Miércoles
Los primeros días tras el mensaje transcurrieron en una especie de neblina pesada. Tras el alivio inicial, llegó la caída. Elena sentía un embotamiento espeso, como si hubiera un bloqueo entre su mente y su cuerpo.
En más de una ocasión tuvo que recurrir al paracetamol para aliviar aquel dolor de cabeza sordo que se le había instalado. Tal vez era por no dormir bien. Tal vez por el llanto que la sorprendía algunas noches hasta quedarse dormida.
Había tenido que ponerle una excusa a Pablo para no verle durante aquellos primeros días. Gastroenteritis. Apenas respondía a sus mensajes. Estaba cansada, le decía. Aquel hombre entendió perfectamente su «afección» aunque de vez en cuando le escribía para interesarse por su estado. Incluso quiso acercarse una tarde para cuidarla en su casa. Elena lo rechazó con el pretexto de que aquello podía ser contagioso.
La verdad era mucho más cruda.
A ratos no soportaba la idea de seguir viendo a Pablo. No tras lo que había ocurrido unos días antes. La maravillosa cita con Manu. Todas aquellas palabras, miradas, promesas. ¿Para qué? Para que luego él volviera a alejarse. Como hacía siempre.
No entendía por qué su cuerpo seguía pidiendo más dosis de aquel veneno.
Elena estaba tendida en la cama. Mirando el móvil una vez más. Había llorado por tercera vez aquel día. Eran las 7 de la tarde y no tenía pensado cenar nada. Como llevaba haciendo las últimas noches.
El atardecer empezaba a apagar las luces pero aun así, se puso las mallas, la camiseta deportiva, las zapatillas y salió a caminar. Bajó las escaleras del portal a todo correr. La canción elegida tenía un ritmo acelerado y estaba a un volumen bastante más alto del recomendable.
Necesitaba caminar. Sentía un peso invisible en el pecho. Respirar le costaba. De un momento a otro decidió desviarse de su ruta habitual. Se fue a un paseo que estaba bordeando un rio.
Bajó hasta la orilla. No había nadie. El silencio era tan grande que abrumaba. Empezó a dar vueltas en círculos. Sus manos en la cabeza. Se agarró de la coleta y tiró de ella compulsivamente. Volvió a mirar para ver si veía a alguien. Nadie.
Entonces, dio una patada a las piedras que había allí. El vacío de su interior pareció disminuir un poco. Cogió varios guijarros y los tiró con todas sus fuerzas hacia el agua. Mientras tanto iba maldiciendo en alto a Manu. Su cara, su sonrisa, sus besos aparecían en su mente mientras iba sacando su rabia. Cada piedra que caía en el agua era una palabra que no había podido decirle.
Cuando tiró la última, sintió un dolor punzante en su dedo índice. Se había cortado con la esquina de la piedra. Se miró el dedo, del que empezó a manar sangre. Se quedó observando el corte y se concentró en la molestia palpitante de su extremidad. Cualquier dolor físico era mejor que aquel vacío interior.
Aunque en el fondo sabía bien que, si Manu aparecía en aquel momento, ella correría hacia él. Eso la enfadaba aún más.
Jueves por la mañana
Un mensaje de Pablo la despertó. Eran las 9.30 de la mañana. Aquel día no trabajaba. Era festivo local.
El mensaje era breve.
- ¡Buenos días preciosa! ¿Cómo estás hoy? Te mandaba el mensaje para proponerte un plan chulo para la tarde. ¡Será una sorpresa!
Una náusea repentina le hizo levantarse de golpe. Fue corriendo hasta el baño. Vomito. Solo bilis. Volvió a mirar el mensaje de Pablo. Suspiró y se apoyó en la taza del váter. Quería escribirle. Decirle que se alejara, que se fuera de su lado.
La culpa volvió a retorcerle las tripas. Vomitó de nuevo. Sabía que no debía seguir dando falsas esperanzas a aquel chico. Pero no podía soltarlo. No ahora.
Elena reconocía que se agarraba a los brazos Pablo para no sentir el frío helador de la ausencia de Manu. Necesitaba desesperadamente calor humano para no sucumbir a la tentación de volver a caer en sus brazos.
