Semana 2. Elena («Te refugiarás en mi tormenta» capítulo 15)

11–16 minutos

Capítulo 15 – Semana 2. Elena

Tras el bloqueo inicial, volvieron las letras. Por la noche, tras llorar un poco menos cada día, Elena escribía todas aquellas sensaciones, pensamientos e ideas que le pasaban por la cabeza.

Mientras sucumbía a la fiebre creativa reconoció algo. Se sentía herida pero libre.

Libre para poder expresar aquel amor. Para poder decir, con cada frase, todo aquello que no había podido durante semanas.

Mientras Manu estaba a su lado, a ella le tocaba controlar los afectos. Sentir, pero en blanco y negro.

 No decir una frase más alta que la otra. Limitarse a “dejarse llevar”. Como decía él.

Para Manu era sencillo. Solo tenía que disfrutar, reír, gozar. Luego, se marchaba a su casa y ella se quedaba ahí. Con el corazón de nuevo en las manos.

Dispuesta a entregárselo. Pero teniendo que ocultarlo.

A veces, cuando estaba a punto de publicar un nuevo texto, dudaba.

Sabía que Manu estaba al otro lado. Leyendo todo lo que ella publicaba. Mirando sus storys. Viéndola a ella.

Temía que él pudiera abrumarse de nuevo. Tensó los puños cuando recordó ese miedo.

Ojalá se asustara definitivamente.

Que cada palabra fuera como un monstruo que lo persiguiera y no lo dejara volver.

No sabía si iba a poder soportar una próxima vez.

Lo había sentido demasiadas veces como para no reconocerlo.

Primero, la calma.

El pecho se le aflojaba.

Todo parecía encajar.

Después…

algo cambiaba.

Una pulsión oscura la llenaba por dentro. Los mensajes se iban alargando en la noche. Las fotografías enviadas tenían cada vez menos ropa.

Los dobles sentidos. Las risas cómplices.

Para cuando llegaba el momento de verse de nuevo, ya estaba todo perdido.

Habían traspasado la línea. De nuevo.

Unas semanas de placer, ligereza y diversión acompañaban al primer beso.

No dentro de Elena.

Ella lo guardaba todo.

Las miradas.

Las palabras.

Las ganas.

Como si no fueran suyas.

Cerrar con llave.

Hasta que un día, un beso, un abrazo o una caricia conseguían abrir la cerradura. Y entonces, todo se desataba.

Ella dejaba correr una sonrisa. El tono de voz más dulce y su manera de andar la delataban. Se habían abierto las compuertas y lo habían inundado todo en su interior.

Así, en medio de las sábanas, volvía a mirarle como si no existiera nada más en el mundo. Y el también a ella.

Y entonces…

Algo volvía a romperse.

Bastaba un gesto.

Un cambio en su voz.

Y dentro de él, algo se desconectaba.

Se volvía a marchar.

Y Elena se quedaba de nuevo así. Mirando a un teléfono que no sonaba. A un mensaje que no llegaba y a una explicación que jamás le daría.

El estómago se le encogía.

Como si hubiera hecho algo mal.

Otra vez.

Tal vez tuvo que contenerse más. Que tal vez no lo hizo suficientemente ligero. Suficientemente fácil.

Se le estaba rompiendo algo.

Por eso le envió aquel mensaje. Aunque escociera por dentro. Aunque fuera como arrancarse un trozo de corazón.

Por que ella no podía vivir conteniendo aquel sentimiento tan intenso que emergía de su interior cada vez que lo tenía cerca.

Si no la quería lo suficiente, que siguiera su camino. Que la soltara. Para que ella liberase algo dentro de sí y pudiera dar espacio a aquel que si la amaba.

Pablo.

Con él, todo parecía más fácil.

No tendría que contenerse.

Si hubiera algo así que contener.

En esa segunda semana había notado como aquella nube densa de su cabeza comenzaba a desaparecer.

La tristeza no le producía ese dolor afilado, punzante y repentino de la semana anterior.

Ahora eran como golpes sordos, cada vez más espaciados y no tan fuertes.

