La colisión en el parachoques sonó en medio de aquella calle.
Martín frenó y soltó una maldición a la vez que golpeaba el volante.
Miró al frente y vio a una mujer fuera de su coche con las manos en la cabeza.
Salió del vehículo.
– Pero…. ¿No puedes mirar por donde vas?
Hablaba alto.
Demasiado.
La mujer abrió las manos pidiendo disculpas.
Martín siguió vociferando.
Últimamente sentia esa presión en el pecho al levantarse.
Sus mandíbulas le dolían al despertar. El trabajo.
La familia.
Las facturas.
La vida.
Los límites que no ponía.
Sabía qué debía hacer.
Pero eligió seguir gritando a aquella persona.


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