Sábado por la tarde
Elena oyó la puerta cerrarse. La casa quedó totalmente en silencio. Ella estaba de pie, en medio del pasillo. Vestida. Calzada. Preparada para salir a la calle. En realidad no tenía que ir a ningún lugar.
Se quedó mirando a la puerta. Como si pudiera hacer que se abriera de nuevo y que Manu volviera a aparecer. Corriendo, se fue a la habitación. Miró por la ventana y le volvió a ver. Sus pasos eran lentos y pesados. Estaba cabizbajo y con las manos en los bolsillos.
Abrió el coche y se sentó en el asiento del conductor. Elevó la mirada y la vio mirándole por la ventana. Se quedaron así unos segundos que parecieron horas. Ella se escondió como una niña a la que habáin pillado haciendo una trastada.
El motor se encendió y él se fue. Una sensación pesada la invadió. Aquella última conversación. Esa lágrima que él vio. Elena no necesitó más datos para saber que algo se había roto entre los dos. Otra vez. La cuestión es si esta vez tenía arreglo o no.
Se dirigió despacio hacia la cocina y dejó el móvil sobre la mesa. Se sentó y se quedó mirando al vacío. Se quedó pensando en la última frase que él le había dicho:
- No todo lo que merece la pena en la vida es posible, Elena.
Sabía perfectamente a qué se refería. Y eso era precisamente lo que más le dolía. Dio un fuerte golpe en la mesa y masculló un «joder». Las lágrimas que llevaba minutos intentando frenar le invadieron los ojos. Cayeron por su rostro y le nublaron la visión.
Aquella noche soñó con Manu. Con una noria al lado del paseo, unos churros y un chocolate caliente. Con un móvil, un mensaje de buenos días. Con no ser un secreto para el resto del mundo.
Domingo por la mañana
Despertó. Y lo primero que vio fue el techo de la habitación. Estaba tumbada hacia arriba. La boca seca y los ojos hinchados revelaban el llanto de la noche anterior. Su interior estaba cubierto por un vacío negro y profundo. Un vértigo que Manu la había acostumbrado a sentir.
Se lavó las manos mientras se miraba al espejo despacio. Unos ojos tristes y unas profundas ojeras le devolvieron la mirada. Se secó la cara y se giró hacia la habitación. Cogió el móvil y revisó los mensajes sin leer. Nada. Ninguno de Manu.
Observó varios mensajes recibidos. Uno era de su amiga Paula. Habían quedado aquel día para ver una película en su casa. Casi se le olvida. Confirmó la cita. Necesitaba estar con alguien. Poder hablar de aquello, o al menos no sentirse tan sola. Otro era de Pablo. Lo dejó sin leer.
Una café y una tostada fue lo que le sirvió de alimento aquella mañana. El sol entraba por la estancia. Los nervios reflejados en un ligero temblor de manos. Apenas podía controlarlos. Volvió a la habitación. Cogió otra vez el teléfono y volvió a revisar la conversación. Envió un mensaje. A Manu.
- Buenos días, ¿cómo has dormido?
Tras escribirle, tiró el dispositivo en la cama. Asqueada por tanta ansiedad. Se repetía a si misma el motivo por el que aquel chico la tenía tan enganchada. No debería importarle tanto. Y menos teniendo a Pablo en su vida.
De repente, una sensación de culpabilidad recorrió su vientre. Era como una náusea. Pablo. Aunque aun no tenían un compromiso formal, sabía que lo que hizo el día anterior no fue correcto. Tampoco toda la semana de mensajes, ilusión y juego entre Manu y ella.
¿Qué diablos está haciendo con su vida? Una sensación de confusión en su cabeza. No era aquel el momento de pensar en ello. Se vistió rápidamente con las mallas y el top deportivo. Se miró al espejo. Aquella vestimenta resaltaba sus curvas. Los hombres la observaban por la calle cuando ella iba a andar. Eso la hacía sentir un poco menos mal. Al menos, la miraban.
Cuando salió a la calle, los rayos calentaron su cara. Al pasar por el aparcamiento de su barrio se giró hacia la derecha. Recordó el coche de Manu allí aparcado. Hacía tan solo unas horas. Parecían meses. En un movimiento impulsivo, cambió de dirección.
Sus pasos eran enérgicos, fuertes. Casi con rabia contenida. Iba caminando deprisa y llenando sus pulmones de aire fresco. Quería cansarse, agotarse. No sentir y caer aquella noche en la cama sin tener que pensar demasiado. Estaba escuchando una canción que tenía un ritmo rápido. Eso la motivaba para caminar aun mas rápido.
