Amelia se giró dejando tras de si aquel portazo.

Mía se acababa de marchar de su casa. Las sábanas, revueltas.

El corazón, también.

Miró al techo con los brazos sobre la cabeza. Tratando de ordenar palabras, motivos o excusas.

La sensación palpitante de su estómago le decía que estaba lejos.

De ella misma. De su centro.

Su energía, reptando por la piel de Mía. Sin detenerse a mirar.

Solo orbitando a su alrededor.

Se preguntó qué pasaría. Tan solo desplazando un poco aquel centro.

Pensando más en sí misma. En todo cuanto la rodeaba.

Se concentró en sus pies, pisando el suelo del pasillo.

El aire pasando suave en aquella estancia.

Una calidez poco conocida volvió a ella.

No respondió a aquel mensaje enviado por ella. El calor se volvió más intenso en su cuerpo.

Mía llegó a casa. Un escalofrio la recorrió de arriba a abajo.

Como si hasta entonces hubiera estado envuelta por una manta y ahora se la hubieran retirado de golpe.

Algo no estaba en su sitio.

Decidió mandar el mensaje.

A Amelia.

Ella no respondió.

El frío penetró hasta los huesos.


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