Viernes
Sandra volvió a casa.
Venía de correr.
Estaba sofocada, su respiración era entrecortada. Las piernas le pesaban y un ligero dolor de espalda hacía que tuviera que caminar un poco encorvada.
Cuando entró en su hogar, el silencio la recibió. Aquella semana su hijo, Daniel, estaba con su padre. Hacía tan solo un par de meses que el pequeño había empezado a moverse de casa.
Pensó un instante en él. De repente, sintió el impulso de llamar a su exmarido para ver qué tal se encontraba el niño.
No lo hizo.
En su lugar, le envió un mensaje de WhatsApp para preguntar cómo iba todo. Vería a su hijo al día siguiente por la mañana.
Tras dejar el móvil en la mesa de la cocina, pensó aliviada que su ex y ella se llevaban muy bien.
Eran amigos.
Afortunadamente para todos.
Se fue a la ducha a paso lento. Necesitaba una de esas largas y relajantes. Con toda el agua caliente cayendo por su cuerpo.
Unos veinte minutos después, Sandra se encontraba con su toalla en la cabeza y completamente desnuda.
Se miró al espejo.
Le quedaba toda una tarde libre. No sabía en qué ocupar su tiempo. Sus amigas no estaban disponibles. Hasta el día siguiente no podrían quedar.
Y el domingo era de él.
Iban a verse de nuevo.
Desvió la mirada del espejo y se sonrojó.
Víctor. Dijo en voz baja.
Su expareja. Aquel del que había estado enamorada durante un año. Quería pensar que él de ella también.
Llevaban cinco meses sin hablar. Hasta hacía uno. El móvil de ella volvió a sonar con ese tono tan característico.
Él le preguntaba cómo estaba.
La relación se terminó sin hacer ruido. Sin una charla que pudiera poner un punto final. Tan solo habían tomado distancia tras la última discusión.
Mientras se secaba el pelo frunció el ceño. Cayó en la cuenta de que últimamente, todo aparecía difuso, como escenas sueltas sin conexión clara.
No recordaba bien las conversaciones. Ni el orden de las cosas.
Solo sabía cómo se había sentido. Aunque todo aquello se le antojaba lejano.
En esa ocasión, ella creía que había sido por su culpa.
Por su inseguridad, por querer ir demasiado rápido.
O eso le decía él.
Sandra cerró los ojos un instante. El vello se sus brazos se erizó y algunos recuerdos fugaces acudieron a su mente.
Sabía bien que tras el mensaje de hacía cuatro semanas, todo se había precipitado.
Las madrugadas hablando con la pantalla iluminando su sonrisa.
Aquella sensación de revoloteo en su vientre.
El corazón acelerándose cuando veía su nombre en el teléfono. El ardor en su cuerpo tras las conversaciones indiscretas.
Un nuevo mensaje de Víctor interrumpió sus cavilaciones. En él, le preguntaba qué vino podía llevar el domingo: tinto o blanco. También si tenía dos copas o las llevaba de su casa.
Él siempre había sido más de cervezas.
Algo se relajó dentro de Sandra. En su pecho, una sensación parecida a la calma la inundó.
Todo parecía indicar que Víctor y ella podían darse una nueva oportunidad.
Con sinceridad. Transparente.
No quería dar aquello por perdido y sabía que debían hacer una serie de concesiones.
No quería ser tan estricta.
Sandra fue vistiéndose rápido. Se puso el pijama pese a ser tan solo las cuatro de la tarde. Quería estar cómoda.
Se sentó en el sofá y puso la televisión. Cambió de canales sin prestar atención en lo que aparecía en la pantalla. Nada le interesaba.
Finalmente, la apagó.
Se fue paseando por toda la casa para ver si quedaba algo por hacer. Nada.
Las camas estaban hechas.
La colada limpia y doblada.
Los suelos y los baños limpios.
A su paso por el despacho lo vio. El ordenador portátil.
Una punzada en el pecho le recordó en lo que había estado trabajando la noche después de que Víctor contactara con ella.
Aquello la había retenido hasta altas horas de la madrugada durante dos semanas.
Una escritura febril donde había conseguido volcar todos sus sentimientos.
Todo empezó con un primer relato corto.
De ahí pasó al segundo relato.