Por primera vez desde que conocía a Pablo, pensó conscientemente en él. No se había permitido verlo tras la sombra de Manu. Tal vez aquel hombre era lo que ella necesitaba. Que la quisieran bien. Algo sencillo y sin tantas turbulencias.
De repente sintió un pequeño alivio ante aquella negrura. Un rayo de esperanza que le devolvió la sonrisa. Aunque fuera por un instante.
Abrió la aplicación de mensajería y contestó a Pablo. Intentó concentrarse solo en él. En la persona que estaba tras aquel nombre.
- ¡Oh, que emoción! Me encantan las sorpresas. Y más si son tuyas…
La incomodidad volvió a su estómago. Respiró y volvió a retener el rostro de Pablo en su mente. Su sonrisa, su forma de tratarla. Cuando estaba empezando a respirar de nuevo, la cara de Manu apareció como un destello en sus pensamientos.
Elena volvió a sentarse sobre la taza del váter y puso sus manos sobre la cara. Un grito ahogado escapó de su garganta y después llegó el llanto. Cuando por fin se calmó, su estómago rugió pidiendo su dosis de alimento.
Jueves por la tarde
Elena miró sus ojeras en el cristal del portal. Eran profundas y muy marcadas. Parecía que había envejecido cinco años de repente.
Suspiró y tocó el timbre de Pablo. Al otro lado, la voz entusiasmada del chico que le decía que bajaba enseguida.
Pablo apareció con una camisa y unos pantalones vaqueros negros. Bien peinado, con una sonrisa. La miró con preocupación fijamente unos segundos y le acarició el rostro.
- ¿Estás bien? Parece que esa gastroenteritis te ha pegado fuerte, eh
Elena sonrió levemente y miró hacia abajo. Pablo le levantó la cara, sujetándola suavemente del mentón. La besó.
El dolor volvió a retorcerle el estómago. Un retortijón y una náusea. Un recuerdo rápido del beso a Manu. Aquel que habían jurado no volver a darse. Elena retiró la cara rápidamente y bajó la mirada.
- Mejor no me beses mucho, a ver si te voy a contagiar.
- Merecerá la pena solo por darte un beso más.
Ella se quedó mirando fijamente a aquel hombre. La culpa estrujaba con más fuerza sus entrañas. Una ráfaga de rabia apareció entonces. Sabía que se había equivocado pero, ya no estaba con Manu. Él ya no existía en su vida. Aquello era pasado.
Durante un instante, abrazada a Pablo y escuchando su respiración tranquila, pensó que tal vez aquello podía ser una oportunidad de empezar de nuevo.
Mientras él le acariciaba la espalda, ella fue notando como aquel vacío se iba aflojando poco a poco.
Viernes por la noche
Su amiga Paula sacó la pizza del horno. Era barbacoa. Elena se quedó mirando la cena un instante. Un pequeño dolor sordo la golpeó en el pecho. En su mente, el recuerdo de aquella comida con Manu. Hacía menos de una semana. Así era todo con Manu. Rápido, caótico. Intenso.
- ¿Quieres más? – Paula le señaló la botella del refresco que tenía sobre la mesa.
Elena asintió despacio. El silencio en la cocina era natural. Aquellas dos amigas se conocían desde hacía más de diez años. Mientras Paula ponía la mesa, ella miraba reels de Instagram compulsivamente.
Se detuvo en uno de ellos. Un reels en el que una chica contaba un chiste malo se reproducía frente a ella. En aquel momento, tuvo una sensación sorda en su pecho. Algo que le subía hasta la garganta y se quedaba atascado ahí.
«Esto le hubiera hecho gracia».
Ese pensamiento resonó en su mente. Ella bajó la mirada y suspiró.
Su amiga la rodeó con el brazo y le quitó con cuidado el móvil de la mano.
- Tienes que descansar del móvil, Elena.
Elena guardó el móvil cuidadosamente en su bolsillo. Mientras su amiga cortaba la pizza, ella se quedó mirando por la ventana. Pensaba en que estaría cenando Manu en aquel momento.


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