Sábado por la mañana
Elena se miró nerviosa al espejo. Se alisó el vestido por tercera vez. Llevaba el pelo ondulado, los ojos perfilados y los labios ligeramente pintados de rosa.
Miró el reloj y vio que eran las 11.50. Rebuscó tras la montaña de ropa tirada sobre la cama. Al fondo, encontró el bolso.
Metió los pies en las botas y se tropezó ligeramente al subirse la cremallera de los zapatos. Cogió las llaves y salió de casa.
Al llegar a su portal, Manu ya había llegado. Lo vio dando vueltas en círculos y con las manos en los bolsillos. Estaba absorto mirando el suelo.
- ¡Anda! Veo que tengo un chófer a domicilio.
Manu levantó la vista y sonrió cuando la vio. La levantó del suelo rodeándola por la cintura. Ella se rio, divertida. Cuando la dejó de nuevo en el suelo, Elena seguía demasiado cerca. Durante un segundo ninguno de los dos se movió.
- Me vas a crujir toda la espalda, eh. Igual es lo que necesito para descontracturar.
Manu volvió a rodearla en sus brazos y la elevó en el aire. La espalda de Elena, efectivamente, crujió. Ella soltó un ruido de alivio.
Justo después, le dio un beso en la mejilla. Dispuesta a cumplir su pacto de «solo amigos».
- Venga, vamos. Se me ocurre donde podremos encontrar un sitio para comer fácilmente.
Durante el trayecto en el coche, Manu le puso al día sobre la situación de sus padres. Le contó que su hermana ya se había ido, que su padre estaba mejor. Había ido al médico hacía un par de días y le habían recetado nueva medicación.
Elena le acariciaba la nuca mientras el chico hablaba. Ella lo escuchó mientras lo miraba, sonriendo. Manu dejó de hablar un momento, como si aquel gesto lo hubiera distraído.
Aparcaron en un parking y salieron por el ascensor. Durante unos segundos el ascensor descendió en silencio. Elena se dio cuenta de que estaba demasiado cerca de él.
Manu carraspeó y miró al suelo. Ella se rio, con cierta incomodidad.
Al poco de salir a la calle, vieron una pizzería. Eran las 12.45 pero los dos estaban hambrientos. Decidieron entrar.
El local tenía un aspecto un tanto decrépito. Era un restaurante que tenía muchos años pero buena fama. Elena y Manu bromearon. Ella observó el local y dijo:
- Mira, teníamos pensado ir al restaurante Carne y Leña y estamos en Pizzería Paquito. Desde luego, se nos da genial hacer planes.
Ambos se rieron. Tras mirar la carta, se decidieron por dos: barbacoa y Margarita.
No tardaron en traer la comida. Elena cogió una porción de pizza y el queso se quedó tirante. Ella lo comió como pudo y Manu la miró, divertido.
- ¡Que se te cae el queso!
Tras comer las primeras porciones, Manu se levantó y cambió de silla para sentarse a su lado.
—Ven, te enseño esto mejor —dijo.
Quería enseñarle el nuevo proyecto que estaba haciendo. La maquetación y el diseño de un libro que iba a publicar una amiga suya.
Elena notó su rodilla rozar la suya. Sus cabezas se juntaron un poco más de lo debido mientras veían el proyecto de Manu, en su teléfono.
Sus pulgares se tocaron sin darse cuenta. Ninguno de los dos apartó la mano. Manu siguió hablando, aunque ya no miraba la pantalla.
Elena también quería hacerle partícipe de su vida. Le contó, irritada, todo el trabajo que estaban teniendo y que le gustaría tener un mes entero de vacaciones.
En un momento dado, Manu la miró y, con una sonrisa de resignación, le dijo:
- Imagino que te están sacando a despejarte. Después de tanto trabajo.
Ninguno de los dos mencionó el nombre de Pablo.
- Si, bueno. Estoy haciendo planes chulos, la verdad. Me miman y… se me trata bien.
Manu asintió lentamente. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Hasta que el silencio fue interrumpido por el postre.
Elena y Manu caminaban a la par por un paseo. Se observaba el rio desde allí. Montones de piedras en la orilla llamaron la atención de Elena. Se apoyó en la barandilla y se quedó mirando.
- ¿Sabes que dicen? Que las piedras retienen la energía de los lugares. Si te llevas una a casa, también te llevas la energía de ese sitio.
Manu se quedó mirando a su amiga un instante. Tenía una expresión divertida en el rostro. Se empezó a reír mientras la rodeaba con el brazo.
- Madre mia Elenita, que intensa en mi niña.
Le dio un sonoro beso en la mejilla. Elena giró la cara y se miraron. Se quedaron así unos segundos. Al momento, ella también estalló en carcajadas.
- Ya bueno. Tengo alma sensible, que quieres. Es lo que te vino en el pack de amiga. ¡Por cierto, mira lo que te he traído!