Llegaron el tercero y el cuarto.
Una trama que hablaba de algo parecido a lo que ella había vivido con Víctor, pero metiendo a otros dos protagonistas. Se iban entremezclando entre sí.
Recordó como algo se apoderó de sus manos aquellos días. Como si no pudiera controlar lo que hacía. Solo escribía.
Con precisión. Rememorando cada detalle, cada cita, cada discusión.
Sandra sabía perfectamente que en aquel escrito estaba su historia.
Sin embargo, reconocía que, desde que la escribió, no era capaz de recordar bien las cosas que le habían ocurrido con él.
Se quedó quieta frente a la puerta del despacho.
El pasado se antojaba ligeramente borroso.
Como si hubiera pasado hace mucho más tiempo.
Pero no lo era.
Dentro de ese archivo estaba todo.
Cada mensaje.
Cada ausencia.
Cada regreso.
Lo había escrito sin pensar. Sin ordenar. Sin protegerse.
Como si sus manos hubieran querido dejar constancia de algo que su cabeza ya empezaba a borrar.
Cuando tocó el ordenador tuvo una sensación extraña.
Se acordó que, tras escribir el último párrafo de la historia, se sintió más ligera. Sus piernas se encontraban listas para seguir caminando.
También supo que tenía pendiente revisarlo y pulirlo.
Durante más de una semana ese pensamiento estaba dando vueltas por su mente. Pero ella siempre conseguía procrastinar aquella tarea.
Sentía que, cada vez que se disponía a abrirlo, un fuerte peso aparecía en su estómago.
Al principio, creyó que, como había dedicado muchas horas a escribirlo, necesitaría un descanso de aquella historia. Se tomó entonces unos días para sí misma.
Tras la pausa, las ganas no aparecieron y el vacío seguía ahí.
Era como si algo la frenara a volver a abrir aquellas páginas.
Caminó hasta la cocina a paso decidido. Al volver, el ordenador la esperaba. Cerrado y apagado.
Suspiró y se sirvió un café.
Quería poder volver a revisar todo lo escrito. Quería encontrar el motivo por el que no se sentía capaz de hacerlo.
Tras el primer sorbo, Sandra lo hizo.
Miró directamente a ese vacío que tenía en su pecho.
Se sumergió dentro de él.
Buscando los motivos profundos por los que no tenía fuerzas para revisarlo.
Lo supo en cuanto sintió ese pellizco en el estómago.
No era pereza.
Era miedo.
Miedo a que, al leerlo, las piezas encajaran demasiado bien.
A que ya no pudiera decirse que había sido distinto.
A que no fuera amor.
A que sí lo fuera… pero solo a ratos.
Todo se había quedado guardado en esas páginas.
Revisar todo en este momento, solo provocaría abrir la caja de Pandora.
Y ella no podía dejarse sentir todo a dos días de volverlo a ver.
O tal vez sí.
Decidida, cogió su taza. Se fue hasta el despacho y se sentó frente al ordenador. El peso en el estómago se hizo más grande. Como si fuera a absorberlo todo.
Aun así, ella continuo.
Un hormigueo en sus brazos y piernas quería que saliera corriendo. Que limpiara los baños, se fuera a pasear, a visitar a sus padres o que ordenara la casa entera.
Ya estaba todo hecho. Su hogar estaba limpio y ordenado.
Suspiró. Tenía que seguir y volver a sumergirse en aquello.
De repente, otro mensaje de Víctor.
V: Tengo muchas ganas de verte, que lo sepas.
V: No puedo quitarte de mi cabeza.
V: Creo que lo vamos a pasar muy bien…
Ella sonrió a la pantalla y se mordió el labio. Se llevó el móvil al pecho mientras pensaba su respuesta.
S: Yo también tengo ganas de verte
S: Si, creo que lo pasaremos bien
S: Nos divertiremos, seguro
Bloqueó la pantalla de móvil y lo dejó boca abajo en el escritorio.
Suspiró intentando que aquel peso se fuera diluyendo.
Seguía ahí.
Se encogió de hombros y respiró hondo.
Empezó a leer el primer capítulo.
Al principio, las palabras que desfilaban delante de sus ojos no le decían nada. Estaban carentes de significado.