Aparecían cuando ella menos lo esperaba. En la cola del supermercado, dando un paseo, trabajando. O cuando estaba con Pablo.

Al besarlo o cuando lo recorría con sus manos.

Y entonces aparecía el calor. La tensión. Los dedos apretados hasta volverse pálidos.

Aquella sombra seguía en la habitación y ella solo quería que se fuera. Disipar aquel nudo y desenredar sus entrañas.

Lanzarse en brazos de algo en línea que recta. Que no tuviera cuestas ni bajadas bruscas.

Que no la tuviera dando vueltas en la cama a las cuatro de la mañana.

Pablo.

Solo él.

Intentaba mirarle de verdad. Su cabello, sus ojos, sus manos. Aquella forma que tenía de tratarla.

Esas ganas que él tenía de esperar junto a ella.


Martes, 24 de marzo del 2026

La cola para entrar al cine era larga. Los dos aguardaban su turno. Iban a ver una película de acción que Elena le había sugerido. Luego irían a cenar.

Ella se agarraba del brazo de Pablo. Cerrando sus manos con fuerza en torno a su brazo. Como si pudiera recuperar el equilibrio solo sostenida por él.

Le miró y se sonrieron. El olor a palomitas flotaba en el aire. Elena llevaba una bolsa de ellas en la mano.

Al llegar el turno, Pablo sacó el móvil del bolsillo y se lo dio al trabajador. Había comprado las entradas aquella mañana.

En cuanto Elena le sugirió ir al cine.

Antes de entrar a la sala, Elena les sacó una foto a las palomitas. Su mano aparecía agarrando la bolsa. En una esquina, a la derecha, aparecía Pablo de frente.

Elena subió la foto a Instagram.

Tarde de cine

Aquel día no había pensado tanto en Manu. No como en las jornadas anteriores.

Le encantaba ir al cine. Sentarse en la oscuridad y ver la película en silencio. Acompañada era aún mejor.

Antes de entrar en la sala, Pablo se pasó por el baño.

Elena aprovechó para mirar la imagen que acababa de subir. Se fijó en las personas que habían visto el story.

No era solo curiosidad.

Quería verle.

A él.

Cuando vio su foto de perfil entre los que habían visto la foto, el pulso se le aceleró. Sabía perfectamente que Pablo aparecía en la imagen. Justo detrás.

Se le veía el rostro.

Estaba segura de que aquella era la primera vez que Manu veía la cara de Pablo.

Era curioso. Elena le había hablado de él, habían mencionado su nombre y los planes que hacían. Sin embargo, jamás le había mostrado su cara.

Una punzada de satisfacción le hizo levantar la barbilla.

Quería que se sintiera mal.

Que pensara que estaba con otro.

Que era feliz y le había olvidado.

Quería que lo viera.

Quería que doliera.

Quería que, por una vez, no le fuera indiferente.

Aunque no fuera cierto…


Jueves, 26 de marzo de 2026

Elena despertó sobresaltada.

Lo primero que sintió fue un peso hondo en su pecho.

Estaba sudando y completamente destapada.

No recordaba lo que había soñado. Solo sabía que Manu había aparecido en sus sueños. Sabía que tenía que levantarse para ir a trabajar.

Solo el hecho de pensar en incorporarse le pareció un mundo. No sabía qué iba a desayunar. Tenía el estómago completamente cerrado.

Miró de nuevo el móvil. Eran las 7:23. Debía darse prisa.

Llevaba exactamente doce días sin ver su nombre en el móvil. Una parte de ella se alivió al pensar en que los días iban pasando.

Que cada vez se alejaba más el ruido de aquel último portazo.

La cama donde hicieron el amor aquel día era la misma en la que estaba tumbada ahora. Parecía que había pasado un siglo.

Curiosamente, tras el cambio de sábanas, reconoció el mismo juego que tenía puesto cuando acabaron allí.

Se anotó mentalmente echarlas a lavar. Aunque las acabara de poner hacía pocos días.

Se levantó despacio y empezó a vestirse. No tenía la ropa preparada y eligió unos vaqueros negros y una camiseta de manga larga verde. Algo sencillo.

