No recordaba la última vez que tuvieron sexo.

Noche tras noche llegaba a la cama con mucho cansancio y demasiados pensamientos.

Su marido lo intentaba.

Cada vez con menos entusiasmo y más frustración.

Miró a su izquierda y ahí estaba. Esa expresión de cordero degollado. Suspiró.

Tal vez aquella noche podrían intentarlo.

Empezó a besarlo.

Primero suave. Buscó en alguna señal en su cuerpo.

Nada.

Lo acarició. Él hizo lo mismo.

Nada.

En su mente, la lista de la compra.

Las facturas.

Los niños.

La reunión del AMPA.

El trabajo.

Él se puso ahora sobre ella. Le quitó la camiseta.

Una peso en su estómago apareció.

Sintió su lengua, húmeda y densa sobre su vientre.

Bajando.

Una náusea la invadió.

Él le quitó el pantalón. Llegó hasta su entrepierna.

La sensación le subía por la garganta.

Sentía la humedad de su boca en su cuerpo.

Respiró hondo.

La pesadez seguía ahí.

Cuando él empezó, ella miró al techo. Fingió.

Primero despacio. Después, exagerado.

En su mente, la marca de leche que iba a comprar al día siguiente.


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