Sandra pensó que no estaba de humor y se levantó como un resorte de la silla. Comenzó a dar vueltas por la habitación de un lado a otro.
Miraba de reojo la pantalla brillante del ordenador.
No quería seguir viéndola.
Sus brazos no paraban de moverse de un lado al otro. Tenía una especie de picor en sus extremidades. No podía estar sentada.
Pasó un instante en medio de la habitación. Miró hacia el techo y cogió aire.
Sus manos temblaban y parecía que le costaba llenar sus pulmones.
Se dijo a sí misma que lo mejor era relajarse.
Despacio, volvió a sentarse en la silla.
A la vez que seguía respirando, volvió a empezar por las primeras líneas.
Algunos recuerdos acudieron rápido a su mente. Como si fueran moscas revoloteando por su cabeza, no la dejaban en paz.
Se vio a sí misma escribiendo rápido y sin control.
Reconocía cómo se había sentido en el momento de la escritura. Con una sensación de ahogo en su garganta.
Como se estaba sintiendo en ese mismo instante.
Continuó leyendo los primeros párrafos y, de repente, volvió a conectar con la hoja de papel.
Las palabras sonaban de otra manera. Los párrafos ya no eran meras acumulaciones de texto que estaban apiladas una debajo de la otra.
Ahora todo tenía sentido. Demasiado.
En su interior, algo despertó de nuevo cuando fue proyectando las primeras imágenes.
Viajaba en el tiempo.
Recordó esa primera charla entre ambos, los chistes, la cita donde se conocieron.
La sensación de calma se extendió por su interior.
Otro mensaje de Víctor. Quería continuar la conversación.
A Sandra se le aceleró el corazón. Cogió rápidamente el móvil entre sus manos.
Tanto que el dispositivo casi se le cae al suelo. Leyó el mensaje y algo se iluminó en su mirada.
V: ¿Sabes qué? Me pareces una tía muy guay. Ya sé que no te lo digo mucho, pero es lo que pienso.
Ella se mordió el labio y miró hacia el techo con una gran sonrisa en su rostro. Quería contestarle, pero sabía que podía hacerle esperar un poco.
Continuó leyendo.
Cuantas más palabras devoraba, más iba recordando.
Decenas de imágenes acudían de nuevo a su mente. Rápidas, fugaces.
Cada palabra era capaz de volver a transmitirle toda la intensidad que vivió un tiempo atrás.
Llegó ahora a la lectura del tercer capítulo. La primera vez que las cosas se torcieron entre ambos. El primer desplante, la primera discusión.
Y aquel llanto amargo un martes por la noche tras una maravillosa cita. Solo porque ella rechazó quedarse un rato más.
Tenía que madrugar al día siguiente y le pidió que la llevase a casa.
Víctor la acusó de no querer pasar tiempo juntos. Ella negó vehementemente ese hecho, pero él ya lo tenía asimilado.
Cuando la dejó en el portal de su casa, no quiso besarla. Sandra quedó ahí, con el frío y el viento.
Sintiéndose la peor persona del mundo. Solo por haber puesto un límite.
Después de ese «incidente» (cómo lo llamó él), Víctor no le dirigió la palabra en varios días.
Sandra apretó la mandíbula y su cuello se tensó al recordar aquello.
La historia en su mente había estado bloqueada en las últimas semanas.
Leyendo de nuevo todo, los recuerdos se tornaban más vívidos por momentos. Susurrándole al oído la realidad.
No era solo todo lo que había pasado. Era cómo había pasado.
Víctor podía desaparecer durante días. Sin aviso. Sin explicación.
Y cuando volvía, lo hacía como si nada se hubiera roto.
Un mensaje a las dos de la mañana.
Una llamada inesperada.
Su voz suave. Cercana. Como si siempre hubiera estado ahí.
- ¿Cómo estás?
Y ella volvía.
Siempre volvía.
De nuevo, el peso en su estómago apareció otra vez.
El móvil volvió a sonar. Esta vez en dos ocasiones seguidas.
Sandra frunció el ceño y suspiró. El aparato seguía boca abajo, pero por el tono del mensaje, sabía que era él.
No entendía por qué insistía. Ella solo necesitaba un tiempo para contestar.
No quiso ni mirar el mensaje. Ya le contestaría en un rato.