Desbloqueó entonces el móvil para cambiar de canción. En un gesto reflejo, abrió de nuevo la aplicación de mensajería. Un «ok» de su amiga. Otro mensaje de Pablo. Le preguntaba cómo estaba. Le recordaba su cita del día siguiente. No había respuesta de Manu. Ni siquiera había leído el mensaje.
Cerró la aplicación y pospuso, una vez más, la respuesta a Pablo. No sabía si quería verle o no. Una ligera calidez dentro de si le hizo pensar en él. La culpa se comió aquella luz que se acababa de despertar en ella.
Era consciente de que no estaba actuando bien con aquel hombre que tan bien la trataba. Que tal vez debería decirle que no podía seguir conociéndole.
Pero también reconocía que Pablo era su lugar de calma. Alguien con quien contar. Entonces, le respondió.
- Hola. Estoy en la calle. He salido a andar que esta noche no he descansado muy bien. Si, mañana nos vemos.
La respuesta de Pablo fue inmediata.
- Claro preciosa. ¿Qué te ha pasado para que hayas descansado tan mal? ¿Acaso tenías ganas de verme de nuevo?
Un gesto de ligero desprecio apareció en la cara de Elena. No era contra él. Volvió a dejar aquel mensaje sin respuesta y llegó a casa. Se duchó con un agua más caliente de lo normal y, cuando salió, miró otra vez la cama. Aquella donde el día anterior había hecho el amor con Manu. Varias veces.
El mensaje que le había enviado por la mañana seguía ahí. Sin contestación. Como un testigo mudo de que el distanciamiento ya había comenzado. Elena no sabía si tenía fuerzas para volver a soportar aquel comportamiento de nuevo.
Domingo por la tarde
Elena se sentó en la mesa de la cocina. Se levantó. Abrió la nevera y la cerró de nuevo. Se volvió a sentar. Finalmente, abrió el armario que tenía al lado y cogió cuatro onzas de chocolate. Se las comió con ansia. Tal vez necesitaría otras cuatro. O media tableta.
Salió al balcón. Eran ya las cuatro y en menos de media hora había quedado con Paula. Ella vivía tan solo a 10 minutos andando de su casa. Miró el reloj. Puso la televisión pero no escuchaba más que ruido de fondo. El móvil vibró y ella se levantó de un salto. Cogió el dispositivo tan rápido que casi se le resbaló de las manos.
Era Paula. Le había enviado un meme gracioso de los que tanto les gustaban a ellas. Lo vio pero ni siquiera le hizo gracia.
Volvió a consultar la hora. Quedaban veinte minutos para la cita. Decidió salir de casa e ir caminando a paso tranquilo. En cuanto puso un pie en la calle, la velocidad de sus pasos hizo que llegara en menos tiempo del que pensaba. Se quedó sentada en las escaleras del portal.
Encendió la pantalla del móvil y abrió Instagram. Un story de Manu. Unos patines y una cerveza. No se dio cuenta de lo mucho que estaba apretando la mandíbula hasta que apareció un vecino que la saludó.
Estaba apretando el móvil y notó sus hombros tensos. Había salido a patinar. Con ella. Christine. Se mordió el labio tan fuerte que se hizo daño. Tenía ganas de gritar. De salir corriendo y ponerse a dar patadas al viento. Recordó entonces que, detrás del edificio, había un pequeño descampado.
Dio la vuelta al edificio y cogió una piedra que tenía cerca y la apretó fuerte. La tiró todo lo lejos que pudo a la vez que pronunciaba un improperio.
Miró a su alrededor y se cercioró de que estaba sola. Pegó un par de saltos enérgicos y volvió a tirar otra piedra. Un palo ahora. Pegó dos manotazos fuertes a la pared. Era rabia no se evaporaba. La devoraba aun más por dentro. Como una jarra que se desbordaba. La mandibula le temblaba y castañeteaba los dientes de delante a atras.
- ¡¡Elena!! ¿Qué estás haciendo?
Su amiga Paula se dirigía hacia ella con cara de preocupada. No hizo falta decir nada. Ella giró la cara y negó con la cabeza. Se abrazaron.
- Otra vez. Se ha vuelto a ir. Otra puta vez.
Las dos amigas permanecieron así unos minutos. Elena había empezado a llorar y Paula le acariciaba la cabeza lentamente.
Cuando se separaron, le mostró a su amiga el story de Instagram.
