La duda («Te refugiarás en mi tormenta» capítulo 5)

13–20 minutos

Capítulo 5 – La duda

Miércoles, 4 de marzo del 2026

El nombre que aparecía en la pantalla se quedó flotando entre ambos.

Pablo.

Se vistieron despacio.

Sin mirarse demasiado.

Como si cualquier gesto de más pudiera deshacer el equilibrio precario que acababan de construir.

Elena se colocó la camiseta con movimientos mecánicos. Aún sentía el calor en la piel. Una mezcla extraña de calma y vergüenza le recorría el cuerpo.

Manu se ajustó los vaqueros sin terminar de abrocharlos del todo. Dudó un segundo, antes de coger la camiseta. Como si, al vestirse, tuviera que asumir algo que no quería nombrar.

Ninguno habló.

Solo el roce de la ropa y alguna respiración contenida llenaban el espacio.

El móvil de Elena seguía sobre la cama.

La pantalla apagada.

Pero presente.

Demasiado.

Elena lo cogió al pasar. No lo miró.

—Bueno… —dijo, sin terminar la frase.

Manu asintió.

Se acercó a ella.

Demasiado cerca para ser solo amigos.

Le apartó un mechón de la cara con suavidad.

Un gesto aprendido.

Un gesto que ya no encajaba.

—Cuídate —murmuró.

Elena asintió.

—Tú también.

Se quedaron un segundo más.

Como si ambos esperaran que el otro dijera algo distinto.

No ocurrió.

Manu abrió la puerta.

El aire frío del rellano entró en la casa.

Elena se abrazó a sí misma de forma casi imperceptible.

—Nos vemos.

—Sí… nos vemos.

La puerta se cerró.

El silencio volvió a ocuparlo todo.

Elena se quedó quieta unos segundos en mitad de la habitación.

Después, bajó la mirada.

Encendió la pantalla del móvil.

Pablo.

Sonrió.

No del todo.

Miércoles, 4 de marzo del 2026

Pablo volvió a mirar de nuevo la pantalla del móvil. Sus dedos tamborileaban sobre la mesa.

Habían pasado horas desde que envió aquel mensaje a Elena. Ella aún no había respondido.

El silencio en aquella cocina era denso. Como si pudiera cortarlo con un cuchillo. El sonido del reloj avanzando era lo único que sonaba.

No quería ni tomar aire. Como si algo se fuera a quebrar en cualquier momento. No entendía de donde venía aquella tormenta de pensamientos que se agolpaban en su mente.

Uno tras otro, le mostraban imágenes donde solo aparecía ella. De espaldas a él. Alejándose sin mirar atrás.

Intentó volver a respirar echándose agua fría sobre el rostro. La cara que le devolvió el espejo tenía una mirada desorbitada y unos ojos que no eran capaces de fijarse en ningún lugar en concreto.

Con cierto temblor en las manos, un hormigueo constante en sus piernas y sin perder el dispositivo de vista. Era ya la segunda vez que lo ponía a cargar.

Aquella no era la primera ocasión que Elena tardaba en contestar. Había ocasiones donde se entretenía con charlas eternas con sus amigas, haciendo recados o ejercicio.

Sin embargo, esta vez era diferente.

Pablo sentía el corazón en la garganta. Retumbando a un ritmo acelerado a la vez que pensaba en aquel nombre.

Manu.

Sabía que estaba con él aquella tarde.

Elena le había contado que era un viejo amigo. No le ocultó su intento de conexión meses atrás. Pero ya no existía nada entre ellos.

O eso le había dicho ella.

Sin embargo, cuando volvió a desbloquear el móvil y vio aquella fotografía, un escalofrío recorrió su espalda de arriba a abajo.

En ella se les veía a los dos en el exterior de un bar. Elena estaba ligeramente apoyada en el hombro del chico y él la estaba mirando de reojo.

En cuanto tuvo la imagen delante, se acercó el móvil al rostro. Entrecerró los ojos y la analizó minuciosamente. Fue recorriendo cada detalle con la mirada. Hasta que se detuvo sobre el rostro de su amigo.

Una sensación le empezó en el estómago y le subió hasta la garganta. Una náusea.

