Capítulo 14. Semana 2. Manu
Martes, 24 de marzo del 2026
La madre de Manu se asomó por la puerta.
- Hola, cariño. Te he preparado una tostada.
Manu se giró sobresaltado. Estaba mirando la pantalla, absorto.
El plazo de entrega de su próximo proyecto estaba a punto de vencer. Tan solo le quedaba una semana para enviarlo al cliente.
Tenía un dedo en la boca y estaba realizando los últimos cambios que le habían pedido. Se sentía tenso y con el estómago cerrado.
Al lado del ordenador, un bol de plátano con yogur a medio terminar. Era todo lo que había ingerido aquella mañana. Sin contar los tres cafés.
El portátil se apagó repentinamente. Le llevaba tiempo avisando de que le quedaba poca batería.
Manu se llevó las manos a la cabeza y se levantó repentinamente de la silla. Conectó rápidamente el cargador y cruzó los dedos.
Tras iniciar sesión, comprobó con alivio que el programa de edición de imágenes no se había cerrado. Los cambios que había hecho estaban a salvo.
Suspiró aliviado y guardó los cambios. Hizo una copia de seguridad adicional para tranquilizarse.
Se levantó de la silla y estiró las piernas. Aquel susto le había dejado tenso y necesitaba salir a tomar el aire un rato.
Volvió a guardar el diseño de nuevo y se puso las zapatillas.
En la calle, un precioso y soleado día de marzo lo esperaba. Eran las 17:45 y hacía bastante calor para ser comienzos de primavera.
Llevaba un jersey. Le daba calor y se lo quito. Al sacárselo, el móvil se le cayó al suelo. En la pantalla había aparecido una pequeña raya.
Desbloqueó la pantalla y probó a iniciar las aplicaciones que solía utilizar para asegurarse de que todo funcionara bien.
Inició Instagram y un circulo verde apareció frente a él. Un story.
En ella, una mano sostenía una bolsa de palomitas junto al texto.
Tarde de cine
La imagen la había publicado Elena hacía media hora. Manu la observó en silencio mientras seguía caminando. Se encogió de hombros y cerró la pantalla.
El móvil vibró de nuevo.
Un mensaje.
Christine.
“¿Cómo estás? He pensado en ti hoy.”
Manu lo leyó sin detenerse demasiado.
Escribió un “bien, liado con trabajo” y bloqueó la pantalla.
No volvió a abrir la conversación.
Tras caminar unos metros con esa última instantánea en su cabeza, frunció el ceño. Había creído ver algo en la esquina.
Volvió al perfil de Elena y se fijó de nuevo en la publicación. En la esquina derecha aparecía un hombre junto a ella.
Se detuvo un segundo en su forma de mirarla.
Había algo tranquilo en él.
Pablo.
Hizo un pantallazo al story y lo amplió. Jamás había visto la cara de aquel chico.
Se fijó en su cara, totalmente afeitada. Su pelo, abundante y oscuro contrastaba con unos ojos grandes y almendrados.
Llevaba una camisa blanca de manga corta y unos pantalones vaqueros negros.
Manu se quedó mirando a Pablo a través de la pantalla. Al momento, levantó la cabeza y se vio a si mismo reflejado en un cristal.
Tenía puesta una camiseta amarilla y un pantalón ancho de chándal. Su barba de varios días estaba completamente irregular. El pelo revuelto y aquellos ojos achinados, con expresión cansada.
Cuando se vio a sí mismo, observó que estaba ligeramente encorvado. Se irguió instintivamente sin despegar sus ojos del cristal.
Por un momento, un pensamiento fugaz pasó por su mente mientras recordaba la imagen de Pablo. Ese chico, tan perfecto, tan maduro. Era el que la estaba haciendo feliz.
Le estaba dando una estabilidad.
Un golpe en su estómago le hizo volver a encorvarse de nuevo. Aquella sensación pesada que llevaba días experimentando le obligó a sentarse en un banco cercano.
En cuanto estuvo en el asiento, algo dentro de él se empezó a aflojar poco a poco.
- Era lo mejor. Así, podrá ser feliz. Además, ella sabía lo que había.
Manu sintió el aire entrando de nuevo en sus pulmones. Una chica rubia, con una falda corta y una amplia sonrisa pasó a su lado. Se giró ligeramente hacia Manu y lo miró con timidez.
El sonrió de vuelta y sus mejillas se encendieron.
Aquella era su vida.
Y él era libre. Tenía todo el futuro por delante.
Se levantó y continuó caminando. El sol le daba en la cara y él disfrutaba de aquello.
Se detuvo frente a un escaparate.
No sabía muy bien qué estaba mirando.
Solo necesitaba fijar la vista en algo.
Jueves, 26 de marzo del 2026
Manu se levantó corriendo de la cama. Nada más abrir los ojos, una fuerte náusea se le había quedado atascada en la garganta.
Solo le dio tiempo a levantar la tapa del váter. El vómito llegó repentino. Las arcadas tiraban de su estómago haciendo que se contrajera en violentos espasmos.