- Está con ella. Ayer pasó un día precioso conmigo, comimos, estuvo en mi casa. Y después de acostarnos me suelta una frase sensiblona y se pira. Y hoy está CON ELLA…
Elena daba vueltas y movía los brazos en el aire. Hablaba alto. Demasiado. Lloraba y negaba con la cabeza. Paula la abrazó por la espalda y la contuvo. Cogió su móvil de las manos y la llevó, cuidadosamente, a su casa.
Subieron en el ascensor en silencio. Cuando llegaron a la casa, se sirvieron dos cafés. En la mesa de la cocina, Paula encendió una barra de incienso.
Elena se quedó mirando fijamente como aquel material se consumía y el humo se elevaba al techo. Deseo, por un instante, ser tan ligera como aquel vapor. Elevarse y dejar de tener aquella pesadez en el pecho.
Cogió su móvil y le sacó una fotografía.
Lunes por la tarde. Manu
Manu estaba caminando a la par con Christine. Ambos habían quedado aquella tarde para dar una vuelta y tomar algo. Él se sentía cansado, pesado. No había descansado bien. Su móvil silenciado reposa en su bolsillo. Le queda poca batería.
Se sentaron en una terraza tras un ligero paseo. Habían estado la mayor parte del tiempo en silencio. Un silencio que solo ha sido roto para intercambiarse cuatro frases sencillas sobre cómo había ido el fin de semana.
- ¿Qué quieres tomar? – Christine señala la mesa vacía mientras mira a Manu. Se dispone a ir a la barra a pedir las consumiciones.
- Pues, lo de siempre. Una birra.
Christine asintió y levantó el pulgar hacia arriba en señal de entendimiento. Mientras la veía alejarse, aprovechó el 10% que le quedaba de batería para abrir Instagram. Nada más iniciar la aplicación, una fotografía le llamó la atención. Era de Elena. Estaba publicada solo para «mejores amigos».
Un quemador con una barra de incienso prendida. La imagen venía acompañada de un texto.
«La decepción que me llevé contigo es igual a abrir un hermoso regalo y que cuando le quites el envoltorio no haya nada dentro».
Algo le pinchó por dentro cuando leyó aquel texto. Sabía a qué se refería Elena con «decepción». Pero sobre todo sabía a quién estaba dirigido.
Christine apareció a su espalda y le acercó la botella a su cuello. Era una broma que hizo que Manu diera un respingo. Se giró molesto.
- ¿Qué haces?
La sonrisa se borró de la cara de Christine al momento. Le miró extrañada. Aquellas bromas solían tener un efecto positivo en él.
- Bueno, no es para tanto, chico. Solo un poco de frescor. Así levantas la cabeza del móvil. A ver… – se asomó para ver la pantalla de Manu. Vio la imagen del quemador -. Mmm me encanta el incienso. Me da mucha paz. La ha subido tu amiga Elena ¿no?
- Ajá
- Pues cuando hables con ella pregúntale a ver donde ha comprado ese quemador. Me super encanta.
- Si. Ya se lo preguntaré.
Christine se quedó mirando a Manu un instante. Con una ligera sonrisa de suficiencia. Luego desvió la mirada y se dejó caer sobre la silla.
- Me parece que me voy a quedar sin saber donde compró el quemador.
- ¿Qué? – Manu por fin levantó la mirada del móvil.
- Pareces distraído. Cansado.
- Ya bueno. Será que no he descansado bien.
La chica tomó un trago largo y volvió a desviar la mirada. Sabía que a su amigo le ocurría algo y sospechaba que era por Elena. No tenía demasiadas ganas de entrar en una conversación profunda pero reconocía cierta culpabilidad por no haber estado a la altura el otro día. Suspiró como intentando reunir valor.
- El sábado habías quedado con Elena, ¿no? ¿Fue todo bien?
Manu se quedó en silencio. Agachó la mirada y sus rodillas comenzaron a moverse nerviosas. Christine entonces confirmó sus sospechas.
- Pues… no se. Iba todo bien, como amigos. Pero no se qué pasó, qué hice… la cague.
- ¿Cómo que la cagaste? ¿A qué te refieres?
Manu cogió aire y lo soltó lentamente. Él también se recostó en la silla y abrió las piernas. Miró al cielo y soltó lo que estaba pensando:
- Es que Elena es… demasiado intensa, joder. ¿Por qué no podemos ser simplemente buenos amigos, pasarlo bien, estar ahí para el otro pero… sin complicaciones? Ella es muy profunda. A veces se me hace dificil tanta emoción.
