Marta sentía un hormigueo en sus brazos y piernas. Tenía que salir de allí.

A la vez, necesitaba quedarse.

Terminarlo.

Sabía que debía sentarse y seguir escribiendo.

Pulir lo ya escrito, descifrar las emociones que había plasmado en esas hojas.

No se sentía con fuerzas. Porque volver a repasar cada palabra, le devolvía un fuerte peso en el estómago.

Recordando aquello que un día vivió.

Lo que vomitó sobre el papel cuando estaba en carne viva.

Decidió, finalmente, abrir el ordenador.

Se paró un instante frente al escrito.

Empezó a leer.

Y notó que aquel peso se iba haciendo cada vez más grande. Iba visualizando la historia que ya no estaba.

Se levantó de la silla.

Por tercera vez.

En está ocasión su excusa sería un café.

Cuando volvió a la habitación se quedó un instante apoyada en el marco de la puerta.

La silla y la pantalla seguía ahí. Esperando que volviera a sumergirse en aquel mar de emociones pasadas.

Respiró hondo.

Avanzó y se sentó.

Quiso seguir leyendo, aunque aquello le hiciera admitir que lo que llevaba meses negando, fue real.

El café quedó frío.

A su lado varios pañuelos albergaron sus lágrimas.

Ella, no dejo de teclear en toda la tarde.


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