Puso el café a calentar mientras se apoyaba en la encimera. Se quedó pensando, mirando al techo.

Repasó mentalmente aquella última frase.

No todo lo que merece la pena, puede ser posible.

¿Qué había querido decir con ello?

Un hormigueo en las piernas le hizo cambiar de postura. Hacía ya varios minutos que el café esperaba dentro del microondas. Lo cogió y se le derramaron unas gotas.

Se agachó a limpiarlas y se fijó en la mancha de café. Tenía una forma rara. Caótica, desordenada. Como sus pensamientos en los últimos días.

Limpió la mancha deprisa y se mordió el labio. Aquellas imágenes se repetían en su mente. Una y otra vez. Sin pausa.

Siempre volvía la misma pregunta.

¿Podía haber hecho algo diferente? ¿Haber sido menos intensa? ¿Haberle mirado de otra manera?

No entendía cómo podían caer siempre en lo mismo.

Aun así, siempre volvían.

Como si no supieran ya cómo terminaba.

Como si sus cuerpos no fueran a hablar por ellos.

Como si solo pudieran expresarlo todo a través de palabras.

Recordó aquella última semana antes de su cita. Todo era tan sencillo, tan luminoso.

Parecía que el verano había vuelto a instalarse en aquella sala de chat.

No supo en qué momento todo se torció de nuevo. Sin embargo, lo hizo.

Imágenes de la cita volvieron a su mente. Algo se aflojó en su interior cuando pensó en ello. Las risas, la pizza, sus cuerpos tan cerca. Se sentía plena y no lo sabía.

Allí era donde quería quedarse.

Sin moverse.

Sin pensar en lo que venía después.

El vacío volvió en el momento que recordó, de nuevo, el golpe. Ojalá las cosas no tuvieran que pasar siempre por ese portazo.

Negó con la cabeza. Una mueca de desdén apareció en su rostro. Dio otro sorbo al café y miró el reloj. Las 7:47. Tenía que marcharse ya.

Se montó en el coche y arrancó.

Mientras circulaba, subió el volumen de la música. Ahí estaba aquella canción.

Gabriella

Silenció la melodía y se quedó unos minutos en silencio.

Mientras llegaba hacia el trabajo pensaba en el rostro de Manu. En sus manos, en su voz. Entrecerró los ojos para detenerse, una vez más, en aquellos detalles.

Como la miraba con esa expresión en la cara. Como si no existiera nada más para él.

Como la tocaba suavemente. Como si quisiera guardar cada segundo en sus dedos.

Su voz y sus susurros. Como cambiaban de tono y se volvían cuchillas.

Una vez. Y otra vez. Esas preguntas se agolpaban dentro de su cerebro. ´

Apretó el volante.

Pensó en no volver a verlo.

Y, aun así, no apartó su cara de su cabeza.

Solo un instante más en el que poder mirarle de nuevo.

De repente, calor. Incomodidad.

Paró el coche y se bajó. Cerró la puerta más fuerte de lo normal. Se sentía estúpida. No entendía cómo había podido creer las mentiras de Manu.

Otra vez.

Agarró la llave del coche entre sus dedos. Apretó tanto que dolía. Se vio reflejada en el cristal.

No vio a una víctima. Vio algo peor.

Alguien que, sabiendo que se iba a pinchar, eligió coger aquella rosa.


Sábado, 28 de marzo de 2026

Elena se deshizo la trenza por tercera vez. Con el peine en la mano, se cepilló más fuerte de lo debido. Se arrancó un mechón por el tirón.

Lo miró en su mano, pero no protestó. Se centró en el dolor palpitante de su cuero cabelludo. Era casi reconfortante. Poder localizar aquella rabia en un solo punto.

Aquella tarde había quedado con Paula. Iban a ir a cenar a un centro comercial.

No tenía ganas. Aun así, había accedido a salir.

Necesitaba hacer algo más que mirar el móvil y videos.

Apego evitativo.

Ciclos de acercamiento-retirada.

