que pensar.

La comida se enfrió en el puchero.

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Un rato después, Elena tuvo que volver a calentar las lentejas de nuevo.

Cuando le sirvió las legumbres en el plato, parecía que solo existían ellos dos. Manu probó el primer bocado y puso una mueca de fingido asco en el rostro.

Ella le dio un pequeño manotazo en el brazo mientras negaba con la cabeza.

  • No, ahora enserio. Están buenísimas. ¿Te puedo robar la receta?
  • Bueno, igual tienes que sacármela. No creas que va a ser tan fácil – dijo ella mientras se inclinaba a besarlo.
  • Mmm creo que conseguiré la receta – Manu respondió haciéndole cosquillas en el costado.

Tras terminar de comer, los dos recogieron los platos. Elena fregaba algunos cacharros y Manu estaba pasando la balleta por la mesa. Se le cayeron algunas migas al suelo.

  • Uy, se me han caído los restos del pan. ¿Dónde está la escoba? Voy a barrer esto.
  • Si, está en el balcón.

Él salió a la terraza. En aquel momento, un rayo de sol le dio en la cara y observó aquel barrio tan tranquilo. Los vecinos iban y venían, los niños jugaban en el parque de detrás del edificio y todo era calma aquella tarde de invierno.

De repente, se vio a sí mismo desde fuera.

Aquella casa, las migas de pan, la comida y ver a Elena recoger los platos le trajeron una sensación que reconoció al momento. Deseaba aquello. Quería quedarse. Y eso le aterrorizó. De nuevo.

Un calor intenso subió por sus piernas. El corazón le empezó a palpitar fuerte y las manos empezaron a sudarle. Su sonrisa se había evaporado de su rostro.

  • ¿Has encontrado la escoba, Manu?

Elena se asomó al balcón y lo vio allí. Mirando al vacío y quieto.

  • Eh, si perdona. Es que me he quedado mirando el barrio. Es muy tranquilo. Demasiado diría yo.

Cuando Elena miró a los ojos de Manu, volvió a sentir algo que la puso en alerta. Un nudo en la boca del estómago.

No era la primera vez.

Y sabía exactamente lo que significaba.

Aun así, sonrió.

Trató de relajar los hombros y respirar más lentamente. Pero en su interior, su cuerpo supo algo que ella no quería ver.

Aquella tarde tenían previsto ver una película en su casa. Manu había llevado unas palomitas y ella había seleccionado dos o tres alternativas que podían ver.

Cuando terminaron de recoger, en silencio, Manu empezó a moverse rápido por la cocina. Miraba el móvil y se mordía las uñas.

  • ¿Qué te pasa?

Elena trataba de tragar saliva, pero ésta se le quedaba atascada en su garganta. Tenía la boca seca y la voz le temblaba al hablar.

  • Nada, es solo que… mi madre me ha enviado una foto de mi padre y le he visto algo desmejorado. Estoy un poco… desanimado.
  • Ya.

Ella confirmó sus sospechas. Manu quería irse. Todo aquello había sido demasiado para su frágil capacidad de amar. Elena cerró los ojos, despacio y negó con la cabeza.

  • Si necesitas irte a casa, tranquilo.

Manu la observó. Otra vez estaba ahí esa mirada cansada. Mostrándole los límites que él alcanzaba cada vez más pronto. Señalando la decepción y la cobardía que tenía dentro.

No entendía por qué cada vez que la sentía hogar, cada vez que la tenía tan cerca que podía soñar con una vida a su lado, salía corriendo. No quería volver a destrozarla, otra vez.

Esta vez tenía que actuar rápido. Antes de que la situación fuera irreversible.

No sabía qué hacer en aquel instante. Se quedó pensando un momento. Deseaba quedarse, pero necesitaba marcharse. Aquello era demasiado.

  • Si. Mejor me voy a marchar. Ya se que teníamos previsto… – su voz se apagó mientras recogía su abrigo, precipitadamente.

Se acercó rápidamente a Elena y le dio un beso fugaz en los labios. Cuando estuvo cerca de ella, le dijo, sin mirarla a los ojos:

  • Tienes cara de cansada. Cena algo que te alimente y vete a la cama pronto. Hoy ha sido un día largo.

Elena recibió aquel beso y algo se cerró fuerte dentro de ella. Algo que le impedía casi respirar.

Cuando vio a Manu saliendo apresuradamente de su casa, sin casi despedirse y sin girarse a mirarla lo supo.

Aquella noche, abrió el ordenador con fuerza, cenó una chocolatina y se quedó trabajando hasta tarde. Aunque estuviera agotada.

Un mensaje breve llegó al móvil de Elena. Ésta lo miró de reojo, el sonido indicaba que se lo había enviado Manu.

  • Espero que no estes escribiendo, eh 😊

Aquella frase la enfadó aun más. Frunció el ceño, se frotó los ojos y se acomodó en la cama. Seguía trabajando.

La espalda le molestó un poco y se puso el cojín a su espalda. “Si quisiera cuidarme, no me lo diría desde una pantalla” – pensó mientras tecleaba más fuerte de lo normal.

Manu envió aquel mensaje en silencio. Su seriedad contrastaba con el emoji que había enviado. Casi como un acto solemne. Había estado toda la tarde en casa, trabajando.

Elena respondió.

  • No, me voy ya a la cama. Buenas noches.

Manu envió dos palabras. Solo dos.

  • Buenas noches.

Cuando Elena vio aquello cerró los ojos y se llevó el móvil al pecho. Sabía que algo se había vuelto a cerrar dentro de Manu. Recordó la promesa que se había hecho meses atrás.

No perseguirle. Jamás.

Lo cumplió aunque solo durante las siguientes semanas.

Hasta que aquel movimiento rápido de sus brazos hizo que abriera el portátil y le enviara un email.

Solo para decirle que se marchaba. Solo para contarle que había conocido a alguien. Qué con aquel mensaje cerraba el pasado.

Manu no tardó ni cinco minutos en volver a escribirle.

  • Hola Elena. Espero que ese chico te trate bien. Se todo lo que ha pasado pero, te veo feliz ahora. Tal vez podamos ser amigos.

Aquel nuevo chico la trataba bien. Tal vez, demasiado.

Su nombre… Pablo.


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