Elena sacó del bolso una sencilla pulsera de hilo blanco. Era una trenza atada con una cuerda. Elena tomó su muñeca y le ató la pulsera con cuidado. Sus dedos rozaron la piel de Manu.
Él no retiró la mano.
- Para ti. Dicen que trae buena suerte.
- ¿Ah si? ¿Y quién lo dice?
Elena soltó una carcajada y le apretó fuerte la pulsera a Manu. A continuación, añadió burlona:
- Lo digo yo. Y punto.
Los dos negaron con la cabeza mientras seguían riéndose.
Se sentaron en un banco. Elena empezó a tocarse el tobillo. Tenía una pequeña lesión. Manu se inclinó ligeramente para mirar la zona. Sus dedos rozaron la piel alrededor de la herida.
- No puedo caminar mucho. Fui muy bruta el otro día cuando fui a andar y me hice daño.
- ¡Ay! Si es que no se te puede dejar sola…
Ella se encogió de hombros y puso una cara fingida de inocencia. Manu se quedó pensativo.
- Pues, nos queda mucha tarde por delante. Tendremos que pensar que hacemos ahora. Algo que no requiera de mucho esfuerzo…
- ¿Y si vemos una peli?
- ¿Dónde? – preguntó Manu, intentando sonar natural.
Elena lo miró fijamente. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Después, añadió despacio:
- En mi casa.
El ascensor se cerró y Manu y Elena se quedaron mirando por un segundo. Después, todo fue demasiado rápido.
Él la besó rápido y ella correspondió a ese beso con hambre. Lo rodeó con los brazos mientras le tocaba la cara.
La lengua de Manu recorrió el cuello de Elena. Ésta soltó un pequeño gemido de placer. Se abrieron los abrigos y las manos empezaron a tocar el cuerpo del otro. De manera visceral. Casi desesperada.
Pararon durante un segundo antes de entrar en casa de Elena. Ella sacó las llaves del bolso. Su móvil se cayó al suelo y al ir a recuperarlo vio una llamada perdida de Pablo.
Se quedó mirando la pantalla por un segundo. Manu la rodeó de nuevo por la cintura y la beso. Le mordió el labio y le susurró algo al oído. Ella sintió un pequeño pinchazo en el vientre mientras su amigo la besaba de nuevo.
Por un momento se quedó congelada.
La cara de Pablo le vino a la cabeza. En un último intento de sostener a la razón, se apartó de Manu con la excusa de buscar las llaves.
Abrió la puerta de casa mientras aquella sensación de malestar iba en aumento. Necesitaba respirar. Fue directa al baño y le dijo a Manu que la esperara en la sala, que fuera decidiendo qué película iban a ver.
Él la miró divertido aunque con una leve expresión de extrañeza.
Elena entró al baño y se echó agua fría en la cara. Al otro lado, Manu le decía en voz alta que había encontrado una canción que estaba escuchando en bucle. Le preguntó si quería que la pusiera para que bailaran un poco.
Elena le dijo que si desde el baño. Cuando la canción de Gabriella empezó a sonar, ella se quedó mirando a teléfono un segundo.
Vio el nombre de Pablo en la pantalla. La canción seguía sonando al otro lado de la puerta.
Un destello de rabia apareció en su interior. Recordó el gesto de Pablo en el coche, apartándole el móvil. Lo suficiente para que Elena saliera del baño y comenzara a besar de nuevo a Manu.
Sábado por la tarde
El silencio que quedó después era extraño.
La habitación está en calma. Las sábanas arrugadas, la luz suave de la tarde entrando por la ventana. Manu estaba recostado boca arriba y Elena apoyada sobre su pecho, con el brazo de él rodeándola de forma natural, como si llevaran haciéndolo toda la vida.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Manu miró al frente, perdido en algún pensamiento.
Entonces habló, casi como si estuviera pensando en voz alta.
- Pablo existe en tu vida.
No era una pregunta.
Elena levantó la cabeza lentamente y lo miró. Sus dedos se deslizaron por la mandíbula de Manu, acariciándola con suavidad. Suspiró.
- Sí… —dijo con una leve sonrisa cansada—. Está en mi vida. Pero no sé si seguirá estando.
Manu bajó la mirada hacia ella.
- ¿Tú quieres que siga en tu vida?
Elena apartó los ojos. Su mano dejó de moverse.
- ¿Y qué más da eso ahora?
Se encogió ligeramente de hombros.
- Da igual que esté o no esté. Yo ya me lo he cargado.
Había algo de culpa en su voz.
- Ya sabes cómo soy. Al final siempre termino estropeándolo todo… mi matrimonio, mi vida… —suspiró—. Todo.
Manu permaneció en silencio unos segundos. Luego habló con calma.
- Te lo cargaste conmigo, ¿verdad?
Elena lo miró.
- El día que me hablaste de él otra vez. Cuando nos acostamos de nuevo —continuó Manu—. Al día siguiente ibais a quedar para ir al monte.