Por ahora, no había tocado ni una coma. Debía hacer correcciones, era evidente. Pero primero necesitaba volver a beberse aquella historia.
Conectar con los personajes. Las emociones. La trama.
Su trama.
Tras terminar los primeros cinco capítulos, un nuevo esquema empezó a dibujarse en su mente. Ya no estaba frente a la relación preciosa que había estado recordando en las últimas cuatro semanas.
Lo que había leído era mucho más crudo.
Maltrato psicológico.
Manipulación.
Gaslighting.
No lo recordaba así.
Todo disfrazado de cariño, protección y comprensión.
Pero sin respetar sus límites y forzándola a elegir entre su libertad y él. Impidiéndole decidir sobre lo que ella deseaba y obligándola a hacer lo que él quería siempre.
Eso fue lo que se encontró más claramente a partir del sexto capítulo.
Sandra apretaba un boli durante la lectura.
Su mandíbula se apretó justo al tiempo en el que leía los límites a los que había llegado Víctor con ella.
El desprecio delante de su grupo de amigas.
El desplante tan solo 10 minutos antes de una cita donde ella lo tenía todo preparado.
Una nueva vibración interrumpió sus pensamientos. El móvil estaba sonando. Víctor le había hecho una llamada perdida.
Aquel hombre necesitaba que Sandra contestara a sus mensajes.
El corazón de ella se aceleró. ¿Cómo era posible que Víctor estuviera tan encima de ella? Solo por no contestar a algunos mensajes.
Dio la vuelta al dispositivo y escribió rápido.
Se quedó quieta justo antes de darle al botón de enviar.
Borró el mensaje.
Se apoyó en el respaldo de la silla y comenzó a pensar.
Sabía que ese chico era peligroso. Obsesivo.
Enfermizo.
¿Cómo le habían podido parecer bonitos todos aquellos mensajes de control?
Tenía que terminar con aquello. Aunque no sabía cómo hacerlo.
La idea debía parecer de él. Para que así pudiera dejarla en paz.
Sandra se puso una mano en la barbilla y miró al vació. Su mente funcionaba a toda velocidad.
De repente, un recuerdo acudió a su mente. Sabía cómo podría hacerlo.
Escribió un mensaje prefabricado. Esperaba que sonara natural.
S: ¡Ay gracias! Tu también eres un tío muy guay. Y me encantas. Ya lo sabes.
S: Ya sabes que yo lo quiero todo contigo.
El peso en el estómago se hizo gigantesco en aquel momento. Sandra rezaba porque aquella estrategia que tenía en mente funcionara.
Aunque eso le fuera a provocar un desgarro.
Tan solo le bastaron cinco minutos para confirmar que su plan estaba funcionando. Cuando Víctor le contestó rápidamente.
V: Gracias. Por cierto, tengo que decirte algo…
V: Me ha surgido algo. Mañana no voy a poder ir a comer. Mejor voy directamente por la tarde.
V: Ya lo siento… ☹
Touché.
Primer movimiento.
Domingo
Sandra comió el arroz en silencio. Había cocinado lo justo y necesario para ella.
Respiraba lento mientras comía rápido. Demasiado.
Mientras miraba el móvil, pensaba en cómo hacer que Víctor decidiera retirarse.
Las manos le temblaban y el corazón le latía rápido.
Tras unos pocos bocados, retiró el plato de la mesa.
Sabía que volver a leer todos aquellos capítulos, su historia y esas palabras encadenadas, le había traído algo a la memoria. Pero también al cuerpo.
Se sirvió un café mientras pensaba en todo aquello.
Durante las semanas posteriores a la escritura y, mientras seguía hablando con Víctor, su cuerpo no respondía igual.
Cada mensaje, propuesta o foto eran recibidos tan solo con un pequeño pellizco en su interior.
No como antes.
Mientras se sentaba de nuevo en la silla, se tocó el vientre. Aquel lugar donde había habido fuertes aleteos, pesos invisibles y hasta una sensación de ahogo resistente.
Se dio cuenta de que no había vuelto a tensar la mandíbula ni a apretar los puños.
Nada de lágrimas cayendo por sus mejillas de madrugada.
Ni peso en el estómago ni tampoco ese hormigueo de la ilusión.
Nada.
