Lo último que recordaba fue la puerta cerrarse.

Hacia dos semanas de aquello.

Catorce días de silencio.

En su piel sentía aún el calor y la humedad. Podía oler sus besos.

En su mente, las palabras que le había dicho.

Alusiones a su figura. A su atractivo. A lo buena que estaba.

Un cuerpo. Solo eso.

Ningún segundo dedicado a su mirada. A aquella calidez suya cuando le había preguntado cómo estaba.

Cuando se había preocupado por él.

Meses de suspiros. De creer que todo iba a crecer. Qué aquellos ojos la verían.

De verdad.

Pero él solo se quedaba el tiempo justo. Para desnudarla.

Ella era la que debía vestirse sola. En aquella cama vacía.

Sintió sus manos cerrarse. Con demasiada fuerza. Tanto que sus uñas quedaron clavadas a su carne.

No iba a volver a verle. No podía seguir.

Su cuerpo era lo único que él quería.

Ella lo amaba todo de él.

Su mandíbula tensa se mantuvo así. Con aquella promesa.

No responder más a sus ganas.

Hasta que vio de nuevo aquel nombre en el móvil.

  • ¿Estás libre hoy?
  • Claro. Tengo toda la tarde.

Mentira.

Habia quedado.

Fue pensando en la excusa para cancelar el plan.

Mientras, fue a probarse su ropa interior de encaje.

Negra.

Como aquel vacío de su vientre.


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