Echó todo el contenido de su estómago. La cena del día anterior y algo de bilis.
La garganta le ardía por el paso de todo el ácido gástrico.
Cuando el cuerpo se calmó, empezó a levantarse a duras penas. Las piernas le temblaban y se sentía débil.
Llegó a la cocina y se sirvió un café. Tenía el estómago cerrado y lo notaba inestable.
Se sentó en la mesa y empezó a beber el café, despacio. Aquel día tenía que trabajar, pero no podía hacerlo en esas condiciones.
Llamó a su jefe y la explicó la situación.
- No te preocupes, Manu. Si estas malo, descansa.
Se mostró comprensivo, aunque había detectado un pequeño tono de fastidio en su voz. Tanto daba. Él necesitaba descansar un poco.
A decir verdad, llevaba varias noches durmiendo mal y con las tripas revueltas. Daba muchas vueltas en la cama y apenas comía.
Su madre lo había notado. Le añadía ración doble en los platos.
Las horas que conseguía dormir tampoco eran reparadoras. Soñaba cada noche con imágenes, palabras… con gritos.
No sabía exactamente el contenido de aquellas historias imaginarias, pero eran profundamente perturbadoras.
Tanto que, al despertar, tenía siempre ese peso muerto instalado en su tripa.
Había mañanas que una imagen se quedaba en su retina. Justo antes de abrir los ojos.
La cara de Elena.
Aquellos ojos, tristes. La lágrima cayendo por su mejilla. Creía recordar que, en alguno de los sueños, ella le gritaba. Le maldecía mientras él corría hacia el lado contrario.
Correr. Huir.
No dejó de correr en el sueño.
Quiso borrar este pensamiento sacudiendo la cabeza. Se levantó de la mesa y salió a la terraza.
Allí, en un banco frente a él, vio a dos personas abrazadas. Estaban besándose.
Aquella sensación pesada volvió a su pecho. Levantó el lado derecho del labio y abrió las fosas nasales. Una sensación de desprecio le acompañó mientras apartaba la vista de aquella pareja.
Tuvo que entrar de nuevo a casa.
Nada más entrar en casa sintió frio. Fue a la maleta a buscar una chaqueta. Al sacudirla, algo cayó al suelo. Se agachó y la vio: la pulsera que le había regalado Elena.
La sostuvo entre sus manos y la fue tocando suavemente. Se la acercó a la nariz y la olió.
No consiguió rescatar ningún aroma.
Empezó a dar vueltas con la pulsera en las manos. Sus pies no paraban de moverse mientras venían imágenes a su cabeza.
La pizzería. Las rodillas tan cerca. Los dedos tocándose.
Manu sonreía mientras lo recordaba.
El paseo y la pulsera en su muñeca. Los dedos de Elena tocándole.
Un cosquilleo en su interior. Antes. Y ahora.
Cerró los ojos por un instante.
Se centró en aquel día.
En el calor del sol en su piel.
Los labios de Elena frente a él.
Ese abrazo que no quería que terminara jamás.
Su mano fue a su espalda.
Aquel lugar donde ella lo había tocado.
Suspiró y la vio de nuevo.
Su risa. Su voz. El tacto de su piel.
Sintió sus besos entonces.
Se tocó los labios.
El calor lo invadió.
Se quedó ahí.
Un instante de más.
Su respiración se volvió mas profunda.
De repente, su corazón se aceleró y lo sintió en su vientre.
Un golpe. Repentino. Fuerte. Seco.
La lágrima en su mejilla volvió a incrustarse en su cabeza. Como un intruso que se cuela por la rendija.
Otra náusea. Sus piernas se tensaron y tuvo que volver a ir corriendo al baño.
Volvió a vomitar.
Sábado, 28 de marzo del 2026
Los pasos de Manu en la acera retumbaban con el silencio de la tarde. Eran ya las 15:48 y no había ni un alma.
Los vecinos de su barrio natal seguían teniendo las mismas costumbres. Tras comer, la gente se sentaba a descansar. No empezaban a salir hasta dos horas más tarde.
Aquella tarde había salido a caminar. Su madre no hacía más que servirle comida e insistirle en que descansara.
Un impulso de salir de allí lo había asaltado tras la comida.
El paseo había comenzado hacía una hora y se prologó más de lo previsto. Manu andaba por los paisajes de su infancia.
Se había encontrado con varios compañeros de clase.
Algunos, estaban acompañados de sus parejas. Un incluso tenía un hijo.
Lo normal a mi edad – se dijo.
- ¡Hombre! ¡Cuánto tiempo!
Los pensamientos de Manu se vieron interrumpidos por aquella voz. Se giró a mirar quien le había llamado. Y la vio.
Su primera novia.
El corazón le dio un vuelco. Se quedó paralizado mientras la miraba.
Marina.
La chica de la que se había enamorado profundamente con tan solo 15 años. Hacía muchos años ya. Pero el sudor en sus manos era el mismo.
