Christine se agachó para ajustarse el patín derecho. Manu estaba esperándola al otro lado de la plaza. Aquel día ella se había retrasado cinco minutos entre salir de la ducha, vestirse y hacerse la raya del ojo.
Reconocía que, al salir de casa, sus pasos se habían acelerado para llegar a tiempo a la cita. Pronto se dijo a sí misma que no había porqué correr. No pasaba nada por llegar unos minutos tarde. Tan solo había quedado con su amigo para divertirse.
Cuando se levantó y miró a Manu, un pequeño escalofrío la recorrió. Estaba quedando mucho últimamente con aquel chico. Le estaba gustando. Tal vez demasiado. Ahuyentó rápidamente aquel pensamiento de su cabeza y se dirigió patinando hasta donde estaba él.
Se dieron un fuerte abrazo y un beso en la boca.
- Hola guapo, ¿Cómo va eso? —Christine le guiñó el ojo amistosa a la vez que le revolvía el pelo ligeramente.
- Muy bien. Todo genial, como siempre —respondió él, con una media sonrisa—. Venga, te echo una carrera hasta la fuente.
Los dos amigos empezaron a correr hasta el punto fijado mientras se iban dando ligeros codazos para picarse. Ganó ella, como patinadora experimentada que ya era.
Se habían conocido varias semanas atrás por el grupo de amigos. Habían congeniado al momento. Se reían de las mismas cosas, tenían aficiones en común y Christine había introducido a Manu en el mundo del patinaje.
A veces terminaban en la cama. Otras simplemente pasaban la tarde comiendo pipas en un banco, charlando sobre películas o memes que les aparecían en internet. Nada demasiado profundo.
Christine era francesa. Llevaba apenas un año viviendo en aquella zona y había llegado a aquel grupo hacía seis meses. Y, sin saber muy bien cómo, también había acabado encontrándose cada vez más a menudo con Manu.
- ¡Te gané! Una vez más… —Christine se burló amigable de su amigo—. Venga, te invito a un frapee.
- ¿Un frapee? Querrás decir un café… Menudas moderneces.
Los dos se rieron de aquella chorrada. En aquellos momentos Christine se sentía extrañamente segura junto a él. Una sensación de comodidad y familiaridad que le gustaba. Aunque, en algunos momentos, reconocía que quería quitársela de encima y separarse un poco.
- Estoy pensando en ir a finales de mes de viaje a Paris. A visitar a mis padres y a mi hermana. Puede que me quede un tiempo con ellos.
Manu la miró un instante mientras revolvía el café pensativo.
- Ah, no me habías comentado nada. No sabía que te ibas.
Christine se encogió de hombros mientras sonreía ligera. Desvió la mirada por un instante.
- Ya bueno, no te dije nada porque surgió así, en el último momento. Tengo algunos días libres en el curro y lo decidí de repente. No sé hasta cuándo me quedaré. Puede que una semana o un par de ellas.
La chica miró incómoda a su amigo. No le gustaba aquella sensación de tener que dar explicaciones. Cierto es que él no se las había pedido, pero había algo en la manera en la que él le había hecho la pregunta que la incomodaba.
- Ya me contarás qué tal por allí. Ya sabes que me gusta saber cómo le va a la gente que… aprecio.
Aquella pausa justo antes de la palabra “aprecio” se sentía intencional. Como si ninguno de los dos quisiera reconocer el cariño que se tenían.
- Sí. Ya sé que te gusta que tus amigos te cómo les ha ido el día. Ya he escuchado de refilón algún audio que te han mandado —Christine se rio sarcástica, pero ambos sabían a quién se refería con esa frase: su amiga Elena.
Manu nunca le había contado exactamente qué tenía con esa chica, pero ella era muy observadora y veía desde fuera algo claro: no eran solo amigos.
Christine decidió romper aquel silencio incómodo que se había generado entre ambos.
- Oye, y hablando de amigos… ¿Qué tal ayer con Elena?
Manu desvió rápidamente la mirada y se rascó la nariz nervioso. Ahí estaba. Ese microgesto que Christine supo leer de manera transparente. Le incomodaba hablar de ella. Había algo con ese tema que se antojaba tabú para su amigo, y ella creía saber por qué.
- Bien, sin más. Me contó que está conociendo a un chico. Un tal… —se quedó pensativo más tiempo de lo normal—. Pablo, creo que se llama.
- Ah, mira. Muy bien, ¿no? Estará contenta, supongo.
- Sí, eso creo —dijo rápidamente Manu mientras miraba nervioso el móvil—. Mira, hoy he visto este vídeo hecho con IA. Cada vez los hacen más realistas.
Su amigo le prestó el móvil. Era un vídeo que se había descargado en su galería. En él aparecían varios personajes de El Señor de los Anillos cantando una canción de salsa. Era absurdo pero gracioso. Funcionaba bien como vídeo de humor.