Después, una tensión en su mandíbula. Sintió un ligero dolor en sus dedos por la fuerza con la que estaba apretando el dispositivo.

Miró otra vez la pantalla. Ahora puso atención sobre ella. Su rostro tenía una amplia sonrisa y la cabeza ligeramente girada hacia él indicaba que buscaba su contacto.

No sabía bien qué hacer. Solo podía dar vueltas por la cocina, con los pies trastabillando a cada giro. Tenía una sensación pesada que se movía por todo su cuerpo. No la localizaba en ningún lugar concreto. Estaba por todas partes.

Durante aquellas semanas que llevaba conociendo a Elena, Manu no había aparecido por ningún lugar dentro de sus conversaciones. Ella era luminosa, con una sonrisa capaz de derretir algo por dentro.

Pero desde hacía varios días notaba a Elena diferente.

Tenia la expresión oscurecida. Él le había preguntado los motivos de aquella mirada plomiza y ella se limitaba a encogerse de hombros y echarle la culpa al trabajo. Solo le había mencionado por encima que había vuelto a saber de un viejo amigo y que estaba preocupado por él.

Manu.

Elena le contó, en una ocasión y casi sin mirarle, que el padre de su amigo estaba delicado y que por eso se interesaba por él.

Pablo pensaba otra cosa. Entre ellos había algo más que simple preocupación.

Amigos.

No se creía ni una letra de aquella palabra.

Pablo tensó la mandíbula y apretó los dientes. Tanto que casi se mordió la lengua.

Era poco tiempo el que llevaba quedando con ella, pero algo dentro de él estaba ya desbocado:

Pensaba en su mirada más de lo que quisiera admitir. Deseaba conocer sus aficiones, gustos. Entrar en su mundo. Abrirle el suyo.

Mostrarle todo lo que él podía ofrecer. Se imaginaba despertando y viéndola tumbada a su lado. Dormida y serena. Con la expresión relajada y la mirada luminosa.

Y no con aquellas ojeras que habían aparecido tan pronto como aquel nombre hizo presencia.

Manu.

Volvió a mirar el móvil otra vez. No había respuesta de Elena. La última vez que se había conectado había sido poco antes de subir la foto a Instagram.

Para eso si que has encendido el teléfono.

Cerró los puños mientras cogía las llaves de casa y se ponía las zapatillas. Tan rápido que casi se cayó en el pasillo. Tan fuerte que casi se hizo daño en los pies.

Salió de casa en dirección a ningún sitio. Solo necesitaba sentir la brisa fresca de aquel marzo que tantas preguntas le había traído.

Apego ansioso. Eso pensó mientras caminaba de manera enérgica hacia el semáforo en rojo para peatones. Tuvo que frenar en seco para no lanzarse a la carretera por la que circulaban los coches a toda velocidad.

Su psicóloga le había le había señalado que tenía que aprender a confiar más en sus vínculos y en él mismo.

Se acordaba bien de todas y cada una de sus rupturas anteriores. El motivo: él.

Su dependencia emocional, le decían.

Pero ¿qué podía hacer él si sentía sus afectos desbocados? ¿Si se le encendía una luz profunda y cálida dentro de sí?

¿Cómo podía hacer que esa luz no lo quemara todo?

Ahuyentó esos pensamientos cuando se encontró con una vecina. Una charla ligera consiguió aliviarle ligeramente el nudo que tenía en su estómago.

Solo por un momento.

Por un instante sintió una punzada de culpabilidad dentro. Si realmente Elena hubiera tenido algo que ocultarle, no hubiera subido la foto con él.

¿O sí?

La noche había caído ya. Faltaba poco para las 9 de la noche.

De repente, su móvil sonó.

Por fin.

Era Elena.

Un mensaje breve apareció en la pantalla:

  • Hola… Perdona no haberte contestado. He estado ocupada. Me parece ok lo de mañana.

Esa sensación de vació se incrementó súbitamente. Lo invadió todo. Como si tuviera un globo gigantesco inflándose en su estómago.

El suelo que pisaba Pablo se empezó a tambalear.