Aquella chica a la que él se había entregado. Con la que había bajado las barreras hasta el suelo. La que se había marchado.
La primera de ellas.
Manu por fin reaccionó y se acercó para darle dos besos.
- Hola Marina. ¿Qué tal?
Marina tenía una sonrisa amplia en su rostro. Habían pasado muchos años desde aquello.
- Pues muy bien. No te hacía yo por aquí. Tu madre me contó que te habías ido a trabajar fuera.
- Si… llevo allí como tres años ya.
Manu se encogió de hombros.
Tras unos intercambios breves y ponerse al día durante un rato, se despidieron.
Él prosiguió su camino. Mientras caminaba miró un instante hacia el suelo. Recordó a Marina de nuevo y su charla intrascendente.
La vio marchándose aquella tarde de invierno. El tenía 20 años y llevaban cuatro saliendo. La quería como a nadie.
Las palabras de aquella chica resonaron en su mente, tanto tiempo después.
- Lo siento, Manu. Ya no siento lo mismo.
Apretó los puños, fuerte. Se quedó mirando al vacío.
Aquella mujer le había dejado un hueco inmenso cuando se marchó. Algo difícil de llenar.
Pensó en eso. Algo se le había quedado ahí.
Desde entonces.
Las siguientes mujeres que pasaron por su vida solo se quedaron en el umbral.
Hasta que llegó Elena.
Volvió a apretar las manos y tensó los hombros. Ella sí había conseguido entrar. A pesar de que él había intentado que se marchara.
Seguía dentro.
Y eso le aterraba.
Manu empezó a juguetear con su móvil mientras seguía caminando. Cabizbajo.
Quiso eliminar aquellas imágenes de su mente. Abrió Instagram.
Ya no se iba a encontrar con imágenes de Elena. Había silenciado todas las notificaciones. No quería saber nada.
Se quedó mirando varios videos de humor que no le hicieron gracia. Un impulso repentino hizo que abriera un perfil.
El que tenía primero en sus búsquedas nocturnas.
El texto que leyó le hizo cerrar los labios hasta convertirlos en una línea.
Instagram:
Hola, soy su ego.
Reflejada en el cristal del baño se pregunta qué hizo mal. Nada, corazón – le contesto. Nadie hizo nada mal, solo fueron las circunstancias. La vida que pasa.
Se lava la cara con agua fría. Como para despertar. Para espabilar. Su móvil no suena ya al ritmo de ese tono especial que tenía para ti.
Tú nombre no aparece más en su pantalla. Y ella echándote de menos. Deseando algo que jamás pasará. Pero bueno, yo la animo.
Yo le hago sentir orgullosa de sus límites, de sus sentimientos, de su señal de stop. Sus manos firmes se agarran de la barandilla de su portal. Bajan las escaleras «a todo correr».
Las mallas y la camiseta deportiva se mueven con su cuerpo. Vamos a hacer kilometraje. A cansar este montón de músculos, huesos, carne y sangre. Está humana va a fortalecer sus piernas. Y su mente también.
Y cuando el cansancio llega a sus pulmones, la música retumba en sus oídos y tú cara no para de dar vueltas en su mente, entonces y solo entonces, una lágrima se derrama por su mejilla.
Una lágrima por lo llorado, por lo disfrutado, por lo gozado, por lo vivido. Por tu barba y tus ojos achinados, por tu peculiar acento, por tu presencia… Por tu ausencia. Por entender que no siempre se puede lo que uno desea. Qué nadie gana ni pierde, que nadie es malo o bueno.
Si pudiera confrontar contigo lo haría encantado. Le haría parecer fuerte cuando es vulnerable. Le haría chulear de estar «bien». Para eso sirvo, soy el ego. Ese que no te deja flaquear cuando lo necesitas, ese que te dice «vete de aquí» cuando sientes que te estás quedando pequeña en una parcela.
Mi función es darle soporte y vitalidad, fuerza y coraje para seguir de pie cuando por dentro está arrodillada. Pero eso jamás te lo confesaremos.
Arrodillada. Ausencia. Lo llorado.
Aquellas palabras retumbaron en su mente un instante. Manu frunció el ceño y negó con la cabeza.
- Madre mía Elenita…
Negó con la cabeza.
Demasiado.
Se quedó un instante más leyendo.
Elena estaba sufriendo.
Eso estaba claro.
Una punzada le cruzó el estómago.
- No ha sido mi culpa.
Lo repitió para sí.
Más despacio. Como si así fuera más cierto.
Le dio «me gusta».
Vio entonces un story con la Torre Eiffel detrás.
Christine.
Había dejado de escribirle con la misma frecuencia. Manu lo había notado.
Y lo había agradecido. No había insistido.
Ella tenía esa forma de mirar las cosas…y apartarse antes de que dolieran demasiado.
Se apartaban de su lado. Siempre lo hacían.
Él no tenía la culpa.
Eso era.


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