Lo miro, tumbado a su lado.

Desnudo. Tranquilo.

Un aleteo en su estómago indicaba que ya no era cualquiera.

No para ella.

Miró su barba. Sus ojos.

Exploró sus manos. Conocía su historia. Sus circunstancias. Su dolor. Sus heridas.

Y aún así ahí estaba ella.

Poso su mano sobre la mejilla de él.

Se giraron y se quedaron así.

Un instante.

Mirando la pupila del otro.

El calor empezó en sus dedos y subió hasta su nuca.

No era ardor sexual.

Era algo puro.

Qué no pedía nada.

No apretaba.

Una sonrisa apareció en su cara.

En la de él otra igual de amplia.

Solo quisieron quedarse así unos minutos.

Diciéndose verdades con las manos.


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