Christine lo miró de nuevo. Fijamente. Con un gesto sereno sonrió y le puso la mano en el brazo.
- Y precisamente esa intensidad es la que tanto te atrae.
Lunes por la tarde. Elena
Mientras esperaba a que Pablo bajara de casa, Elena abrió Instagram. Eligió con cuidado una de las fotos del palo de incienso. Le puso un filtro en blanco y negro y la canción de Hello de Adele.
El texto que acompañaba a la imagen había sido seleccionado con toda la intención:
«La decepción que me llevé contigo es igual a abrir un hermoso regalo y que cuando le quites el envoltorio no haya nada dentro».
La publicó sin pensar. Aunque antes de eso se encargó de ponerla en «mejores amigos». No quería que Pablo la viera.
En cuanto la publicó bloqueó el móvil. Levantó la vista y ahí estaba él. Con la sonrisa tranquila y caminando con toda la intención hacia ella. La saludó desde el otro lado de la carretera y en todo el trayecto no le quitó los ojos de encima.
Un suspiro de alivió tranquilizó a Elena. Ahora podía sentirse contenida aunque fuera con una excusa. Podía decirle que había estado muy estresada en el trabajo y se sentía nerviosa. Tampoco era ninguna mentira. Pero tampoco la verdad completa.
En cuanto tuvo delante a Pablo, lo abrazó con ganas. Él respiró tranquilo y la rodeó con sus brazos.
- Te he echado de menos, nena.
Pablo le guiñó un ojo. Posó su mano derecha en su cara y le dio un suave beso. Aquel día iban a ir a dar un paseo y a tomar algo. Un plan simple pero completo. Pablo había insistido en llevarla a un bar recién abierto que estaba a veinte minutos andando de allí. Le dijo que iba a merecer la pena la caminata.
- Y yo a ti – Elena le devolvió el beso y lo rodeó por el cuello con sus brazos – oye, ya se que te dije que podíamos ir a ese bar pero… estoy agotada. Prefiero que nos quedemos por aquí. Si te parece bien.
- Claro que si, princesa pero cuéntame ¿Qué es lo que te pasa?
Ambos se quedaron así un rato. Abrazados y mirándose. Se besaban. Él la observó un instante: tenia cara de cansada y sus ojeras indicaban que aquella noche tampoco había descansado como debería. Desde hacía algunos días Elena estaba bastante cansada. Y eso a él le preocupaba. Muchísimo.
Un ligero pinchazo apareció en su pecho. Recordó fugazmente la foto con Manu de hacía unos días. También se acordó de lo que Elena le contó: que Manu y ella habían estado conociéndose durante un tiempo y que, finalmente, todo había acabado. ¿Todo había terminado? No estaba seguro.
- He estado algo estresada con el trabajo. Ya sabes. Mucha carga de curro y pocos medios. Estamos hasta arriba.
- Ya…
Pablo se separó de ella y empezó a caminar a unos metros de ella. Elena se percató de aquella distancia y fue hacia él. Lo agarró de una mano y la apretó cariñosamente a la vez que le sonreía.
Cuando Elena estuvo a la par de él, la abrazó mientras caminaban juntos. Sin hablar. Suspiró y miró hacia el frente. De repente, aquel silencio se rompió:
- ¿Sabes qué? Ayer les hablé de ti a mis amigos.
Elena se paró en seco y se quedó mirando a Pablo con una ligera mirada de sorpresa. Sonrió. Aquel hombre había hablado de ella. Había pronunciado su nombre y sus amigos conocían de su existencia. Manu jamás habría hecho eso.
No hizo falta decir nada más. Lo abrazó y junto con ese abrazó sintió su interior limpiándose de toda incertidumbre. Suspiró y supo que quería intentarlo. Deseaba poder escoger aquel amor sereno que Pablo le ofrecía.
Unos minutos después, se sentaron en una terraza. A cada instante que pasaba Elena tenía más clara su decisión. Tan solo necesitaba quedarse un instante a solas.
Cuando Pablo fue a la barra a pedir las consumiciones, desbloqueó el móvil. Entró al chat de Manu. El mensaje que le había enviado el día anterior seguía sin leerse. Escribió. Borró. Dudó. Pero al final, se decidió:
- Lo siento Manu. Esto no puede seguir así. Prefiero que lo nuestro se quede aquí. Te deseo lo mejor.
Borró la conversación y volvió a bloquear el móvil. Una extraña tranquilidad invadió su pecho cuando vio salir a Pablo con dos cafés y una sonrisa.


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