Aquel aleteo se le quedó atascado en su vientre.

Las palabras dispuestas atoradas en su boca.

Las miradas cegadas por una censura no escrita.

No debía usar ciertas expresiones.

Nunca la suavidad en su voz.

Jamás la ternura entre sonrisas.

Solo amigos.

Y a veces amantes.

Cuerpos desnudos y sábanas enredadas. Gemidos al viento entre aquellas cuatro paredes.

Sin recordar lo que fueron.

Para no ahuyentar. Para no remover.

Temblor de manos y labios que amenazaba con colapsar ese equilibrio precario.

Ella soltaba la cuerda para no quemarse. Él tiraba con más fuerza.

Y así, amarrada en su propio miedo y en el de él, se movía sin rumbo.

Como si no quisiera romper nada.

Como si cada palabra fuera un puñal con el que poder matarlo suavemente.

Y mientras, la suavidad raspaba en su garganta.

Prohibido amar.


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