Detalles técnicos y psicológicos se entremezclaban con sus recuerdos. Intentando buscar la línea que unía aquellos gestos, miradas, palabras con la teoría que había estado escuchando.

Estaba cansada.

Se volvió a cepillar el cabello. Llevaría una coleta alta. Como tanto le gustaba a Manu.

No.

Se soltó el pelo y lo peinó. Lo llevaría suelto.

Caminó por el pasillo. Una vuelta. Otra más.

Aún faltaban dos horas para su cita con Paula. No sabía en qué podía ocupar su tiempo.

De repente, se le ocurrió que iba a salir a caminar. Se puso las mallas, las zapatillas y una camiseta deportiva.

Salió corriendo por las escaleras del portal. Como si algo la persiguiera.

Llevaba el pelo suelto.

Empezó a caminar y se sorprendió por lo rápido que iban sus pasos. Quiso frenar el ritmo, pero algo dentro de ella la impulsó a avanzar. Cada vez más rápido.

Sus piernas estaban completamente cargadas cuando llegó al final del trayecto.

Se apoyó en sus piernas para tomar aliento.

Aquel calor dentro de su pecho parecía haberse calmado. Sentía que la nube de su cabeza había desaparecido un poco.

De repente, la cara sonriente de Manu volvió a aparecer en su rostro.

Ella se puso las manos sobre la cara y gritó para sí. Con las manos temblorosas cogió el móvil. Empezó a escribir.

Frenética.

Cada letra aliviaba un poco aquel nudo intenso de su garganta. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos mientras pulsaba cada palabra.

Quería que Manu viera lo que había provocado. Que leyera aquellas líneas y supiera lo jodida que estaba.

Que no se atreviera a volver. Jamás.

Que volviera a huir, como hacía siempre.

Como un cobarde. Lo mismo que ella.


Instagram:

Hola, soy su ego.

Reflejada en el cristal del baño se pregunta qué hizo mal. Nada, corazón – le contesto. Nadie hizo nada mal, solo fueron las circunstancias. La vida que pasa.

(…)

Y cuando el cansancio llega a sus pulmones, la música retumba en sus oídos y tú cara no para de dar vueltas en su mente, entonces y solo entonces, una lágrima se derrama por su mejilla. 

Una lágrima por lo llorado, por lo disfrutado, por lo gozado, por lo vivido. Por tu barba y tus ojos achinados, por tu peculiar acento, por tu presencia…

(…)

Mi función es darle soporte y vitalidad, fuerza y coraje para seguir de pie cuando por dentro está arrodillada. Pero eso jamás te lo confesaremos.


Tras escribir este texto, lo volvió a leer. Despacio.

Sintió como sus dientes se apretaban y su cuello se tensaba mientras le daba a publicar.

Continuó caminado. Ahora ya a un ritmo más lento.

A los cinco minutos de la publicación, recibió una notificación. Encendió la pantalla y su corazón dio un vuelco.

Un me gusta.

De Manu.

Elena sintió que sus piernas se aflojaban. Al mismo tiempo pensaba que él había leído el texto. Tal vez había sido demasiado dura.

Se quedó de nuevo leyendo lo que había escrito. Tragó saliva, despacio y abrió el perfil de Manu. Había subido una fotografía hacía un par de días.

No la había visto porque tenía silenciadas todas las notificaciones de aquel perfil.

En la imagen una pantalla. Una hoja en blanco y un mensaje debajo.

Que difícil es crear cuando tu inspiración guarda silencio

Elena tuvo que agarrar el móvil con todas sus fuerzas y guardarlo corriendo en el bolsillo. Empezó a andar rápido, de nuevo.

Necesitaba quemar, con cada paso, esas ganas punzantes que le habían entrado de volver a escribirle.

Consiguió llegar a su casa con el silencio intacto.

Apagó el teléfono y lo dejó en lo alto del armario mientras se ponía a limpiar.

Mientras frotaba el suelo con la fregona, empezó a respirar un poco mejor.

Ordenar lo de fuera le permitió manejar su caos interior un poco mejor.

Había salvado su cuello aquella vez.

Hasta la siguiente.


Comentarios

Deja un comentario