Tan solo una quietud que hacía que pudiera estar hablando horas con él y poder dejar el móvil en la habitación y olvidarse.
Solo porque deseaba volver a hacerlo. Porque quería tenerlo de vuelta en su vida.
Su cuerpo le había ayudado a que aquello fuera posible.
Sandra volvió a dar otro sorbo a la taza y se dio cuenta de que ya no había café.
Se quedó mirando un instante la mesa. Vacía de alimentos.
Ella ya no esperaba una cita con él. Aunque la deseaba.
Sin embargo, reconoció que, cuando ésta llegó, simplemente lo marcó como un día ocupado en el calendario.
Calma y pasividad solo para tenerle a su lado. Desconexión.
Hasta hacía dos días.
Se levantó y miró el reloj.
Ya eran las tres de la tarde. Víctor estaba al llegar.
Media hora más tarde, el timbre de su casa sonó.
En cuanto Víctor entró en su casa, la abrazó y la besó apasionadamente. Ella sintió como su pecho se expandía y su respiración se volvió más agitada.
Se fijó en sus ojos y sonrió ligeramente. Después, bajó la mirada hacia abajo y lo condujo hasta el salón.
Una vez estaban sentados en el salón, ella dirigió su cuerpo hacia él.
Sus piernas estaban moviéndose de arriba abajo y sentía sus manos sudorosas. Se fijó un instante en la sonrisa de él.
Era preciosa. Tanto como su forma de tocarla.
Carraspeó entonces y se levantó.
- Voy un momento al baño.
En cuanto cerró la puerta tras de sí, se apoyó en el lavabo. Se quedó observando fijamente su reflejo.
La imagen le devolvió un rostro ruborizado y una sonrisa que no quería desaparecer.
Dio vueltas mientras se ponía las manos en la cabeza. Suspiró y pensó en que debía tranquilizarse.
Sabía que aquel hombre que la esperaba en su salón solo le traía una montaña rusa de emociones: primero un aleteo y una calidez en su pecho.
Después el corazón acelerado. El hormigueo en brazos y piernas.
Aquella nube de pensamientos en su mente. La que la despertaba de madrugada y no le permitía volver a dormirse.
Y cuando todo parecía llegar a su pico máximo, aquel vacío de su ausencia.
Esa sensación de certeza absoluta de que el final había llegado.
Comenzaba entonces esa desintoxicación de todas aquellas reacciones químicas que él había producido en su cuerpo.
Y cuando empezaba a estar mejor, aparecía de nuevo.
La voz tras la puerta interrumpió sus pensamientos.
- ¿Estás bien Sandra?
- Si, ya salgo.
Sandra tenía que hacer que la retirada de Víctor se acelerase. Que el volviera a mostrarle su cara más amarga.
Así ella tendría fuerzas para bloquearle para siempre.
Tras esa ausencia tan cruda.
Antes de salir del baño, esbozó la mejor de sus sonrisas. Respiró hondo.
Sabía perfectamente cómo debía hacerlo.
- Ya estoy aquí.
Ella se quedó apoyada en el marco de la puerta de manera seductora. Solo le bastó una mirada a Víctor para que el pusiera esa media sonrisa suya y se levantara hacia ella.
Cuando estuvo enfrente, la miró a los ojos y le acarició la cara suavemente.
Se quedaron un instante así. En silencio. Suspendidos en uno frente al otro.
Después, se besaron.
Primero lentamente. Después, cada vez más apasionadamente.
Víctor la cogió en brazos y la condujo a la habitación.
La ropa quedó rápidamente tirada en el suelo mientras ellos se besaban y abrazaban. Demasiado cerca como para tener una distancia real.
Demasiado lejos como para poder construir algo real. Sano y transparente.
Ambos eran conscientes. Pero esta vez Sandra lo sabía de verdad. Y debía permanecer serena. No dejarse llevar por aquellas oleadas de placer que chocaban en su interior.
Mientras lo miraba, se tocaban la cara y se acariciaban, Sandra sentía una tensión en su vientre. Era como si quisiera establecer un muro de contención para no volver a dejarse llevar por todo aquello que sentía por él.
Los dos quedaron tumbados en la cama y desnudos. Ella lo miraba fijamente y acariciaba su piel lentamente.
