A veces era esa tableta de chocolate. Otras, esa cerveza.
El polvo blanco del que quedaban restos sobre su mesa.
La fiesta, la falta de sueño. La música a todo volumen un martes cualquiera a las 3 de la mañana.
Esos despertares que la dejaban rota. Dolorida. Físicamente.
Al menos así, con sus pulmones a punto de ahogarse con el humo del tabaco no sentía lo que había bajo su piel.
Ese dolor que no era palpable. Qué no se iba con un antiinflamatorio.
Padecimiento amargo que le mostraba ese agujero negro dentro de sí.
Ese que le quería decir tantas cosas y ella se negaba a escuchar.
Si tan solo pudieras sostener tu vacío un instante.
Si tan solo pudieras dejar de escuchar el ruido de la noche.
Entonces comprenderias lo que tus entrañas gritan.
Qué debes poner más límites.
Buscar tiempo para ti. Conocer quien eres. Qué quieres.
Saber abrazarte, sola en la oscuridad. Sin esperar que nadie venga a hacerlo.
Solo deja el porro en el cenicero, limpia tu cuerpo y escucha.


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