Semana 1. Manu («Te refugiarás en mi tormenta» capítulo 12)

5–7 minutos

Lunes por la tarde

Manu estaba concentrado en el ordenador. Había llegado hacía poco de su cita con Christine. Aquella última frase pronunciada por ella aún resonaba en su mente.

Y precisamente esa intensidad es la que tanto te atrae.

En la mesa de al lado, reposaba su móvil boca abajo.

Una notificación rompió el silencio. Desbloqueó la pantalla al instante. Estaba pendiente de los resultados de unas pruebas de su padre.

Al instante lo vio. Mensaje de Elena.

Lo siento Manu. Esto no puede seguir así. Prefiero que lo nuestro se quede aquí. Te deseo lo mejor.

Manu bloqueó el móvil al momento. Durante unos segundos se quedó quieto mirando la pantalla apagada. Se sentó y siguió trabajando. Después de unos segundos, se levantó. Miró la pantalla de nuevo y releyó el mensaje. Seguía poniendo lo mismo.

Se apoyó en el borde de la mesa y suspiró. Jugueteó un instante con el dispositivo. Miró al techo. Tenía que contestar.

Vale Elena. Me parece bien. Yo también te deseo lo mejor.

Enviar.

Volvió a poner el teléfono boca abajo y volvió a su mesa. Ya tenía terminada la primera versión de un proyecto que tenía que enviar a un cliente. Redactó el correo.

Buenas tardes Pedro,

Adjunto envío el primer boceto del proyecto para el spot comercial «electricidad Chispa».

Te dejo en el archivo un cuestionario donde puedes indicarme las mejoras o cambios a realizar.

Muchas gracias,

Un saludo,

Envió el correo y apagó el ordenador. Cogió el móvil e inició Instagram. Un pequeño peso apareció fugaz en la boca del estómago. Desapareció al momento.

Le llegó una notificación del cliente. Le había contestado al correo. ¡Qué rápido! – pensó extrañado. Abrió el email.

Buenas Manu,

No me has adjuntado nada 😉

Saludos,


Miércoles por la mañana

Manu se despertó con la boca seca. Miró el reloj. Eran las 2.36 de la mañana. Se levantó y fue al baño. Encendió la luz y se miró al espejo. Se tocó la nuca y movió la cabeza de un lado al otro.

Su estómago rugió y decidió ir a la cocina a picar algo. Todo estaba en silencio. Se sentó en una silla y comió un trozo de pan con un chorro de aceite.

Los restos de la cena seguían aun en la mesa. Pizza barbacoa.

En una pequeña esquina, detrás de la radio, algo le llamó la atención. Se acercó y miró con atención. Era la pulsera que le había regalado Elena.

Una pequeña sensación de vértigo apareció en su vientre. Un pensamiento fugaz le trajo la imagen de Elena. Su vestido, la coleta. Sus manos tocaron su nuca y recordó cómo le acariciaba aquella zona en el coche.

Manu se levantó como un resorte. Se mordió el labio. Un hormigueo por sus extremidades le hizo sentir incómodo. Cogió la pulsera. La sostuvo entre los dedos un instante. Después, la guardó en el fondo de su armario.

Respiró hondo y sintió como algo dentro de él se aflojaba. Después volvió a la cama. Cuando estuvo tumbado notó como ese hormigueo volvía a su cuerpo. Se rascó el cuello y se destapó. Un calor repentino invadió su cuerpo.

Cerró los ojos y respiró poniendo las manos en su vientre. Intentó relajarse para volver a dormirse. El mensaje de Elena volvió a su mente. Un pequeño pinchazo en su pecho. Se dio la vuelta y cerró los ojos de nuevo. La risa de su amiga resonó en su cabeza. Fue con lo que soñó aquella noche.


Viernes por la noche

Manu bailaba frente al espejo. Se ajustó la camiseta y se echó perfume. Se había recortado la barba. Guiñó un ojo a su reflejo y sonrió de manera seductora.

Había quedado con Christine para cenar en su casa. Ella llegó puntual. A las 21.00. Ella entró a su casa y Manu la cogió de la mano. La giró y la miró de arriba a abajo. Un pequeño silbido salió de su boca. Christine lo miró extrañada aunque sonriente.

  • Estás demasiado contento para alguien que acaba de romper con la chica que le gusta.

Manu le había enseñado días atrás el mensaje que le había enviado Elena. Nada más leerlo, su amiga le puso una mano sobre su brazo. Una mirada de compasión hizo que él se sintiera algo incómodo.

  • Vaa, pero que no pasa nada ¡eh! Mira, yo también creo que es lo mejor. Ella estará mejor con su Pablito y así, no tengo tanta intensidad encima. Que además con lo de mi padre necesito estar tranquilo.

La reacción de Manu aquel día le había resultado extraña. Una pequeña inquietud apareció en el cuerpo de Christine. No quería sentirse una sustituta.

Miró fijamente a Manu. Estaba en la cocina preparando las hamburguesas que iban a cenar. Se movía ligero por la estancia. Sonreía. Él le devolvió la mirada y le hizo un gesto para que se acercara.

Ella lo abrazó por detrás y respiró cerca de su nuca. Olía muy bien. Lo acarició en aquella zona y él apartó el cuello de ella.

  • ¡Ay! Me haces cosquillas.

Manu se giró entonces y la agarró por la cintura. Le dio un beso suave y luego la tocó en la cara. Se miraron un instante. Ella se relajó. Quería dejarse llevar. Aunque fuera solo aquella noche. Sin que la sombra de Elena estuviera ocupando la habitación.


Los restos de la cena se enfriaban sobre la mesa mientras Manu y Christine conversaban cerca de la encimera. Estaban muy cerca.

Él puso una canción y la agarró de la mano. Bailó con ella. Los pasos eran torpes y poco ensayados pero Christine reía y aplaudía. La atrajo hacia él con más fuerza. Christine respondió al beso, dejándose llevar. La ropa de ambos quedó esparcida por el suelo.

Un rato después, el silencio volvió a la habitación. Los dos estaban tumbados, desnudos. Manu miraba al techo. Sentía una inquietud extraña en el pecho.

Christine se giró y lo abrazó. Él no se movió. Permaneció mirando al techo. El recuerdo de la tarde con Elena volvió de golpe. Sintió aquel último abrazo en su piel. Cualquier otro tacto le molestaba ahora.

Se apartó ligeramente y fue al baño. Al salir, se estiró ligeramente y empezó a vestirse. Estaba en silencio, serio.

  • Buff, estoy cansadísimo. Ha sido una semana de locos.

Christine se incorporó al momento y se sentó en la cama. Empezó a buscar su ropa, esparcida por el suelo. Mientras se vestía, miró a Manu y le agarró del mentón. Permaneció así un segundo.

  • Ha estado bien. Ya me voy, no te preocupes. No hace falta que sigas huyendo.

Christine cruzó la habitación, recogió su bolso. Sin despedirse, se marchó.


Comentarios

Deja un comentario