Algo empezó a reptar, rápido por su garganta.

Subía.

Bajaba.

De nuevo, subía.

Una náusea repentina se instaló en el fondo de su estómago.

Fue corriendo al baño.

Se apoyó en la taza, pero no le salió más que una tos.

Miró de nuevo la pantalla y releyó el mensaje.

Aquellas palabras de afecto que ella le escribía semanas atrás, aquel cariño incipiente que había empezado a notar en cada letra se había esfumado tan pronto como escuchó aquel nombre por primera vez.

Manu.

Un calor repentino subió por el cuerpo, Tuvo el impulso de llamarla solo para escuchar su voz.

Contuvo el impulso. Quería responder a ese mensaje. Y necesitaba hacerlo ya.

Respiró hondo y cogió el teléfono entre las manos. Se lo apoyó en la barbilla y dejó que sus pensamientos pasaran por su mente sin pausa. Quería dejarlos pasar. Como nubes.

Así se lo había explicado su psicóloga.

Gestión de la ansiedad.

Su ego le golpeó en el pecho.

Fuerte.

Como queriendo salir.

Decidió, en aquel instante, que solo iba a responder con una frase.

  • Vale, nos vemos mañana a las 3 en tu barrio. Te paso a buscar.

Ni emojis.

Ni caritas sonrientes.

Nada de risas.

Aquella iba a ser su manera de devolver ese golpe.

Tenía algo claro: no iba a rogar.

Iba a tratar de dormir bien y al día siguiente iba a ir al monte con Elena. Aquel era el plan.

Se fue a dormir pronto. Merecía un descanso.

No lo tuvo.

Jueves, 5 de marzo del 2026

El despertador sonó a su oído.

La sábana bajera estaba totalmente fuera de su sitio.

Su mente se había encargado de mostrarle los peores escenarios posibles. En ellos, Manu aparecía de la mano de Elena y se burlaban de él.

Ella lo abandonaba.

Como habían hecho antes.

Desayunó a duras penas.

Tenía el estómago completamente cerrado.

Se dirigió al gimnasio e hizo la mitad de lo que solía hacer habitualmente.

No estaba de humor.

Tenía en sus entrañas un peso invisible que no le dejaba respirar correctamente.

Debía tener cuidado con la manera en la que se entregaba.

De camino a casa, volvió a chequear el Instagram de Elena.

Mal hecho, le hubiera dicho su psicóloga.

A la mierda, pensó él.

Necesitaba vigilar cada pixel, cada expresión y microgesto de la instantánea. Como si revisarlo de nuevo pudiera hacer que algo cambiara.

Un destello de alivio le hizo relajar los hombros. Solo estaban tomando un café. Y ella la había publicado. No sería tan malo, ni tan prohibido lo que había entre ellos.

O eso quiso creer.

Ignoró aquella sensación pesada y subió el volumen de la radio. Estaban poniendo una canción pop con un ritmo bastante pegadizo.

Cambió de emisora.

Odiaba el pop comercial.

Ahora escuchaba una canción de rock. Enérgica y rápida.

Tamborileó en el volante a la vez que cantaba a voz en grito aquella melodía.

Pudo quitarse ligeramente aquella sombra que tenía encima y le había acompañado toda la mañana.

Debía prepararse. Tenía una cita aquella tarde.

Comió con hambre y , cuando llegó la hora acordada, salió de casa y avisó a Elena.

Aquel día ambos tenían el día libre.

Debía darse prisa. Elena era extremadamente puntual y le molestaba mucho cuando alguien llegaba tarde.

Habían quedado a las 15:00. Llegó cinco minutos antes.

Elena aun no estaba en el aparcamiento.

Con los nervios a flor de piel, Pablo tamborileó con los dedos en el volante.

Esperó dos minutos.

Tres.

Cinco.

Elena seguía sin aparecer.

Miró el mensaje que le había enviado hacía cinco minutos.

Lo había leído. Pero no estaba ahí con él.

Llegaba tarde.

Pablo se puso las manos sobre la cara y cerró los ojos.

«Calma, por Dios. Solo son cinco minutos».

Se repetía este pensamiento como un mantra.