Christine decidió no darle demasiada importancia a la reacción nerviosa de Manu y se rió con él. Al fin y al cabo, también sentía cierto alivio al ver cómo él estaba implicado emocionalmente con otra chica. No sabía exactamente por qué, pero le reconfortaba ligeramente sentir que no tenía todo el peso emocional de Manu en sus manos.
Cerró el vídeo y, justo al lado, en las fotos del día anterior, vio una foto de Manu con otra chica. Elena. Su corazón dio un vuelco. Curiosidad. Alivio. Una punzada de miedo. Todo a la vez. Lo observó un instante más, sin saber bien qué hacer con lo que veía.
Manu se fijó en lo que ella estaba mirando y quiso arrebatarle el móvil. Se detuvo un instante y abrió la fotografía para que ella pudiera sumergirse en aquella imagen. Como una invitación a su pequeño mundo con esa otra chica. Un breve momento en el que él pareció abrirse más de lo habitual.
- Esta es Elena. Ayer nos sacamos una foto en la terraza. Ella estaba un poco desanimada y yo… la suelo escuchar cuando lo necesita. Hace lo mismo conmigo – aquella confesión estableció una pequeña incomodidad entre ambos. Como si no estuvieran acostumbrados a tanta vulnerabilidad.
Christine observó la instantánea un segundo. La retuvo en su retina. Lo que veía iba claramente más allá de la amistad: Elena con la cabeza ligeramente apoyada en el hombro de Manu. Sonriente y con cierto brillo sincero en los ojos. Él, con media sonrisa, la miraba de reojo. De una forma que no le había visto jamás reflejada cuando la miraba a ella.
Una sonrisa sincera se reflejó en el rostro de la chica mientras le devolvía el móvil a su amigo. Realmente estaba aliviada por aquello que había visto. Mientras Elena estuviera en la vida de Manu, éste no iba a ser capaz de amar a nadie de esa manera tan intensa. Tan transparente. Y eso la salvaba del dolor y de la vulnerabilidad.
Aquel hombre, como ella, también huía de la intensidad. Y ella creía que por ello aquella relación que tenía con Elena era tan adictiva. La amaba intensamente pero, precisamente por ello, se escapaba.
Era más fácil que Manu la eligiera a ella antes que a Elena. Y ella también podría elegir a Manu. Porque sabía que ninguno de los dos querría sumergirse demasiado en el corazón del otro.
A pesar de ese primer alivio, Christine también reconocía cierto temblor nervioso en sus manos. Una tristeza sorda le arañaba por dentro. Ella intentaba acallarla. Lo conseguía por momentos. Manu podría elegirla.
Pero jamás podría llegar a amarla tanto como amaba a Elena.
Durante un segundo pensó en quedarse. En seguir patinando con él aquellos días, en reírse de cualquier tontería como siempre. Fingir que nada de aquello importaba.
Pero algo dentro de ella se puso en guardia. Y ese pensamiento fue precisamente el que le generó tanta incomodidad.
Tras unos minutos de silencio denso entre ellos, Christine le dijo de manera algo fría a Manu:
- Por cierto, se que habíamos quedado en salir a patinar estos días pero – hizo una pausa para pensar en algo de peso. Después, simplemente le salió la verdad – no voy a quedar. Necesito preparar el viaje y estar con la cabeza en otras cosas. Espero que lo entiendas.
Manu la miró. En sus ojos había reflejado un desconcierto que Christine entendía muy bien. Solo le había enseñado una fotografía de una buena amiga suya. Y ellos no eran nada. Solo dos personas que lo pasaban bien juntos. Aquella frase había podido sonar como un rechazo manifiesto. No le importaba. Necesitaba alejarse un poco de él.
- Si, no te preocupes. Si eso ya quedaremos cuando vuelvas de Paris.
- Claro. Nos veremos.
La atmósfera entre ambos había cambiado de forma radical. Ya no había ligereza. La densidad se podía cortar con un cuchillo. Christine no paraba de tamborilear con los dedos sobre la mesa, nerviosa.
- Bueno, al menos podrás traerme uno de esos llaveros de la Torre Eiffel – Manu intentó sin éxito rebajar la tensión del momento.
Christine miró el reloj. Las 19.35. Justo la hora perfecta para irse a casa. En cuanto llegara se iba a dar una larga y caliente ducha.
- Si, te lo traeré – sonrió incómoda – me tengo que marchar ya. Se me va a hacer tarde.
- Claro, sin problemas – Manu se levantó de la silla a la vez que Christine. Quiso besarla en los labios pero para cuando quiso darse cuenta la chica ya estaba caminando, alejándose de él y despidiéndose con la mano.
Christine sabía que estaba huyendo. Una vez más. Pero no podía hacer otra cosa. Aquel chico comenzaba a importarle más de lo debido. Y pensar de nuevo en como miraba a Elena la hizo temblar por dentro. Sus defensas emocionales se pusieron en guardia. No iba a volver a sufrir de nuevo.


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