Elena cerró los ojos un instante y vuelve a suspirar, más profundo esta vez.
- Míranos. Estamos desnudos, en mi cama. Dijimos que no íbamos a volver a acostarnos y aquí seguimos. Ya da igual, Manu. De verdad. Olvídalo.
Se giró un poco sobre él.
- Siempre me cargo las cosas valiosas.
Manu frunció ligeramente el ceño.
- ¿Tienes claro que él es valioso para ti?
Elena tardó en responder.
Lo miró despacio. Sus dedos volvieron a subir hasta su cara y se detuvieron en su mejilla. La acarició con una ternura casi involuntaria.
- No lo sé —dijo al fin—. No tengo casi nada claro en mi vida ahora mismo.
Hizo una pequeña pausa.
- Lo único que tengo claro es una cosa.
Sus ojos se quedaron clavados en los de Manu.
No lo dijo en voz alta.
Pero su gesto, su mirada, la forma en que lo tocaba… lo decían todo.
Manu la sostuvo con la mirada.
- Sí —murmuró al cabo de unos segundos—. Yo también tengo algo bastante claro.
La pausa que siguió fue larga.
- Pero tenerlo claro no significa que puedas dar un paso al frente.
Elena se separó de él de golpe, como si algo la hubiera empujado.
- Ah… claro.
Se sentó en la cama y empezó a buscar su ropa.
- Porque aunque tengas las cosas claras… —dijo con un tono irónico que apenas disimulaba el resentimiento— hay veces que no se puede, ¿no?
Manu se incorporó un poco, apoyándose en los codos.
- Sí, Elena.
La miró con una mezcla de tristeza y honestidad.
- A veces quieres algo con todas tus fuerzas… y aun así no puedes.
Ella no respondió.
Se levantó y empezó a vestirse con movimientos rápidos, casi bruscos. Evitó mirarlo.
Cuando terminó de ponerse el vestido, se sentó en el borde de la cama para ponerse los zapatos. Sus manos se movían con cierta torpeza.
Miró el reloj.
- Son las ocho menos cuarto.
Se aclaró la voz.
- Tengo que hacer unos recados.
Manu la observó.
- Recados. Ahora. Claro.
Elena asientió sin mirarlo.
- Sí.
Hizo un gesto vago con la mano.
- Es algo muy importante.
Se inclinó para terminar de ponerse el zapato.
Manu se levantó de la cama. Caminó despacio hasta ella. Elena seguía concentrada en el zapato, como si fuera lo único que existiera en el mundo.
Entonces sintió las manos de Manu acercarse. Se colocó frente a ella y, con cuidado, le tomó la barbilla entre los dedos.
Le levantó la cabeza suavemente para obligarla a mirarlo. Los ojos de Elena estaban brillantes.
Manu se quedó mirándola unos segundos, como si quisiera grabarse ese momento en la memoria.
Luego dijo en voz baja:
- No todo lo que vale la pena en esta vida termina saliendo bien.
El mentón de Elena tembló. Sus labios se aprietaron ligeramente mientras intentaba contener la emoción, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
La tristeza apareció en su rostro sin que pudiera evitarlo. Manu lo vio. Sabía exactamente lo que significaba.
Elena bajó la mirada un instante, vencida. Entonces se levantó y lo abrazó. Con todas sus fuerzas. Como si deseara retenerlo allí para siempre.
Manu cerró los ojos y la rodeó con los brazos, apretándola contra él. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Solo se sostenían.
Cuando se separaron un poco, Manu acarició su cara con una ternura que casi dolía. Y entonces la vio.
Una lágrima cayó despacio por la mejilla de Elena.
Manu se quedó inmóvil.
Algo dentro de él se hundió.
En ese instante lo entiendío con una claridad brutal. Elena estaba cayendo de verdad en aquello. Y él… él no tenía nada que darle.
Solo encuentros a medias.
Solo dudas.
Solo miedo.
Y de pronto se vio a sí mismo desde fuera.
Un hombre que entraba en su vida, la removía por completo…
y después no era capaz de quedarse.
Un egoísta.
Cerró los ojos un segundo.
Si seguían así, Elena iba a perder cosas importantes por él.
Y él ni siquiera sabía si sería capaz de elegirla. Por mucho que le temblaran el alma y las manos cuando estaba con ella.
Cuando volvió a abrir los ojos, la abrazó otra vez. Más despacio. Más fuerte.
Como si intentara guardar ese momento en algún lugar.
Luego se separó lo justo para mirarla. Sus ojos recorrieron su cara un instante. Y entonces la besó con suavidad.
El mentón de Elena volvió a temblar.
Manu la observó unos segundos más. Después apoyó la frente en la suya, muy suavemente.
- Tengo que irme Elena.
Elena no respondió. Solo lo miró un instante más, como si intentara memorizar su cara. Y lo último que vio fue a Manu saliendo por la puerta. Sin girarse.


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