Tras siete minutos, Elena apareció.

Su expresión seria acompañaba a sus pronunciadas ojeras. El pelo, en una coleta despeinada.

Recordó el recogido cuidado con el que se había presentado en la primera cita.

Elena entró en el coche interrumpiendo así, los pensamientos de Pablo.

Se sentó y lo miró.

No lo besó.

Empezó a mirar hacia todas las direcciones y dejó el bolso en el suelo. Sin mirarle, le dijo:

  • Hola… Perdona que haya llegado tarde. Estaba con el móvil. Se me ha ido el santo al cielo.

Pablo la rodeó con su brazo derecho. Le agarró suavemente del mentón y la miró a los ojos. Ella lo miró. Un instante.

Luego, desvió la cara mientras sonreía, algo incómoda.

El beso que quería darle quedó suspendido en el aire. Esperando un mejor momento.

Él suspiró y se puso el cinturón.

Las palabras se colaron a través de sus mandíbulas apretadas y su sonrisa forzada.

  • Tranquila. Me extrañaba, pero bueno. Yo tampoco he descansado bien.

Elena lo miró extrañada. No le había contado que había dormido poco.

  • Tus ojeras… se te ve cara de cansada.

Lo miró y frunció el ceño. Apretó los labios y agachó la cabeza.

  • Ya… Si, se me nota ¿no?

Elena lo observaba. Algo se aflojó ligeramente en su garganta. Pudo respirar un poco mejor.

Un recuerdo fugar pasó por su mente cuando Pablo tocó suavemente su rodilla. Se acordó del tacto de sus dedos.

La tarde anterior.

En su cama.

Instintivamente retiró la rodilla y cruzó las piernas.

Volvió a escuchar aquellas palabras de Manu.

  • ¿Solo amigos?

Si. Aquella promesa ya estaba hecha. Esta vez era diferente.

Ella tenía a Pablo. Manu tenía a… Christine.

Elena fingía que no sabía lo que ocurría.

Pero las noches de llanto decían lo contrario.

Aunque puede que fuera lo mejor. Que él conociera a otras mujeres y pudiera desviar aquellos ojos achinados hacia otros cuerpos.

Así tal vez, dejaría de doler. Solo por un instante.

Se giró hacía Pablo y respiró un poco mejor.

Su mano izquierda le acarició la nuca.

  • Y, ¿cómo es que has dormido mal?

Tras formular la pregunta, miró por la ventana.

Pablo carraspeó y le volvió a poner la mano en la rodilla.

Esta vez no se retiró.

  • No sé… estaba un poco inquieto. Tenía ganas de verte.

Elena giró la vista hacía él. Había en sus ojos una expresión de cariño contenido.

Le tocó la cara suavemente mientras él seguía conduciendo.

Pablo tembló por dentro un instante.

En cuanto llegaron al lugar de destino y el coche estuvo parado, él se abalanzó suavemente sobre ella para besarla.

Un pequeño acto reflejo de Elena le hizo retroceder.

Luego sonrió ligeramente.

  • ¡Ay! Me he dado un susto.

Soltó una risa nerviosa y lo besó. Él quiso alargar aquella unión, pero ella insistió en salir del coche. Se reía, algo incómoda, mientras se lo decía.

Cuando bajaron del vehículo, cogieron las mochilas y se pusieron en marcha. Mientras caminaban, Elena movía las manos en el aire. Le contaba, airada, los problemas que le habían surgido en el trabajo.

Esa presión interna se había suavizado un poco desde que había llegado a la cita.

De repente, Pablo se paró en seco.

  • Mierda, me he dejado la botella de agua en el coche.

Elena dio un respingo.

Un recuerdo acudió, raudo, a su mente.

Una botella de agua olvidada. Otra compañía.

Una fuerte náusea subió por su garganta. Ese peso se hacía más grande cada segundo. Tosió y se agachó.

  • ¿Estás bien, Elena?

Ella hizo un gesto como para quitarle importancia.

  • Si, es solo que me ha dado la tos. Ahora se me pasa.

Pablo la miro. Le tendió una mano para ayudarla a levantarse. Ella se levantó sola.

