Tumbada a su lado, se giró.

Su mano, sobre la mejilla de él.

Sus ojos fijos en su rostro.

Un aleteo en su pecho. El corazón retumbando.

Entonces, su mandíbula. Tensa y cerrada. Al recordar aquella calidez suya.

En él no estaba. Y cuando aparecía en sus labios, él se asustaba. Se marchaba.

Conocía de aquel hormigueo cuando lo miraba. Ambos lo sabían.

Pero tampoco la soltaba. Cuando ella empezaba a girarse para irse, él aparecía con sus mejores galas y una sonrisa.

Hasta que volvía el silencio.

Con los dientes apretados recordando aquellas ausencias, preparó sus mejores balas.

«Me encantan tus ojos.«

«Tus labios.«

Mandíbula desencaja. Algo no le gusta.

«Eres el hombre más hermoso del mundo.«

Deja de mirarla.

«Me encanta estar contigo.«

«Me haces muy feliz.«

Ya no sonríe. Se recuesta. Un poco más.

«Eres el que me hace soñar por las noches.«

Se viste. Despacio.

«Me quedaría toda la noche mirando esos ojos

Sonrisa incómoda. Palmas abiertas en señal de disculpa.

«Te quiero…«

  • Tengo que irme.

La puerta sonó fuerte.

Suspiró aliviada. Sonrió satisfecha.

Calculó que había ganado tres semanas de tranquilidad.

Sin embargo, el vacío volvió a su pecho.


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