Un nudo en su garganta se impuso. El siguiente paso de su plan no le costaría trabajo. Pero si dolor.
- Víctor, tú sabes que yo te quiero mucho, ¿verdad?
Él carraspeó y retiró la mirada.
Primer golpe.
Se acomodó en el colchón y la abrazó. Su sonrisa era ligeramente incómoda.
Sandra se quedó absorta en sus ojos. El nudo en su garganta se hizo más grande. No podía apenas tragar.
Su mano derecha se dirigió hacia su boca. Como si no quisiera que las palabras salieran.
Se obligó a liberar su voz. Debía continuar.
- Había estado pensando en algo.
Volvió a clavar sus ojos en los de él. Esta vez su sonrisa parecía triste. sabía lo que aquello iba a traer. Tuvo que carraspear para aclararse la voz.
Antes de hablar, respiró hondo para alejar las ganas de llorar.
- Creo que podríamos volver a intentarlo.
Víctor la miró de reojo y suspiró. Se llevó las manos a la cabeza y se quedó así unos instantes. Después, giró su cabeza lentamente hacia ella y le dijo:
- Ay, Sandra. No se si será buena idea. Cuando lo dejamos ya acordamos que podíamos ser amigos. Pero solo amigos.
Hizo una pausa antes de continuar.
- Ya se que nos acostamos, pero lo mejor es que sigamos así. Lo nuestro no funcionaría.
Sandra le dio la espalda. Se quedó mirando la ventana y un pensamiento le trajo un pinchazo en su estómago. Le hizo apretar los puños debajo de la almohada.
Claro, no funcionaría. Pero acostarnos y luego perderme de vista sí funciona.
De una manera u otra debía de terminar con aquello. Tendría que asustar y agobiar a aquel hombre.
Se giró y abrazó a Víctor. Le empezó a besar por el cuello lentamente.
Con ternura y cariño.
Él la miró y sonrió ligeramente. Sus hombros estaban tensos y su cabeza se desvió hacia el lado opuesto a ella.
Mientras ella lo seguía besando, le dijo al oído.
- Yo te quiero mucho. Necesito que lo sepas.
El cuerpo de Víctor se puso rígido al momento de escuchar esta frase. Ella notó que se alejaba poco a poco de ella. Era como si quisiera levantarse.
- Voy al baño.
Estaba completamente serio.
Una lágrima bajó por las mejillas de Sandra. Mojó su sonrisa.
Al volver, Víctor empezó a vestirse de repente. Ella lo miró y ladeó la cabeza. Necesitaba confirmar lo que estaba pasando.
- ¿Te vas a ir?
Ella sonrió de oreja a oreja. Quería mostrarse amable. Casi implorante.
Hacer que él se pusiera la ropa lo más rápido posible. Quería que su cuerpo tuviera esa necesidad de salir por la puerta de su casa.
- ¿Por qué no te quedas a dormir? Me encantaría. No quiero que te asustes por lo que te acabo de decir. Igual me he precipitado.
Sandra hablaba rápido y con titubeos en la voz. Sin dejar que hubiera espacio entre palabras. Sus ojos miraban hacia abajo y su sonrisa era tímida.
Víctor puso una expresión en su rostro. Sus cejas bajaron y su sonrisa estaba algo ladeada. Al momento, bajó la cabeza y suspiró.
- Mira, yo…
Negó con la cabeza y se sentó frente a ella. La cogió de las manos y volvió a mirarla.
- No creo que sea buena idea todo esto.
No se atrevía a mirarla a los ojos. Continuamente bajaba la mirada al suelo. Solo podría sostenerla unos segundos antes de volver a desviarla.
Sus manos temblorosas y su sonrisa del revés le indicaban que había llegado el final de la conversación.
Así era aquello. Él decidía cuando era el inicio y el final de todo.
Sandra asintió levemente y empezó a ponerse la ropa también. Acompañó por el pasillo a Víctor. Los dos caminaban lentamente. En silencio.
Lo último que vio antes de cerrar la puerta fue la espalda de Víctor saliendo por el umbral.
Ahí se quedó ella. Con la verdad cruda de nuevo y aquel vacío en su vientre.
La diferencia era que ahora esa sensación venía acompañada de otra. Liberación.


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