Elena quedó paralizada un instante tras de erguirse. Respiró hondo y volvió a recordar.

  • Solo amigos. Esto no va a volver a ocurrir.

La voz de Manu retumbaba en su mente. Podía escucharlo decir aquellas palabras y ver su mirada mientras se lo decía.

No quiso volver a hacer caso a aquel temblor en sus manos mientras escuchaba aquel pensamiento.

Solo. Amigos.

Elena negó con la cabeza mientras seguía caminando tras Pablo. Estaban en un paso estrecho por el que tenían que ir uno detrás del otro.

Miró su espalda. Era más grande que la de Manu. Sus brazos eran más fuertes y su pelo más abundante.

Y de repente se vio a si misma desde fuera.

En el monte. Un jueves cualquiera. Haciendo una excursión y caminando.

Simplemente.

El problema no era el plan.

Tras caminar unos cuantos kilómetros, llegaron casi hasta la cima.

Elena tenía las mejillas encendidas por el esfuerzo Pablo reconocía que aquello había sido más duro de lo que se imaginaba.

  • ¿Descansamos un poco, corazón?
  • Claro, preciosa. Mira, en esta piedra, por ejemplo.

Pablo le señaló una roca grande donde podían sentarse los dos.

La tomó de la mano y empezó a jugar con sus dedos.

Ella lo miró y sonrió cálidamente.

Algo se abrió dentro de ella.

Un rayo de luz que parecía iluminar sus sombras.

Tal vez aquello si podía ser un nuevo comienzo.

Pablo apoyó su hombro sobre el de ella. Notó como la cabeza de Elena descansaba ligeramente sobre la suya.

Aquello lo hizo sonreír.

Ella le acariciaba el cabello. Él hacía unos sonidos suaves indicando que le gustaba aquello.

Estuvieron un rato así. Sin decir nada. De repente, Pablo soltó el aire y, junto a él, unas palabras que hacía horas que quería pronunciar.

  • He visto que subiste una foto con Manu a tu Instagram.

El cuerpo de Elena se tensó ligeramente.

Un respingo y un pequeño saltito de incomodidad fueron suficientes para que el nudo del estómago se volviera a tensar.

Mil pensamientos se arremolinaron en su mente nada más decir aquella frase.

Tras unos segundos que parecieron horas, ella contestó:

  • Si… estuvimos tomando algo. Me contó que estaba preocupado por su padre. Estuvimos un ratito.
  • ¿Le has hablado de mi? – la pregunta de Pablo sonó repentina, como un balazo.

Elena puso una expresión de sorpresa.

Se quedó en silencio. Pensativa.

  • Pues… Si, claro.

Pablo no la miraba. Solo movía las rodillas nervioso de arriba abajo.

  • Y… ¿qué le has contado?

Elena le puso suavemente su mano sobre la pierna de él. Lo cogió de la barbilla para obligarlo a mirarla.

Lo besó.

  • Le he contado que… no estamos conociendo. Él también queda con otra chica. Somos… solo amigos.

Elena tuvo que contener la risa. No entendía porque le entraban ganas de reírse con aquella frase.

Aunque en el fondo, si lo sabía.

  • Le has contado que… vamos enserio. Supongo.

Pablo no quería que sus preguntas sonaran a interrogatorio ni a control. Era solo que, necesitaba quitarse aquella presión de su interior.

Elena volvió a besarle. Esta vez más despacio.

Mientras sentía sus labios junto a los de ella, la presión volvió.

No podía contarle quien era Manu para ella.

Pero tampoco podía ignorarlo.

Solo necesitaba cerrar el pasado.

Exactamente lo que había hecho el día anterior.

¿Había cerrado el pasado?

Abrazó fuertemente a Pablo y escuchó su corazón sereno latir. Quería amarrarse a aquella idea. A aquel hombre.

Pablo le devolvió el abrazo.

Se miraron. Por fuera ambos sonreían.

Por dentro, algo les pesaba.

Ninguno de los dos sabía del vacío del otro.

Tan solo pudieron intentar llenarse con palabras que ninguno creía del todo.

Pero era mejor eso antes que el vértigo de volver a estar solos.


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