Y ahí, en medio de ese campo dorado como el sol, justo ahí te veo paseando.
Estás de espaldas y acariciando con tu mano la vegetación que vas encontrando a tu paso.
Caminas lento y yo me situo tras de ti. El sol me da en la cara y, a veces, me deslumbra.
De repente paras. Te quedas mirando el cielo y tu mano se posa sobre tu frente para taparse del sol.
Yo me dirijo hacia ti a paso lento.
Tu pelo se mueve al viento. Tu camisa roja y tus pantalones blancos.
Elegancia supina que observo de arriba abajo.
Mis ojos se posan traviesos en tu espalda y en el final de esta. Observo el cinturón negro y la forma que dibuja la prenda sobre tu cuerpo.
El calor me invade. Sigo caminando y, cuando llego a ti, poso mi mano en tu hombro derecho.
Tu giras la cabeza y me miras con los ojos brillantes. Sonrisa relajada y expresión serena.
Pero tus manos comienzan el juego.
Me acercas a tí, me rodeas y empiezas a reptar por mi espalda.
Acariciando lentamente. Mientras sigues hipnotizado en ese cielo azul y despejado.
Nadie a nuestro alrededor. Solo viento, calor y naturaleza.
Como la nuestra. Siempre preparada para el otro.
Para erizarse la piel con tus suaves arañazos a la vez que me niegas, juguetón, la mirada.
Mis labios se humedecen y mi sonrisa se hace más amplia.
La carrera ha dado su pistoletazo de salida.
¿Quien será el que pierda primero?
Yo tengo mucho que perder contigo. Empezaré por mi ropa.


Deja un comentario